En la boca del párpado


El párpado no cierra: finge. Bajo su cortina late una boca húmeda que mastica imágenes como si fueran insectos de vidrio, regurgita pedazos de infancia mezclados con semen, saliva de relojes, gritos de mujeres que nunca existieron. Cierro los ojos y comienza el ruido: la cavidad secreta habla con lengua de humo, escupe palabras como huesos partidos, me obliga a tragarme lo que aún no ha ocurrido. El ojo no mira: devora. El ojo es estómago de imágenes, agujero paranoico que tritura la claridad en cien versiones contradictorias. No hay descanso: cada parpadeo es una demolición, una refundación violenta del mundo, un teatro que se incendia y vuelve a levantarse con actores diferentes, siempre extraviados, siempre idénticos.

Camino en calles que se repiten como obsesión. Cada esquina es la misma esquina, cada rostro es mi rostro multiplicado en vitrinas que me devuelven gestos que no recuerdo haber hecho. La boca del párpado mastica esas escenas y las escupe desfiguradas: un niño en triciclo pedalea sobre cadáveres de relojes, un mendigo me ofrece una pistola envuelta en pan, mi madre me sonríe desde un televisor apagado donde su voz se mezcla con noticias de guerra. El ojo cerrado es más despierto que el abierto: abre túneles donde la infancia y la muerte se acuestan en la misma cama, donde los disparos florecen como lirios en un cementerio, donde la respiración de los edificios suena como el jadeo de un animal enfermo.

La boca del párpado mastica mis palabras antes de que nazcan. Lo que digo no viene de mi lengua: proviene de esa otra cavidad que habla con saliva de espejos y me dicta frases que no reconozco como mías. Vivo en un ruido de interferencias, voces superpuestas, murmullos que irrumpen como insectos en el cráneo. A veces orden, a veces amenaza, a veces carcajada. Un coro desafinado que no busca sentido sino acumulación, un enjambre de frases que se chocan entre sí como botellas rotas. Y yo, intérprete ciego de ese murmullo, traduzco apenas los restos de un idioma que nadie entiende.

He visto la boca del párpado fabricar alquimias imposibles: mezcla cadáveres con jardines, transforma la piel en piedra y la piedra en idea, convierte la tos en geometría. He sentido cómo las calles se doblan sobre sí mismas hasta convertirse en intestinos, cómo los semáforos escupen órdenes que no corresponden al tráfico sino a mi respiración. Todo ocurre en ese espacio microscópico entre piel y globo ocular: una franja mínima donde cabe el universo entero, no como totalidad ordenada sino como vómito de imágenes inconexas. Allí, cada segundo se multiplica en versiones contradictorias: yo caminando, yo muerto, yo besando un maniquí que sangra por los ojos, yo escribiendo lo que no podré leer jamás.

A veces la boca del párpado me devuelve mi propio rostro deformado: mandíbula partida, ojos multiplicados, piel de papel quemado. Me reconozco en esas mutaciones como quien reconoce un sueño que ha olvidado. El párpado me posee, me usa como pantalla, proyecta en mí una farsa interminable. Yo no soy yo: soy apenas el intermediario de otra mirada, alguien que mastica mi vida y la escupe como simulacro. Cada pestañeo me arranca del mundo y me arroja a otro que tampoco existe. Estoy condenado a existir en la oscilación, en la suspensión del telón que nunca se levanta del todo ni desciende por completo.

Quisiera arrancarme los párpados, silenciar la boca, borrar el teatro. Pero sé que no habría liberación: un ojo expuesto sin frontera sería la condena más brutal, mirar sin interrupción, sin posibilidad de sombra. El párpado, en su crueldad, es también refugio: me mantiene suspendido entre claridad y nada, me impide caer en la transparencia absoluta que ciega o en el vacío total que asfixia. Habito ese umbral perpetuo, escuchando el rumor viscoso de un ojo que no duerme nunca.

Y cada noche, el rito: cierro los ojos, el telón finge descender, la boca del párpado abre su saliva de relojes derretidos, mastica pájaros de plástico, exhala semen de cadáver, me arrastra por pasajes torcidos donde la infancia se mezcla con ráfagas de fusil, donde los muertos sonríen con dientes de neón, donde los cuerpos flotan sin gravedad y los nombres caen como piedras. El vértigo insiste. El murmullo insiste. Todo insiste. Y cuando, exhausto, los abro de nuevo, descubro que el mundo ya no me pertenece: alguien lo ha masticado mientras dormía, y lo que ahora me mira desde afuera es apenas el simulacro de un simulacro que se repite, se repite, se repite.