Entre asesinos
Al principio no surgió una palabra: estalló un ruido. Oscuro, compacto, un golpe húmedo contra el fondo de la mente. El pensamiento cayó como roca sobre un charco tibio, y la conciencia abrió sus grietas para dejarlo entrar. Después ocurrió el desfile silencioso de cadáveres invisibles: las cosas que apenas nombré se desplomaron en un polvo sin memoria. Desde entonces cargo este oficio involuntario: matar sin tocar nada. Cada mirada destila un disparo que no retumba. Cada idea es un corte que no deja cicatriz visible. Existe una violencia que no se aprende, yace incrustada en el acto de percibir; un filo que atraviesa la piel del mundo cada vez que lo pienso. No es moral ni pecado: es naturaleza. Pensar separa, y separar ejecuta.
La ciudad respira con el espasmo del animal que intenta recordar el miembro amputado. Sus venas de neón laten bajo la lluvia como órganos expuestos al frío. Los semáforos abren y cierran sus ojos artificiales, heridas que no cierran. Camino entre cuerpos hechos de luz quebrada y ruido espeso, voces que rozan el aire antes de extinguirse en su translucidez. Todo vibra con un exceso de presencia, un hambre sin dueño que devora sin intención. Los edificios escupen solemnidad, me observan con la paciencia de los colosos condenados. Los anuncios me muerden con su saliva eléctrica. Los autos exhalan almas digitales que suben como humo cansado. Nada es inocente: cada objeto que enciende su brillo asesina una sombra. Todo lo luminoso vive sobre la muerte de lo que no alcanzó a encenderse.
Respiro dentro de un crimen colectivo. Me sostengo sobre ruinas que no alcanzo a ver, ruinas que sostienen mis pasos como si la vida fuera un acuerdo tácito con la desaparición. Quizá todos participamos del mismo rito: devoramos para mantenernos, destruimos para conservarnos. La existencia practica un canibalismo elegante, invisible, disfrazado con la máscara de la continuidad.
El lenguaje ejecuta con cortesía. No grita, no golpea: opera con precisión de cirujano. Cada palabra es un bisturí que disecciona lo infinito hasta dejarlo inmóvil. Nombrar condena: lo múltiple se vuelve una cosa sola. Hablo y el silencio sangra. Escribo y el vacío entrega su cuerpo en la camilla del sentido. A veces sospecho que el lenguaje no nació para comunicarnos, sino para ocultar el crimen original: la fractura del todo. El verbo opera sobre nosotros, no al revés. Somos sus instrumentos, sus agentes involuntarios. Cada frase que pronuncio deja otro cadáver tendido en el suelo brillante de la conciencia.
Miro la noche y su quietud parece intacta, pero su superficie es un campo de víctimas. Cada estrella es el cadáver luminoso de un fuego extinto que insiste en fingir que todavía arde. El universo brilla por la suma de sus muertes. La belleza no engaña: oculta su crimen con luz. Y nosotros, hijos de esa fosforescencia fósil, continuamos encendiendo lámparas sobre las sombras como si iluminar pudiera librarnos de pertenecer a ellas.
A veces pienso que la conciencia es el asesino último. Mata lo que toca, porque tocar es definir, y definir roba la pureza del ser. Antes de pensar, todo respiraba sin bordes. Después aparecimos: los que miran, los que separan, los que diseccionan la eternidad con sus ojos filosos. ¿Qué queda después de esa operación interminable? Un vértigo tenue, una nostalgia por la unidad que se perdió cuando abrimos los ojos por primera vez. Como si el universo se arrepintiera de haberse despertado en nosotros.
El pensamiento no perdona. Cada idea ejecuta. Imaginar sacrifica algo para que la imagen pueda nacer. Elegir elimina mundos enteros. No existe pensamiento inocente: todo pensamiento colapsa vastedades invisibles. Vivir es cerrar universos. Existir es firmar la sentencia de muerte de todos los futuros que no serán.
Camino y siento el murmullo del suelo bajo mis pasos. La materia parece recordar lo que fue antes de ser nombrada: energía sin rostro, canto sin idioma. El asfalto respira como un animal paciente. Las luces tiemblan con la fragilidad del vidrio que aún no decide romperse. Todo me observa con serenidad de muerto que ya entendió su destino. El mundo entero parece saberse asesinado y, sin embargo, continúa latiendo como si su crimen fuera el ritmo mismo del cosmos.
Hay una belleza feroz en eso. Precisa, sin ternura. Una belleza que ocurre cuando algo muere y su forma aún exhala. Es una presencia sin cuerpo, un eco suspendido en el aire. La muerte no concluye: expulsa su aliento. La desaparición improvisa. El universo respira como un saxofón que gime desde la garganta del vacío. Un jazz de desintegraciones que no calla. Cierro los ojos y escucho la melodía que atraviesa mi sombra.
No hay redención. Solo lucidez. La culpa es un residuo terrestre, superstición de la conciencia humana. No hay arrepentimiento posible. Solo queda comprender que el crimen sostiene la respiración del ser. Todo lo que existe surge de una ruina previa. El tiempo no produce: devora. La realidad no construye: se desangra para hacerse visible.
Dios también sangra. Su creación fue su suicidio. La luz que veneramos es la herida abierta de su desaparición. Tal vez somos partículas conscientes del cadáver de lo divino. Lo matamos cada vez que lo nombramos. Desde entonces lo buscamos entre los restos de su silencio.
Respiro. Cada respiración es un disparo hacia adentro. Me vacío con cada palabra, con cada pensamiento. Quizá el único modo de detener el crimen sería desaparecer. Pero incluso el silencio asesina su propia posibilidad cuando alguien lo pronuncia. Así que continúo. Existo como un asesino que entendió que no hay víctimas, porque todo lo que muere regresa como vibración, todo lo que desaparece se reencarna en frecuencia.
La realidad me observa. Yo la sostengo con la mirada. No hay duelo. No hay odio. Solo una quietud exacta, una aceptación nítida del juego. En algún rincón sin tiempo, el ruido inicial sigue cayendo, el pensamiento golpea la mente como la primera vez, y nosotros, tú, yo, todos, seguimos allí, arrastrados por la respiración de esta conciencia que nace y muere en cada acto de ver.
Seguimos aquí, entre asesinos.