La cordura es una forma de cobardía cuidadosamente organizada


La cordura es el maquillaje de lo inservible, el traje de gala de una humanidad que aprendió a disfrazar su miedo con fórmulas geométricas, horarios inflexibles y palabras domesticadas. Un consenso pactado en las penumbras: todos fingen estar a salvo porque todos tiemblan al mismo compás. El cuerdo es un actor disciplinado, repite su papel con la precisión de un reloj suizo aunque el escenario esté en ruinas, aunque los focos se apaguen y no quede público. La cordura, ese simulacro de equilibrio, es solo la manera más elegante de rendirse: un suicidio en cámara lenta, con firma notariada, sin ruido ni protesta.

El hombre cuerdo camina por calles que huelen a orina y lluvia vieja, lleva el periódico bajo el brazo como si fuese un talismán contra el caos, se aferra a las estadísticas, a las fórmulas, a la disciplina de no levantar la vista. No mira el cielo porque sospecha que es un espejo roto; no escucha las voces del subsuelo porque teme descubrir que no hay nadie arriba controlando nada. Su cobardía tiene la precisión de una máquina: cada gesto encaja en la coreografía invisible de lo aceptado. No hay riesgo, no hay grieta. Solo un teatro bien administrado donde se confunde la seguridad con la repetición.

Pero hay momentos donde el lenguaje tropieza, donde una sílaba se descose como carne viva, donde una palabra se convierte en un virus que se multiplica y corrompe las frases como un parásito hambriento. En esos lapsos, la cordura se agrieta, y por la grieta entra una música imposible, un tartamudeo que se convierte en himno. El loco no ordena, no sistematiza, no clausura; simplemente balbucea como si el mundo estuviera ardiendo y ese balbuceo fuese su única forma de respirar. No busca cura, no busca sentido: se arroja al vacío confiando en que el vacío sepa qué hacer con él.

La cordura acumula relojes en las paredes, los ajusta con precisión, mide el tiempo con la obsesión de un contador de cadáveres. La locura, en cambio, se burla del tic-tac y prende fuego al calendario como si fuera un animal muerto. La cordura funda ciudades con semáforos y reglamentos, oficinas con archivadores metálicos, hospitales donde se receta obediencia. La locura atraviesa esas calles como un niño que persigue un insecto, o como un mendigo que canta versos en una esquina hasta que la policía lo silencia. El cuerdo reprime el temblor, se protege de la intemperie, paga seguros, firma contratos. El loco abraza la intemperie, se acuesta en medio de la tormenta y deja que el agua le borre el nombre.

Existen hombres que esperan en estaciones vacías trenes que jamás llegarán. Llevan maletines repletos de papeles en blanco y caras pulcras que ocultan el derrumbe. Afuera, un perro famélico los mira fijo, como si oliera la podredumbre de su cordura. El hombre cuerdo no se mueve, permanece inmóvil en su espera como si la inmovilidad fuera el último refugio de lo seguro. Pero en su quietud, la cobardía es tan evidente como la sangre seca en los andenes: todos saben que nunca habrá tren, pero nadie se atreve a abandonar la estación.

La cordura es un laberinto diseñado para no perderse nunca. El problema es que la salida no existe, solo pasillos que se repiten hasta el infinito, espejos que multiplican los mismos rostros domesticados. El loco se ríe de esa arquitectura, rompe los espejos con una piedra y se adentra en la confusión como si fuese un paisaje sagrado. Para el cuerdo, la confusión es fracaso; para el loco, es brújula. El cuerdo dibuja mapas sobre la arena y se obsesiona con sus líneas rectas; el loco deja que la marea los borre y celebra la catástrofe como si fuese un acto de revelación.

La cordura es la voz monótona de los noticieros, la calma ensayada de los presentadores que recitan cifras de muertos con la misma frialdad con que anuncian el clima. Es el manual de urbanidad, el catecismo, la tabla de horarios que indica cuándo comer, cuándo dormir, cuándo fornicar, cuándo morir. La locura es la interrupción del guion: la risa que estalla en medio de un funeral, la lágrima que cae en un estadio, el beso intempestivo entre dos desconocidos en la penumbra del metro. No hay orden, no hay promesa, solo un destello que rompe la trama y revela, aunque sea por un instante, que todo este teatro no era más que un decorado barato.

El cuerdo cree que la estabilidad lo protege, que la cordura es el dique que lo mantiene a salvo de las aguas turbias. Pero ese dique no protege: adormece, anestesia, convierte la vida en un trámite sin sobresaltos. El loco lo sabe: la única valentía posible es hundirse en esas aguas sin red, perder pie, aceptar que nadar no es avanzar sino ser arrastrado. El cuerdo huye del riesgo como si fuera pecado; el loco lo abraza como si fuera destino.

La cobardía organizada que llamamos cordura tiene templos, liturgias, uniformes y médicos que la certifican. Pero siempre, en las grietas, aparece el relámpago: la carcajada demente en mitad del juicio, el temblor en la voz del funcionario, la grieta en la pantalla que deja pasar una imagen que no debía estar ahí. Ese mínimo temblor basta para arruinar el orden, basta para demostrar que la cordura no es fuerza sino miedo disfrazado.

Y así, mientras el mundo se repite en su farsa de horarios y reglas, alguien se atreve a decir lo que nadie escucha: que la cordura no salva, que la cordura no protege, que la cordura no es más que la forma más sofisticada de rendirse. Que el único acto de valor consiste en perderse en el laberinto, en romper los espejos, en abrazar el delirio hasta que el delirio se vuelva horizonte.