Algo de tiempo para matar
"Mi misión es matar el tiempo, y la del tiempo es matarme a mí. ¡Qué cómodo se encuentra uno entre asesinos!"
E. Cioran
El tiempo se pudre en mi mesa, huele a hierro viejo, a animal muerto en la garganta del día. No es un reloj el que late en la pared, es una jaula respirando por mí. El tic-tac no avanza, me devora; lame mis huesos con una lengua oxidada. Yo no mato el tiempo: me desangro en su boca invisible. Aquí estoy, en este cuarto que parece eterno, con un vaso vacío que insiste en recordarme que todo lo lleno se transforma en ausencia. Cada minuto me atraviesa como un clavo lento, una gota de ácido cayendo en la piel, un zumbido interminable perforando el oído.
El tiempo no camina, se retuerce. Lo he visto reptar en el suelo como una serpiente vieja, he sentido cómo se me enrosca en la garganta hasta dejarme sin aire. No es una línea, es un laberinto de espejos que multiplican mi rostro hasta la náusea, reflejos que no conducen a ninguna salida. Camino en ese corredor sin mapa, como un insecto golpeando el mismo vidrio, como un prisionero que desconoce si la fuga es real o si la fuga misma es otra celda.
La ciudad es un cementerio de horas recicladas. Oficinas donde hombres acribillan segundos como quien aplasta moscas, sin advertir que cada una resucita y vuelve a zumbar dentro de ellos. Mujeres que esperan junto a un teléfono apagado, acunadas por relojes que no anuncian a nadie. Niños que todavía creen que el día es un juego, sin sospechar que cada juego es un ensayo de la espera. En cada esquina se respira el polvo del tiempo, ese polen invisible que nos marchita mientras fingimos vivir.
Lo más terrible no es cuando el tiempo corre, sino cuando se congela. No hay reloj que lo confiese, pero hay noches que caen como bloques de piedra, aplastando el cuerpo contra la cama, volviendo inútil cualquier gesto. Entonces se aprende que matar el tiempo no significa llenarlo de actividades, sino sabotearlo desde adentro: negarse a obedecer, dejar de producir, abrazar la lentitud como insurrección. La inercia como arma secreta. El ocio como crimen.
Pero existe otra clase de instante: aquel que rompe la superficie, un vidrio estallando en el aire. De pronto, un pájaro atraviesa la ventana y la realidad se resquebraja. Una voz desconocida pronuncia tu nombre y el universo se despliega en un solo golpe de luz. Ese segundo no pertenece a ningún calendario: es una irrupción absoluta, un parpadeo donde lo eterno se contrae y se expande. Después, todo retorno a la normalidad es ridículo: lo cotidiano queda manchado, torcido, como si hubiera perdido para siempre su inocencia.
A veces pienso que el tiempo no existe. Es apenas un invento para mantenernos entretenidos en la ceremonia de desaparecer. Otras, lo imagino como un animal cósmico que nos devora sin prisa, alimentándose de nuestra conciencia. Tal vez sea solo una ilusión compartida, un sueño colectivo, una droga barata que nos obliga a creer en el movimiento de las agujas. Pero incluso si es ilusión, su poder es absoluto: siempre llega el verdugo, nunca se retrasa.
He intentado desarmarlo. Cerrar los ojos y confundir su latido con el golpe de una gotera, con la respiración del viento, con la improvisación de un saxofón que parece asfixiarse en cada nota. He buscado incendiarlo con palabras, escribir hasta que las letras se prendan como fósforos contra la oscuridad de las horas. Pero el tiempo no arde: se disuelve, como humo que escapa por una rendija.
Me han dicho que es circular, que todo regresa, que nada termina. Pero si fuera un círculo, ya habría vuelto aquel día en que todavía podía esperar algo. Si fuera un círculo, mis manos no tendrían la textura de la ceniza, ni este vaso estaría vacío, ni este cuarto apestaría a polvo. El tiempo no es círculo ni línea: es una herida abierta, supurando eternidad.
Tal vez la única manera de matarlo sea borrarlo del lenguaje: dejar que los días se devoren sin nombre, que las noches caigan sin contarse, que el cuerpo se abandone al azar de sus latidos. Pero incluso en el silencio regresa, disfrazado de cicatriz, de nostalgia, de memoria. Porque eso somos: relojes de carne, midiendo la eternidad con nervios y sangre.
Esta noche lo intento de nuevo. Me siento frente al vacío, dejo que las frases se deslicen como humo, que cada palabra sea un disparo contra lo invisible. Afuera la ciudad continúa devorando sus propias horas: un perro ladra, un cuerpo se arrastra, una ventana encendida revela a dos sombras discutiendo. Yo escribo, no para matar el tiempo, sino para recordarle que aún respiro.