La democracia es la dictadura más amable del mercado
La democracia es la dictadura más amable del mercado: lo repito mientras la tinta se seca en el recuadro, como un insecto atrapado en la página de un libro húmedo, mientras mi firma se arrastra inútil sobre el papel que finge valer más que una moneda gastada. Entro en la cabina como quien entra en una cámara de espejos; no elijo, apenas repito, apenas confirmo que el libre albedrío es un slogan pintado en la pared de un supermercado vacío. Frente a mí, una urna translúcida, pero no veo transparencia, sino una caja registradora con hambre de papeles. Introduzco el voto y siento que no cae: se desliza como un recibo más, como un ticket perforado que confirma la compra de mi obediencia.
Camino por el recinto electoral y todo parece una feria. Luces blancas, banderas, sonrisas de plástico, altavoces repitiendo consignas que suenan como jingles publicitarios reciclados. Me ofrezco en góndolas de neón: elijo marca azul, marca roja, marca verde, todas con idéntica sustancia insípida adentro. No elijo, consumo. Y el mercado sonríe con dientes invisibles. Elijo como quien toma un refresco de máquina expendedora: no importa qué botón presione, la lata es idéntica, fría, con la misma fecha de caducidad. Pero aun así repito el gesto, como si en ese acto mínimo ardiera todavía la chispa de un dios dormido que me prometió libertad y me entregó envases vacíos.
Pantallas multiplican mi rostro hasta el hartazgo. Me veo repetido en millones de reflejos que agitan banderas, que gritan victoria, que celebran la fiesta democrática como si se tratara de un carnaval obligatorio. Voces que dicen pueblo, que dicen futuro, que dicen esperanza. Pero las cámaras cortan antes de mostrar la factura: bancos que no aparecen en la foto, nombres sin rostro que cuentan ganancias en oficinas selladas al vacío. Todo funciona como un teatro perfecto: las sonrisas ensayadas, los aplausos a tiempo, el clímax televisado, y al final del acto, cuando se apagan las luces, el mismo dios del mercado baja a contar los cuerpos, acaricia las urnas como cajas fuertes, se asegura de que la fe sigue intacta.
A veces me digo que quizá sea mejor la dictadura desnuda, la garra que no se oculta, el látigo sin máscara. Al menos allí sabías dónde estaba el verdugo; aquí lo abrazas cada cuatro años, lo invitas a tu casa con tu voto, lo llamas libertad y lo aplaudes en la televisión. Y cuando intentas escapar descubres que no existe afuera: la frontera está pintada en tu piel, tatuada en tus pensamientos. La única libertad posible es elegir cadenas más livianas, cadenas con diseño ergonómico, cadenas con garantía extendida, cadenas que prometen no rozar tanto la carne.
Quisiera reventar la urna con mis propias manos, ver el mecanismo desnudo, arrancar la máscara y exponer la maquinaria que hace girar la rueda. Pero sé que es inútil. El mercado no necesita templos porque todo lo habita: está en la cerveza que bebo, en el aire que respiro, en las imágenes que sueño. Es un dios ubicuo que se alimenta de lo visible y lo invisible. La democracia es apenas su procesión más amable, la misa dominical donde cada ciudadano entrega su ofrenda envuelta en papel electoral. Y cuando la ceremonia termina, el dios sonríe satisfecho, levanta su copa, brinda con nuestras cenizas.
Entonces me digo que tal vez la única rebeldía es dejar en blanco la libreta, escribir un poema invisible en la línea donde esperan una cruz, dejar que el vacío hable en mi lugar. Pero incluso ese vacío será contado, clasificado, convertido en mercancía política para la próxima campaña. Nada escapa: todo lo que nombro, todo lo que pienso, ya pertenece al diccionario del dios. Y sin embargo escribo, lanzo palabras como piedras al río, sabiendo que no detendrán la corriente, pero sí dibujarán ondas mínimas que deforman la superficie por un instante.
La democracia es la dictadura más amable del mercado: lo digo en silencio como un mantra invertido, lo arrastro en mi lengua como un rezo blasfemo, lo suelto al aire como humo. Y de pronto ya no sé si estoy dentro o fuera, si camino en un carnaval o en una cárcel pintada con colores amables, si la llave estuvo siempre en mi bolsillo o nunca existió. El ruido de las voces se confunde con la música de fondo. Y mientras las luces parpadean, me pierdo entre las sombras, sabiendo que este simulacro seguirá, pero con la sospecha —leve, frágil, peligrosa— de que alguna grieta late en secreto, esperando que alguien la escuche.