El tiempo está de mi lado
El tiempo está de mi lado, aunque a veces sospecho que sólo juega a perderme. El reloj no marcó la hora: marcó mi piel con esa paciencia de reptil eléctrico que se arrastra detrás del hueso y deja un rastro tibio, como si quisiera sembrar su veneno en mis venas. Sigo sintiendo su tic mínimo, esa punzada de criatura diminuta que insiste en recordarme que algo ocurre incluso cuando todo parece suspendido. Un día, sin aviso, el tiempo dejó de correr y empezó a respirar. No lo llamaría milagro ni glitch del cosmos; fue más bien la sensación de que el universo, exhausto de girar sin motivo, se detuvo para oler su propio cuerpo. Desde entonces habito un segundo que se alarga como humo indeciso, un segundo que palpita con la torpeza de una sombra que todavía no ha decidido si existe o no.
Ya no mido los días: los olfateo. Cada amanecer exhala un olor distinto, a polvo quemado, a silencio tibio, a memoria hervida en el aire como una sopa vieja. El tiempo se engancha a las paredes, se encharca en las grietas de los libros, se incrusta en los gestos de las personas que alguna vez fui y ahora ni recuerdo. Vi horas que se doblan sobre sí mismas como espejos enfermos; vi futuros que caminan hacia mí con la cara maquillada del pasado, mientras el pasado se fuga por la ventana, desnudo, insolente, sin rastro de culpa. Tal vez siempre funcionó así y la única estupidez era mi fe en la geometría de las manecillas.
Cuando respiro profundo siento que algo se detiene dentro de mí, como si el aire abriera una puerta secreta y el universo, cansado de hacerse el difícil, entrara por ella con su lentitud mineral. El tiempo se hunde en mis pulmones y me observa desde adentro, curioso, casi divertido. Me dice que jamás existió afuera, que soy su casa, su útero, su animal doméstico. Me dice que él no avanza ni retrocede, que soy yo quien lo atraviesa como un fugitivo que desconoce la ruta. Entonces todo se vuelve blando, como arcilla tibia que respira y se deja moldear por algo que ignoro.
A veces el tiempo me habla con voz de amante viejo, sin urgencias ni promesas, sólo esa mezcla de cansancio y ternura que tienen quienes ya lo han visto todo. Me pide que no huya, que no hay ningún destino esperando, que las metas son un espejismo inventado por quienes temen escuchar el pulso del vacío. Me ruega que lo toque, que lo escuche latir en la madera, en la lluvia, en el zumbido febril de la bombilla que agoniza sobre el piso. Y yo, incapaz de fingir distancia, le abro la puerta como a un animal extraviado. Lo dejo entrar. Lo dejo dormir en mi pecho, hecho un ovillo tibio que respira con la torpeza de un gato viejo. En su sueño escucho mi nombre pronunciado en acentos desconocidos, siglos perdidos, versiones erráticas de mí que nunca llegaron a completarse. Tal vez por suerte.
He aprendido que recordar no es volver, sino fabricar tiempo con restos de humo. Cada imagen que convoco no pertenece al pasado sino al hambre, ese impulso que me obliga a inventar eternidades portátiles para no desmoronarme. Cierro los ojos y el cuerpo se llena de sombras familiares: una mujer riendo detrás de una cortina; una paloma que atraviesa la luz como una idea que se niega a morir; una ciudad que respira su propio humo con la arrogancia de un dios menor. Todo ocurre ahora, en este segundo dilatado que no le responde a ningún reloj.
El tiempo no es abstracto: es táctil. Tiene olor a piel mojada, a fruta abierta hace días, a incendio distante que insiste en no apagarse. Lo palpo en la aspereza de las palabras, en la saliva que titubea antes de caer, en el temblor de una hoja que duda si quedarse o volar. Decidí abandonar el calendario; me basta el pulso. A veces coloco la mano en mi pecho y escucho la percusión lenta con que el universo repite su propio nombre. Es un tambor torpe, como si la existencia misma olvidara su ritmo.
No domino al tiempo: lo seduzco. Le ofrezco mi lentitud como quien ofrece una herida limpia, y él, con esa compasión perversa que tienen los dioses desocupados, me concede su morfina de segundos extendidos. Me permite permanecer un instante más dentro de su sueño. Cuando cierro los ojos y me dejo caer en su pulso, siento que mi voz, mi cuerpo y mis pensamientos se derriten hasta confundirse con una sustancia única, blanda, sin forma. El tiempo me devora con ternura, como un animal que lame aquello que ama sólo para asegurarse de que no escape. En esa devoración me reconozco: soy su eco, su sabor, su respiración.
Hay noches en que su sombra me visita. No tiene rostro, sólo un sonido: el de un reloj respirando bajo el agua. En esas horas sin coordenadas me hundo en la quietud como quien se confiesa ante un dios mudo que sólo escucha vibraciones. Entonces lo comprendo: el tiempo no me persigue, me acompaña. No me roba nada; me revela su alquimia. Cada instante que muere deja un brillo, un residuo ardiente que ilumina el hueco que deja. En esa chispa mínima, en esa exhalación que se extingue al nacer, ocurre todo lo que soy.
Camino por la ciudad y siento que los semáforos envejecen conmigo. Las calles laten con un pulso paralelo, los autos respiran su monóxido cansado, las vitrinas parpadean con un insomnio que nadie les pidió tener. Cada cosa guarda su propio tiempo: una piedra lo conserva como un secreto mineral, un insecto lo expande en su zumbido, una lágrima lo disuelve sin pedir permiso. El universo no está hecho de materia: está hecho de pausas, de respiraciones, de latidos que se repiten con tanto empeño que inventan la ficción del movimiento.
A veces sospecho que el tiempo es sólo otra forma del amor. Una insistencia invisible que nos obliga a quedarnos un poco más en lo que duele. Amar quizá consista en eso: permanecer, sabiendo que todo se deshace. Pero ¿realmente se deshace? El amor no muere: cambia de máscara. Se vuelve aire, ruido de hojas, leve vibración en los huesos, esa sensación incómoda de que algo acaba de ocurrir aunque nadie pueda asegurarlo.
El tiempo está de mi lado porque ya no lo enfrento. Aprendí su idioma: no palabras, sino pulsos. Cuando respiro, él respira. Cuando me detengo, él se detiene. A veces lo siento esconderse detrás de mis párpados como un niño tímido. A veces me observa desde el espejo con los ojos cansados del universo. Pero ya no me intimida. Nos reconocemos. Él me ofrece su piel para escribir, y yo le permito envejecer dentro de mí sin protestas.
Y si algún día el mundo se apaga y los relojes callan y las horas se olvidan de sí mismas, no temeré. Sé que el tiempo no habrá desaparecido: sólo habrá cambiado de forma. Se volverá silencio. Se volverá respiración. Se volverá esta palabra que vibra en mi boca y nunca termina.