Quizá solo sea el cigarro mal apagado de la madrugada


A veces te extraño, o extraño la idea de que me extrañaras, aunque no sé si esa sombra tiene consistencia o si solo es el espejismo que invento cuando la madrugada se deshace como un reloj sin manecillas y me quedo atrapado en el humo que dibujo con la boca, un humo que no comunica nada, apenas balbucea, apenas se enrosca y desaparece como si supiera que su destino es el mismo que mi pensamiento: disiparse sin testigos. Y en esa penumbra, donde la respiración del mundo se ralentiza hasta parecer un animal dormido bajo la cama, me sorprendo con la sospecha de que no extraño un cuerpo, ni una voz, ni siquiera una memoria, sino un reflejo torcido en la superficie del espejo, un eco que se multiplica hasta perder la fuente, un simulacro que se agota en la obstinación de existir solo porque no sabe extinguirse.

El cigarro mal apagado insiste en sobrevivir en el suelo, como una brasa clandestina que se niega a obedecer la ley de la ceniza, y lo observo temblar con su luz mínima, como si me imitara en mi propio desgaste: no soy más que esa chispa inútil que arde sin destino, astillada contra la madrugada. Hay algo humillante en la persistencia de un fuego que no acepta la extinción, un delirio material que se aferra al aire como si creyera que aún le queda vida, y yo, en ese instante, reconozco que mi memoria funciona igual: insiste en arder sobre fantasmas que nunca estuvieron del todo vivos.

Cada esquina parece repetirse en un bucle enfermizo, como si las calles fueran páginas arrancadas y pegadas en falso, sin destinatario. En medio de ese laberinto me doy cuenta de que tu nombre no aparece en ningún muro, pero tu ausencia se filtra en cada sombra, en cada charco donde se refleja una luna que no sé si existe o es solo la cicatriz luminosa de una bombilla rota. El cigarro en el suelo lanza una chispa última, y ese destello mínimo me atraviesa como una revelación fracasada: la memoria no ilumina nada, solo arde contra sí misma.

La madrugada no avanza, se suspende. El tiempo se convierte en una sustancia viscosa que no gotea, no corre, no pasa: se queda detenido como un insecto atrapado en ámbar. Enciendo otro cigarro y se me cae de las manos antes de aspirar, como si el cuerpo ya no me obedeciera, como si solo quedara mi mente repitiendo la misma escena una y otra vez, como un proyector atascado que calcina la imagen en la pantalla hasta borrarla en blanco. Y pienso que tal vez ahí está el núcleo de todo: en la repetición absurda, en la insistencia de volver sobre un fuego que ya no existe, en el bucle que no conduce a nada salvo a su propio desgaste.

No se trata de amor, ni de pérdida. Se trata de una estética del vacío, de una catedral construida con humo y ceniza, de la alquimia que transforma la ausencia en objeto visible, como si el aire pudiera coagularse en memoria. Extrañar no es mirar hacia atrás, sino inventar un pasillo en el aire para recorrerlo a ciegas, sabiendo que no conduce a ninguna parte. Extrañar es imaginar que en algún rincón del universo alguien despierta a la misma hora, fuma el mismo cigarro y sin querer me recuerda, aunque no me conozca, aunque nunca haya pronunciado mi nombre.

Tal vez no extraño nada. Tal vez solo escucho el crepitar mínimo del cigarro mal apagado, y en esa obstinación ínfima de no morir se esconde toda la metáfora de mi propia resistencia: chispa inútil, lenguaje quemado, memoria deshecha, pero aún palpitante, como si la madrugada no fuera más que un espejo deformado donde la única figura reconocible es el humo que insiste en dibujarme.