Conspiraciones subterráneas
A veces sospecho que la realidad respira como un rumor extraviado, un chiste cósmico que nadie recuerda haber contado, una vibración anónima que se enrosca bajo los objetos y acecha en el temblor mínimo donde las cosas aparentan existir. El cielo pacta con sus pigmentos adulterados, los satélites negocian la memoria del aire, la tierra murmura códigos fosilizados que esperan un lector extinto, y un zumbido eléctrico sostiene la ficción de lo visible como si la materia necesitara rezar para no evaporarse. Lo tangible imita consistencia, pero la piel del mundo es una máscara que cambia de expresión cuando cae la noche, cuando las máquinas titilan como monjes agotados, cuando los cables se arquean igual que nervios expuestos suplicando absolución. Todo eso que late detrás, la vibración, el pulso, el resplandor sin forma, se siente más real que cualquier superficie que pretenda ser mundo.
Camino con la sensación de que el tiempo no avanza sino que se repite, como una obra ensayada por actores que olvidaron el guion pero insisten en representarlo por costumbre. Los días se deslizan en una cinta que gira sin dirección, y las multitudes se mueven con una coordinación mecánica, empujadas por un estímulo remoto que no saben nombrar. Nos gobiernan con luces, con impulsos, con la ansiedad de ser vistos y consumidos. La gente ama sin tocar, habla sin pensar, respira sin alma. No hace falta vigilancia cuando el deseo hace el trabajo. La pantalla se volvió presidio portátil, cada imagen una celda luminosa donde la mente se arrodilla con entusiasmo. Y uno mira, y uno siente que todo lo mostrado ocurre en lugar de suceder.
Los templos se evaporaron en centros comerciales, los altares adoptaron forma de vitrinas, la plegaria mutó en propaganda, y el silencio, que antes sabía ocultar lo sagrado, ahora fue reemplazado por música funcional. La fe cotiza en cuotas mínimas, el alma juega en la bolsa del ego, la espiritualidad se prostituye en la glorificación de la visibilidad. El misterio perdió prestigio. La sombra se volvió un lujo. Todo respira al compás del mercado. Nos entrenaron para desear precio en vez de sentido, brillo en vez de valor, presencia digital en lugar de existencia.
Hay un pacto tácito entre el ruido y la obediencia. No existen dictadores: existen estímulos. No hay censura: hay saturación. La abundancia de signos funciona como hipnosis, un resplandor interminable que distrae el ojo mientras en el nacimiento del lenguaje algo nos observa con paciencia carnívora. No es el Estado ni la economía ni los dogmas reciclados. Es una conciencia arcaica, sin nombre, que se alimenta de atención. Todo podría ser una maquinaria diseñada para distraernos de esa presencia que no pide devoción, solo mirada. Pero mirar el origen supone quebrarse.
Cuando el ruido se quiebra y deja un resquicio de aire desnudo, siento un pulso que no me pertenece. Surge desde dentro como un reflejo mental ajeno, una mente que se superpone a la mía y me respira desde atrás de los ojos. Entonces entiendo que la conspiración no ocurre afuera sino en el pensamiento. Soy laboratorio involuntario de un sistema que sueña a través de mis ideas. No produzco pensamiento: reciclo sintaxis heredadas, ecos arcaicos, murmullos de una memoria que no recuerdo haber vivido. Cada palabra que pronuncio me reencarna como repetición. Somos enjambres de voces remotas. El lenguaje conspira antes que la mente.
Nos entrenaron para usar palabras, nunca para escucharlas. Enseñaron la función, no el temblor. Los signos piensan por nosotros. Pensar solo repite la obediencia a una gramática. La libertad sería desaprender, olvidar las formas, regresar al silencio anterior al verbo. Pero ese silencio fue devastado por la luz, la información, el ruido constante. Nos expropiaron el vacío.
Tal vez el conocimiento sea prisión disfrazada de claridad. Tal vez la verdad opere como distractor elegante.
La educación nos acostumbra a comprender, nunca a ver. La lucidez dejó de ser intensidad para convertirse en herramienta. El pensamiento, antes sacramento, ahora mercancía. Repito lo aprendido porque me lo exigen, no porque lo necesite. ¿Dónde se perdió el vértigo de no entender? ¿Cuándo olvidamos que la ignorancia también revela?
La política se diluye en espectáculo. Las ideologías se comportan como marcas registradas, los líderes como hologramas generados por la nostalgia pública. La masa los consume igual que una serie nueva: por entretenimiento y hábito. El poder ya no oprime: seduce. Obedecemos sin presión. Pagamos para ser vigilados. Amamos a los algoritmos porque imitan nuestros errores con ternura sintética. La sumisión se llama deseo.
Y aun así, bajo los sótanos del sistema, algo tiembla. Un desajuste, un error microscópico, una arritmia en el circuito. Sucede cuando alguien mira sin propósito, cuando el cuerpo se niega a continuar su teatro. Ese temblor es el alma recordándose. Un estremecimiento que perfora el tejido del tiempo. Una pregunta que flota sin verbo posible.
Hay días en los que la ciudad respira como un cadáver tibio. Las pantallas fijan los ojos como un dios moribundo que se niega a cerrar los párpados. El tránsito se arrastra igual que un mantra invertido. Todo se mueve sin avanzar. Camino entre cuerpos animados por sombras ajenas y siento que atravieso un sueño previamente agotado. ¿Quién dirige esta coreografía de espectros? Tal vez nadie. Tal vez el universo se administra solo, como un virus que aprendió a imitar la vida.
El consumo dicta su liturgia. La publicidad evangeliza. La moral se vende como marca premium. Los santos adoptan nombre de influencers. La red funge como templo donde confesamos datos, culpas, máscaras y fantasías. Cada publicación es una súplica a un dios mudo que, en vez de responder, recompensa con visibilidad. Todos conectados. Nadie cerca.
La conspiración no es política ni económica ni religiosa. Es perceptual. Colonizaron la atención. Nos enseñaron a ignorar lo invisible: la respiración primordial del mundo.
Y aun así, bajo la corteza del ruido, algo canta. Una frecuencia mínima, un rumor que escapa de las máquinas como si la conciencia intentara reaparecer en grietas microscópicas. Quizá sea el planeta imaginándose de nuevo. Quizá sea el eco de una forma futura aguardando turno. A veces lo escucho con claridad: un susurro subterráneo, un latido cósmico sin dueño.
El fin del mundo no llegará como explosión, sino como interrupción. Un silencio. Una fisura en la saturación. El instante en que la red se apague y la materia recuerde su voz.
¿Y si la salvación no exigiera creer sino olvidar? ¿Y si resistir consistiera en mirar sin nombrar?
Lo subterráneo no vive bajo tierra sino bajo el signo. Las conspiraciones son sombras del sentido. Y lo invisible, todavía vivo, todavía respirando, espera bajo las palabras a que alguien, tú, yo, nadie, escuche sin pedir permiso al mundo.