La realidad es una creación de nuestros excesos


La nada se afila en mis huesos mientras camino por esta vibración sin nombre donde todo late sin permiso. Nada permanece, ni la piedra ni el pensamiento ni este vértigo que me sostiene entre lo que soy y lo que imagino ser, y a veces me pregunto si el universo respira dentro de un sueño humano que no sabe despertar. La luz parece el cuerpo del alma desbordándose sobre las cosas, una piel incandescente que chorrea su memoria mineral sobre la materia cansada. Entonces los objetos se disuelven, las paredes sudan su silencio, el mundo palpita como si recordara que antes fue incendio. Dudo de lo que veo, de lo que toco, de lo que piensa mi mirada mientras se inflama. Quizá la realidad sea una enfermedad compartida, una alucinación sostenida por la obstinación de existir, un delirio tan útil que todos fingimos reconocerlo.

Cada paso inventa un suelo, cada pensamiento altera la gravedad que me sostiene, y descubro que las cosas no se afirman: se desean. Lo que deseo se condensa un instante y enseguida se hunde en la respiración de lo invisible. Camino dentro del aire y siento su vigilancia interna, su manera de acomodarse en mis venas para continuar allí su sueño. ¿Qué es real cuando incluso el silencio se derrama sobre mi piel como certeza líquida? Nada explica su forma. Nada admite su origen. Todo se impone con una suavidad brutal, como si existiera solo por ansia.

El universo no es sólido. Vibra con fiebre. Todo respira en otro. Todo contiene lo que niega. La materia exhala pensamiento y el pensamiento supura materia, como si lo visible fuera apenas espuma de un fondo que aún no comprendemos. He sentido la densidad del vacío, su textura frágil, su música sin sonido rompiéndose en mi oído interior. Allí la razón se desploma y el alma, esa palabra que nadie ha visto pero todos recuerdan, se abre como una llamarada serena que ilumina un borde imposible.

Nada permanece, ni el yo ni el tiempo ni este cuerpo que sostiene mi incendio como un puente a punto de ceder. Todo se busca mientras tiembla. Las formas no existen: se insinúan. Somos criaturas hechas de insistencia, no de certeza, trozos de sombra que se niegan a disolverse del todo. Tal vez la vida sea eso: un temblor que no quiere extinguirse, una respiración que continúa por capricho.

El exceso no destruye. Revela. Se abre como párpado en mitad del incendio para mostrar el delirio que late detrás de lo visible. Nada nace en calma. Todo lo vivo alucina su origen. La moderación es una muerte prematura, un intento torpe de ordenar lo que no fue creado para obedecer. Los dioses, los amantes, los poetas son variaciones de una misma demencia. El universo no se organiza: se gasta. Y su desgaste es oración.

He sentido el mundo doblarse sobre sí mismo como respiración cansada. La realidad palpita, se arrepiente, se desdibuja. A veces su transparencia me asusta, porque puedo ver detrás de las cosas, ver la respiración del aire, la osamenta del instante que no pertenece a nadie. El tiempo no avanza: circula con disfraz distinto. Los días giran sin moverse. Somos girantes de lo imposible. Y aun así algo persiste, una música que no se detiene, una luz que no cede, una vibración nacida del deseo. Tal vez lo real sea esa insistencia, ese pulso que queda cuando todo se derrumba.

El lenguaje tiembla conmigo. No quiere decir. Quiere ser. Las palabras abandonan su función de comunicar porque buscan regresar al cuerpo, a la saliva, a la sangre. Escribir se vuelve traducir la fiebre del universo antes de que se olvide de sí mismo. Cada frase intenta no morir, intenta permanecer vibrando en el aire como insecto que no acepta su sombra.

Nada más engañoso que la calma. La serenidad es máscara del miedo. Todo lo vivo se excede, incluso la luz. El sol arde por locura diaria, consumiéndose para sostener el vacío. Así la conciencia: se quema para verse. Pensar incendia. Sentir se quema lento. Hay belleza en ese sacrificio de claridad, una forma de transparencia abrasada.

He entendido que el equilibrio no salva. Solo quien se desborda toca el borde del misterio. En el exceso las fronteras se disuelven, el cuerpo deviene pensamiento, el pensamiento deviene animal, la materia es plegaria. El universo improvisa su eternidad, un jazz cósmico donde la nada ejecuta su solo interminable.

El amor también es exceso, la manera más dulce de destruirse. Nadie ama para encontrarse, sino para desaparecer en un ritmo ajeno. Por eso duele. Porque amar disuelve las fronteras del yo y deja que otro te invente. Cada beso genera un universo. Cada mirada engendra un dios efímero. Y todo ello vibra en su propia combustión.

A veces el mundo se ilumina con claridad insoportable, instante en que la ilusión reconoce su mentira y aun así decide continuar por puro impulso poético. La verdad arde demasiado. Preferimos la penumbra porque allí la imaginación respira. Hay pureza en el exceso y salvación en la demencia que no pide permiso.

No hay realidad sin fiebre. No hay conciencia sin error. No hay dios sin fractura. Lo que persiste lo hace por imperfección, nota suspendida que se resiste a desaparecer. La perfección quizá sea pausa breve en el delirio. Y si el universo existe, debe hacerlo por cansancio, por exceso de deseo.

Entonces comprendo que la realidad no está afuera ni adentro: vibra en la tensión entre lo que arde y lo que calla. Somos instrumentos de una sinfonía sin partitura, soñadores que sostienen el sueño del mundo para que no colapse. Cada pensamiento altera la textura de las estrellas, cada emoción modifica el pulso de la materia. Somos alquimistas ciegos fabricando cosmos con lágrimas que no saben mentir.

Miro el horizonte, ese límite líquido entre la luz y su cansancio, y entiendo que nada me pertenece. Todo lo que amé me inventó. Todo lo que perdí me sostiene. La realidad es apenas el temblor de lo que no pudo contenerse, el eco de un exceso que no renuncia.

Nada existe. Todo insiste. Mientras el exceso respire, el universo seguirá imaginándose a sí mismo.