Profundidades vacías


Me asomo al borde del silencio y descubro que no existe ningún borde, apenas una torsión del aire que se abre hacia dentro como una herida que respira. Todo cae, o finge caer, en un espiral sin dirección, un pliegue de realidad que se traga su propio latido mientras me observa con ese desdén tibio de las cosas que no necesitan forma para existir. Miro, pero mirar se vuelve un gesto inútil, un acto rendido, casi un error. El aire no se deja ver, aunque insiste en entrar en mí como un huésped antiguo que olvidó su nombre y no tiene intención de recordarlo. Pienso a veces que toda existencia persiste porque el olvido la sostiene, como si la memoria fuera un lujo o un chiste cósmico que nadie quiere contar dos veces.

El silencio me atraviesa sin vaciarme. No es un hueco, es una sustancia sin rostro que palpita con una terquedad ajena a toda lógica. No hay sonido, pero vibra. No hay palabra, pero algo me susurra desde dentro con una voz que no se parece a ninguna voz. Y entonces me pregunto quién habla cuando lo que habla ya no tiene garganta, quién mira cuando los ojos se deshacen en el párpado de la nada. Me descubro suspendido entre dos respiraciones torpes: la del cuerpo que insiste en seguir vivo y la del mundo que finge respirar para no desaparecer. Ambas suenan igual, ambas laten con la misma materia invisible que sostiene lo que queda de mí.

Camino, o pretendo caminar, por un corredor que no entiende la idea de final. Las paredes laten como si tuvieran un corazón prestado y las sombras me rozan con una ternura húmeda, casi obscena, que me hace pensar que la oscuridad también se cansa de sí misma y busca compañía sin pedir permiso. No hay suelo, no hay techo, apenas un espesor mínimo de aire que sostiene mi figura desobediente. Intento imaginar la forma del vacío, pero el pensamiento se disuelve antes de nacer, como sal que se rinde ante el agua. Comprendo, o dejo de comprender, que el vacío contiene todas las formas porque ninguna lo reclama. No existe fondo alguno: solo esta caída interminable donde el toque nunca llega.

Mi cuerpo empieza a volverse poroso, liviano, casi transparente. Los límites se repliegan hacia un adentro que no me pertenece. Siento el mundo respirando a través de mis huesos con una calma que recuerda al sueño de un animal antiguo. Cada célula late como una nota que se rehúsa a pertenecer a cualquier melodía. No hay música, hay improvisación pura, un compás que se inventa a sí mismo mientras arde. Soy instrumento y soplo, cuerda y vibración, pausa y estallido simultáneo. La carne deja de pesar, se vuelve rumor. Y en ese rumor late una certeza sin edad: el universo es una respiración interminable, un tambor que palpita en el corazón de un silencio que no necesita sonido para existir.

No sé si subo o me hundo. Las direcciones se rinden en un abrazo torpe. Solo queda un movimiento que gira hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo, como un animal que no sabe si nacer o deshacerse. Me dejo arrastrar por esa espiral indiferente. En la caída el miedo se derrite y la dulzura aparece sin avisar, una claridad sin luz, una calma sin intención. El vacío no devora, sostiene. Lo que parecía muerte se revela como un colchón tibio donde algo se gesta sin anunciarse.

Quiero pensar, pero el pensamiento ya no llega. No porque falten palabras, sino porque el lenguaje se volvió respiración pura y las ideas son apenas oleaje inútil. Suben, se quiebran, se evaporan. No dejan rastro. Solo movimiento. Entonces recuerdo, o imagino recordar, que las palabras eran muletas para no caer en el silencio, como quien se inventa un dios para no hablar consigo mismo. Pero caer no duele. Caer es regresar. El abismo tiene algo maternal en su oscuridad. Algo reposa allí, gestándose con una paciencia que me incomoda.

El aire se densifica hasta adquirir olor, textura, un rumor metálico que me recorre las costillas. El mundo entero parece detenido en un latido prolongado que no sabe si continuar o morir. El tiempo se pliega, se arruga, se esconde. Cada instante se abre como una flor sin semilla y el presente se vuelve tan vasto que amenaza con desgarrarse. El yo se encoge hasta desaparecer en su propio eco. No hay observador, solo lo observado. La mirada se disuelve en el campo y la mente se repliega en un paisaje sin fronteras.

A veces el pensamiento vuelve, débil, como un pájaro que aterriza en una rama inexistente. Intenta convencerme de que esto tiene un nombre, de que debo entender algo, como si el vacío fuera una ecuación mal resuelta. Pero el vacío no quiere comprensión, quiere entrega. Cierro los ojos y dejo que ese pájaro se caiga de su rama imaginaria. Una paz eléctrica me recorre, una lucidez que no pretende iluminar nada. Comprendo sin comprender. Todo vibra en la misma frecuencia del no-ser.

Mi respiración se confunde con la del espacio, una sola corriente que entra y sale sin pedir permiso. No hay diferencia entre aire y piel, entre pulsación y silencio. Me vuelvo sonido sin oído, luz sin ojo, presencia sin nombre. La conciencia se licúa, se desliza por las grietas de lo real y se mezcla con eso que alguna vez llamé mundo. Quizá la conciencia nunca fue mía. Quizá yo era apenas un sueño que ella sostenía por costumbre.

La materia recuerda su pacto antiguo con la luz y se vuelve transparente. La carne se disuelve en un temblor tenue, pierde obediencia, pierde orilla. No existe distancia entre la piedra, el agua o mi piel: todo vibra en la misma respiración anónima. Y entonces me disuelvo en la evidencia de que la realidad no es sólida sino una urdimbre de pulsos superpuestos, un tejido que respira con indiferencia. Cada cosa guarda su eco en las otras, cada silencio germina todos los sonidos posibles. El universo improvisa su existencia, un jazz invisible donde la nada toca su solo y nadie se atreve a aplaudir.

Me pregunto si el vacío no será la forma más honesta del amor, no ese amor humano que mendiga sentido, sino el amor que no necesita objeto, que permite ser sin exigir, que abraza sin intención. Tal vez todo lo que existe sea ese gesto: una expansión sin causa, una ternura muda que no sabe a quién protege.

El cuerpo se extingue sin despedirse. Queda como un eco que se aleja con timidez. La conciencia se expande hasta volverse campo puro. Ya no sé si soy alguien o si ya me convertí en el espacio que siento. Tal vez la revelación sea esta: no hay diferencia entre quien mira y lo mirado, entre quien piensa y lo pensado. Todo ocurre en una sola sustancia, el silencio que respira.

Una leve sonrisa parece flotar en el vacío. No sé de quién es. Quizá del universo, quizá mía, quizá del silencio mismo celebrando que por fin alguien lo escucha sin pretender entenderlo. Y en ese instante sin medida descubro que el vacío no es ausencia. Es el pulso de lo que aún no ha nacido, la memoria de todo lo que no pide nombre.

El silencio se repliega, se curva, se oculta en su propio suspiro. Yo quedo suspendido en su aliento. Todo está quieto. Nada termina.