Ni ayer, ni mañana, ni hoy


No recuerdo en qué instante el tiempo decidió rajarse como una fruta podrida, quizá un parpadeo antes de nacer o un derrumbe después del último pensamiento, pero todo eso resulta irrelevante cuando el reloj se derrite con la misma dignidad torpe con que se derrite un nombre mal pronunciado; desde entonces no camino porque la gravedad perdió la fe en mí, así que floto, o tal vez me evaporo, o tal vez me invento, quién sabe, porque aquí no existe ni el suelo ni el cielo ni la cortesía mínima de un borde donde sentar la duda, y todo se expande como si respirara desde un pulmón sin dueño, un aliento antiguo que me atraviesa sin pedirme permiso y sin preocuparse por la posibilidad de que yo aún conserve un cuerpo capaz de reclamarlo; a veces imagino que fui un calendario torpe que olvidó su lengua y sus horas huyeron como animales sin collar.

El aire vibra con temperatura de sueño, un pulso tibio que no responde a leyes ni relojes; los pensamientos aparecen como peces extraviados en un estanque sin agua, intentan decir algo pero se derriten antes de alcanzar una palabra; ningún verbo resiste este clima, digo hoy y el sonido se pulveriza en polvo transparente, digo mañana y la palabra se suicida antes de nacer, digo ayer y solo escucho una sonrisa antigua, una mueca sin imagen que quizá inventé para sentir que el pasado aún respira en algún rincón que no logro identificar.

A veces me convenzo de que todavía tengo cuerpo, una sobra de sombra, un peso tibio que se aferra por instinto, pero cuando intento mirarme descubro la ausencia: no hay ojos, solo una claridad que respira sin iluminar nada, un resplandor que no apunta, que no nombra, que no bendice; esa claridad se suspende en sí misma como si el universo entero contuviera la respiración para no quebrar el instante, y yo quedo atrapado en su pulpa silenciosa, como si mi existencia fuera una pausa prolongada en el sueño de otra cosa.

Escucho el murmullo del tiempo intentando regresar a su oficio, un mar sin costa temblando en una orilla que ya no existe; el pasado se arrastra sin rostro, el futuro parpadea como un insecto desorientado, y el presente se resquebraja entre ambos como una cuerda floja que no sabe hacia dónde inclinarse; nada avanza, todo se repliega, se muerde la cola, se desdobla en su propio eco; así conviven mis edades: la infancia que nunca tuve, la muerte que respira detrás del telón, el ahora que me inventa con la torpeza de un dios principiante que aún no conoce su oficio.

Entonces la pregunta se derrama en mí como un ácido suave: quién soy en esta lentitud sin orillas, quién observa cuando el observador se rinde, quién sueña cuando el sueño se disuelve, quién se deshace cuando no queda nada por sostener; cada pensamiento me erosiona, cada palabra me expulsa del lenguaje; hay un temblor en la realidad, una grieta viva que respira, y cuando me asomo veo al universo latiendo como una criatura recién parida, húmeda, palpitante, una bestia de luz que aún no decide si quiere existir o regresar a la oscuridad.

Todo adquiere olor a metal tibio; el aire sabe a polvo estelar, y siento, si es que sentir todavía significa algo en esta geografía sin órganos, que cada átomo pronuncia mi nombre en un idioma sin consonantes, como si el cosmos recordara una canción antigua y la tarareara con el pulso; me vuelvo parte del sonido, parte del eco, parte del intervalo donde ambos se confunden, un filo vibrante entre dos silencios que se observan mutuamente.

No hay historia posible, no hay relato, solo una expansión que exhala desde un centro inexistente; olvido el propósito de existir, si es que alguna vez tuvo sentido o si solo fue un chiste demasiado largo; la vida se reduce a un relámpago dentro de un espejo sin reflejo, el universo balbucea como un pensamiento que se sueña a sí mismo, y yo me convierto en la duda que ese sueño olvidó cerrar.

El silencio adquiere textura, una piel fina que me roza con la suavidad de algo que desea ser tangible; por un instante distingo una forma: una mujer caminando sobre una línea de luz, un animal tejido de humo, una ciudad flotando bajo el agua, y no sé si todo eso pertenece a un recuerdo deteriorado o a una invención del vacío, pero late, todo late, hasta la nada late con un ritmo propio que desafía la cordura que ya no tengo.

Comprendo sin entender, porque aquí comprender no exige lógica, que el tiempo no existe; solo vibra, se pliega, se despliega, insinúa ángulos donde ayer es el temblor de una molécula y mañana es el mismo temblor respirado desde otra luz, mientras hoy no es más que la ilusión de sentirse en el centro de un círculo que no tiene centro.

Pienso en el cuerpo perdido: la piel, la saliva, la fiebre; la memoria se vuelve olor, una lágrima cayendo sobre un rostro que quizá no era el mío, la respiración de alguien que me amó en silencio, la herida luminosa de estar vivo; cada recuerdo se enciende y luego se disuelve, una combustión suave que no deja cenizas, solo luz, una luz que no ilumina nada, una luz que olvida mientras arde.

El universo no avanza, vibra; el pensamiento no razona, respira; el alma no recuerda, se disuelve; no hay fronteras ni cronología, solo el pulso de lo eterno dentro de lo efímero, una fricción mínima entre lo que soy y lo que no me atrevo a dejar de ser.

Pregunto, aunque no haya un oído disponible para recibir el gesto: qué queda cuando el tiempo renuncia a medirse, quién queda cuando el yo abandona su máscara, qué ocurre cuando el silencio pronuncia su propia respiración; no hay respuesta, solo la presencia feroz del vacío, intenso, transparente, indescifrable, algo que me llama sin sonido, que me mira sin ojos, que me ama sin nombre.

En medio de esta claridad inmóvil dejo de fingir que resisto; el lenguaje me abandona, o quizá yo abandono su cárcel, me convierto en vibración, en pulso, en latido sin dueño; no queda mañana para esperar ni ayer para sostener ni hoy para justificarme; queda esto, solo esto: el instante que se abre como un animal luminoso, me devora y respira.