Va a estar demasiado oscuro para dormir otra vez
Va a estar demasiado oscuro para dormir otra vez, y lo oscuro no es ausencia sino exceso, un animal invertido que respira desde dentro de los huesos y roe la médula como si allí estuviera escrito un idioma prohibido. Cierro los ojos, pero los párpados son membranas de vidrio: nada se apaga, todo se enciende. El cuarto desaparece y queda un teatro de pulsaciones negras, un ruido que no se escucha sino que invade la sangre, como si la sangre misma fuera un gramófono oxidado repitiendo un fragmento de música rota. Cada segundo se descuelga de su propio eje y se clava como una aguja en la piel: la aguja no atraviesa, arde. La cama se alarga hacia un horizonte que nunca llega. El aire vibra como cuerda tensa y no me sostiene: me desarma.
Oscuro. Oscuro. Más oscuro. Ni siquiera oscuro: otra cosa. Algo que gotea en las paredes invisibles y deja un sabor metálico en la boca, como si hubiera mordido un espejo líquido. El insomnio no es carencia: es sobrecarga, es exceso de visión. No sueño porque sueño demasiado: imágenes que no elijo se despliegan con violencia y ninguna se apaga. Trenes hundiéndose en desiertos que laten como pulmones, ciudades arrastradas por un silencio mineral, bibliotecas flotando bajo aguas negras donde las letras se desprenden y nadan como insectos fluorescentes. La oscuridad huele a hierro húmedo, a lámparas que nunca existieron, a sudor antiguo que no pertenece a mi cuerpo.
No estoy solo. No. Hay millones de cuerpos girando en camas paralelas, los ojos abiertos en el mismo túnel, compartiendo este insomnio planetario como si el sueño hubiera sido abolido por decreto cósmico. No se trata de miedo; el miedo todavía tiene dueño. Esto no. Esto pertenece a otra materia, a un vacío que piensa. Un pozo que observa. Una respiración sin boca que se expande en el aire. Y de pronto el yo se deshace: ya no hay quien contemple, solo queda la contemplación, un campo negro donde circula un pulso que no nace de mi corazón.
El insomnio es música sin partitura. Improvisa con mi cuerpo como con un instrumento desafinado. Cada inhalación es un golpe de contrabajo, cada exhalación una nota rota de saxofón, y la melodía no avanza: se enrosca, se muerde, se repite con rabia. El lenguaje cede bajo esa presión: no dice, se desarma, gotea. Palabras que se funden y estallan, frases que no cierran, sílabas que se repiten como un disco rayado. El idioma insomne se escribe solo, como si la lengua hubiera perdido su contrato con la claridad.
Oscuro. Oscuro. Más oscuro. La mente abre túneles que no llevan a ninguna parte, túneles que desembocan en otros túneles, y en cada uno una sombra con garras que rasguña desde dentro. No son pensamientos: son entidades. No son recuerdos: son presencias. No se nombran porque nombrarlas sería entregarse. Se limitan a estar, adheridas a la conciencia como hongos invisibles que crecen en la humedad de la vigilia. No sé si esto es sueño dentro del sueño o simple derrumbe del cerebro en su propio laberinto.
Y sin embargo permanezco. El cuerpo tendido, pero el cuerpo ya no es cuerpo sino escenario. La cama late, el aire respira, la noche afila sus bordes contra mis huesos. Cada vez que cierro los ojos la oscuridad se condensa, adquiere peso, como si quisiera nacer en este cuarto. Hay un rumor: no proviene de afuera ni de adentro, proviene de un lugar que no existe, pero que insiste. Quizá la oscuridad es un lenguaje que todavía no sé leer, un alfabeto sin signos que se escribe en mi sangre.
No espero. O sí. Esperar qué. El amanecer quizá no vuelva, o quizá nunca existió. El insomnio ya no es mío: es del universo, un estado perpetuo donde los relojes dejaron de girar y solo queda la repetición de este instante negro. Va a estar demasiado oscuro para dormir otra vez, y lo sé: lo he sabido siempre. Este “otra vez” es el eco que me condena. La misma vigilia repetida, variación interminable en una sinfonía de sombras que nadie compuso, que no termina, que no calla, que continúa sonando, incluso ahora, incluso aquí, incluso después de la última palabra.