Tuve un sueño en el que estaba atrapado en un laberinto


Tuve un sueño en el que estaba atrapado en un laberinto. No era de piedra ni de pasillos simétricos: era un territorio viscoso, enrarecido, una lengua que se doblaba sobre sí misma hasta convertirse en pasillo, una marea de signos espesos que se coagulan en muros. Caminaba y cada paso se disolvía como si el suelo estuviera hecho de agua inmóvil. El aire era un espesor mineral, respirarlo era morder arena, tragar polvo con memoria de fósiles. No había puerta de entrada ni salida, sólo la certeza de estar adentro, atrapado en una geometría que no obedecía a la física, sino al capricho de un sueño que se sabía eterno.

Avanzaba entre corredores que parecían tejidos con nervios palpitantes, y cada vez que doblaba una esquina, un eco me devolvía mi propia respiración deformada, amplificada hasta volverse rugido. El laberinto no engañaba con espejismos: repetía, y en esa repetición estaba la condena, porque cada giro se parecía al anterior, pero con una mínima diferencia que me obligaba a sospechar de mi memoria. Había muros que olían a carne recién cortada, otros a hierro oxidado, otros exhalaban un vapor dulzón, casi narcótico, que me hacía creer por un instante que allí, detrás de esas paredes, existía una salida posible, aunque al tocar la superficie se deshacía en humo y me devolvía al vacío.

El tiempo estaba enfermo: avanzaba a golpes, tartamudeaba, se arrastraba como un animal viejo. En ciertos pasillos todo parecía ralentizado, cada gesto se volvía plomo, cada parpadeo era un año; en otros, la velocidad me arrastraba como un torbellino, y cuando recuperaba la conciencia estaba en un punto idéntico al inicio, sin saber cuánto había durado ese vértigo. No había cronología, no había antes ni después: había una repetición que se desfiguraba como una melodía que insiste hasta desgarrarse.

Encontré símbolos grabados en los muros, fórmulas que parecían ecuaciones o plegarias, inscripciones de una lengua imposible que se deshacía en manchas cuando intentaba descifrarla. Comprendí que el laberinto no quería ser leído, quería ser padecido. No era un espacio para entender, sino para permanecer en estado de pregunta. Allí el pensamiento se convertía en fango, la lucidez en verdugo, la conciencia en verdugón que me obligaba a mirar cómo cada respuesta se pudría antes de pronunciarse.

Las sombras tenían voluntad propia: no caían al suelo, se elevaban, reptaban por las paredes, se aferraban a mi cuerpo como parásitos. Caminaban conmigo, pero no me obedecían. En ciertos corredores sentí un rumor semejante al de un río, como si el agua me esperara más allá, pero al doblar el ángulo encontraba un silencio absoluto, tan compacto que dolía en los oídos. El laberinto respiraba, se expandía, se contraía; no era un escenario que habitaba: era un organismo que me devoraba lentamente, un huésped que me convertía en pasadizo.

Hablé en voz alta, como quien arroja piedras al fondo de un pozo. Las palabras no viajaban, se detenían en el aire, se deformaban, me regresaban mutiladas. Decía “salida” y escuchaba “sangre”, decía “luz” y escuchaba “ruido”. El lenguaje había sido secuestrado, y comprendí que no era yo quien hablaba: era el laberinto, usándome como boca para pronunciar su fiebre. Cada palabra pronunciada me despojaba de otra certeza, como si habitar ese lugar fuera un acto de despojo verbal: perderme en mi propio idioma.

Llegué a una sala vasta, sin techo, donde un cielo de ceniza se extendía sin estrellas. En el centro había un pozo, pero no era de agua, sino de reflejos enfermos. Me incliné y vi mi rostro dividido en cien, mil rostros, cada uno mirándome con una mueca distinta: uno me sonrió con crueldad, otro escupió, otro lloró, otro me volvió la espalda. No supe cuál era yo. Sentí vértigo, no de caer, sino de multiplicarme hasta el infinito, un vértigo fractal que me desgarraba en identidades imposibles de reunir. Comprendí que no había yo, que no había unidad: que cada máscara era real y al mismo tiempo impostora, y que mi condena era observarme multiplicado hasta el cansancio.

No desperté allí. El sueño continuaba, o más bien, yo continuaba dentro de él, y la certeza de vigilia era apenas otra máscara del mismo laberinto. Porque en algún instante abrí los ojos y vi mi cuarto, los muebles, las sombras familiares, pero detrás de cada objeto aún vibraba la geometría del encierro. La vigilia era otra habitación, disfrazada de rutina, y yo lo sabía, lo sabía en el pulso acelerado, en la respiración que no regresaba a su ritmo. El laberinto no era un lugar al que había entrado: era la forma misma de mi conciencia.

Y entonces entendí —si se puede llamar entender a esa claridad venenosa— que no existe salida, que la única puerta posible es aceptar la condena, caminar sin esperanza de llegar, repetirse en pasillos que cambian de piel pero no de destino. El laberinto no quiere respuestas, quiere cuerpos que se pierdan en su gramática infinita.

Y no hay salida.