Todo lo que querías ver te ha hecho ciego


La claridad no descendió como revelación sino como plaga: una luz que no iluminaba, incendiaba. Entró por los ojos con la violencia de un cuchillo, atravesó las pupilas como un enjambre de agujas ardientes y se instaló en la médula como si el sol hubiera decidido anidar dentro de mi cráneo. Lo que se abría ante mí no era el mundo, era la imposibilidad de sostenerlo: cada objeto se multiplicaba en una orgía de reflejos, cada línea se fracturaba en mil espejos, cada forma se duplicaba hasta desbordarse en un charco blanco. Mirar se volvió un acto de traición contra la penumbra, y la penumbra se vengó. No fue la ausencia de luz la que me condenó, sino su exceso: el ojo devorando su propia carne hasta quedarse vacío.

Perseguí la visión con la obstinación de un animal enfermo, convencido de que más allá de cada imagen habría un mapa que explicara la totalidad. Pero el mapa era un laberinto, y el laberinto no conducía a ninguna salida, solo a sí mismo. Todo parecía abrirse hacia la revelación, pero era un círculo interminable, un corredor que se mordía la cola, una trampa donde el avance era ilusión y la ilusión se repetía hasta el vómito. Querer ver demasiado fue querer abolir el misterio, y el misterio, ofendido, se defendió encegueciendo.

El ojo no era ya un órgano, era un pozo rebosante de insectos fosforescentes, devorando la carne del mundo y escupiendo la náusea de su digestión. Había violencia en cada mirada: lo observado se abría como herida, y lo invisible, paciente, se vengaba disolviendo la mirada misma. Cada objeto visto era un sacrificio. Y la claridad absoluta se reveló como la más perfecta de las tinieblas.

Las manos tanteaban las superficies como si tocar fuera leer, como si la piel hubiera esperado siempre este momento de justicia. Lo que llamábamos visión era solo un mal hábito sostenido por la costumbre. El mundo olía a putrefacción, a fruta podrida, a polvo húmedo. El sonido del aire era más real que cualquier paisaje. La ceguera no era pérdida, era despojo, un regreso al estado primitivo donde aún no existía la división de las formas. Cada roce se volvió escritura, cada vibración un lenguaje más honesto que los signos. Descubrí que ver había sido siempre una ilusión óptica, y que la verdadera claridad respiraba en la oscuridad.

Recuerdo la penumbra como se recuerda un amor secreto: música sin notas, silencio cargado de electricidad. Había un murmullo tibio recorriendo la piel, como si la oscuridad acariciara. Y en esa caricia supe que el ojo era un accidente, una trampa evolutiva para distraernos de lo esencial. El deseo de verlo todo era devoción suicida: un culto a la claridad como farsa.

La ciudad seguía respirando su mentira de neón. Pantallas repitiendo la parodia de lo real, vitrinas derramando luz sobre vacíos intactos, multitudes corriendo hacia ninguna parte, convencidas de que veían. Yo, ciego entre ellos, era el único que veía: la oscuridad me devolvía la inocencia, me liberaba del simulacro. No mirar se convirtió en salvación.

Pero el hambre persistía, como un animal subterráneo que no acepta la renuncia. Una nostalgia de visión imposible, un deseo de abrir los párpados muertos y encontrar allí, detrás del fulgor insoportable, el secreto que se niega. Cada intento era idéntico: un resplandor hiriente, una fractura que desgarraba el signo, una herida sin cura. El secreto, si existía, estaba oculto en su propio incendio.

Camino ahora sin ojos y con exceso de visiones. Veo con la memoria, con el tacto, con la vibración del suelo, con la intuición de los que han renunciado al mundo. Veo como ven los que no esperan nada. La ceguera no es castigo, es misericordia. El universo sabe que mostrarse por completo significaría aniquilarnos, y por eso nos regala este velo, este límite, esta interrupción. Todo lo que quise ver me ha hecho ciego.

Y sin embargo, aún queda algo. Un destello imposible, suspendido en la penumbra. Algo que insiste. Algo que nunca se deja nombrar.