El Black Friday es la Pascua del capitalismo
Entré al templo de luces frías con esa mezcla de asco y fascinación que me persigue desde que descubrí que el mundo late al ritmo de un corazón prestado, un corazón que no me pertenece pero me reclama, y mientras las puertas automáticas abrían su boca luminosa para tragarme pensé si no sería más honesto entregarme del todo, dejar que esta máquina inmensa me absorba hasta convertirme en un espejismo más, porque en noches como esta la multitud vibra como un enjambre sediento que huele algo parecido a la salvación y yo, ingenuo, siempre intento resistir, aunque sé que una fuerza oscura me empuja por dentro, no para comprar, sino para ver el fondo del abismo con más claridad, para escuchar lo que se esconde detrás del ruido, eso que dice que hoy es un rito, una liturgia del deseo donde nadie quiere confesarse pero todos gotean culpa por los ojos.
Me moví entre los cuerpos como quien atraviesa un sueño enfermo, un sueño saturado de neón y respiración agitada, donde cada rostro parecía una máscara recién inaugurada, y pensé si acaso existimos realmente o somos simples sombras aferradas a objetos que prometen una especie de eternidad instantánea, ¿y quién podría culparnos?, ¿quién no ha sentido el vértigo dulce de creer que un artefacto cualquiera salvará la noche?, y mientras esa idea crecía en mi cabeza noté el ritmo extraño que gobernaba el lugar, un ritmo de jazz quebrado, como si un saxofón invisible exhalara notas deformes que chocaban entre sí, creando un vacío espeso que lo envolvía todo, incluso mis pensamientos, incluso mis dudas, y hubo un momento, apenas perceptible, en que sentí que esa música no provenía del aire sino de la multitud misma, que cada comprador pulsaba como un instrumento desafinado tocando para una divinidad sin nombre.
Las luces me atravesaban como agujas finas, luces blancas que brillaban con la crueldad de una verdad que no pide permiso, y cada estante que tocaba parecía respirar, inclinándose ligeramente, como si quisiera susurrarme algo prohibido, un secreto que nadie escuchaba porque todos corrían, todos buscaban, todos adoraban, y yo, atrapado en ese torbellino, me pregunté si alguna vez fuimos otra cosa, si antes de convertirnos en devotos de esta pascua retorcida éramos criaturas capaces de mirar el cielo sin buscar reflejos de vitrinas, si alguna vez caminamos sin esta ansia voraz que quema desde el estómago, ¿y qué perdimos en el camino?, ¿qué versión nuestra quedó enterrada bajo el ruido de las ofertas?
Un hombre chocó conmigo con la mirada perdida, como si cargara un espectro personalizado, un pequeño dios portátil envuelto en plástico, y cuando lo vi aferrarse a su caja como quien sostiene a un hijo recién salvado del incendio, sentí que algo dentro de mí se quebraba con suavidad, un quiebre dulce que no dolía pero sí quemaba, y recordé la primera vez que entendí que este ritual no es humano ni divino, sino híbrido, una mutación entre pulsión y ausencia, entre hambre y vacío, un rito que no promete redención sino apenas un respiro momentáneo, ese respiro que compramos porque nadie soporta el silencio absoluto de la existencia.
Seguí caminando y cada paso se volvía más tibio, como si el piso estuviera vivo y me empujara hacia adelante, y en esa deriva pensé que quizás el monstruo nunca estuvo afuera, que el verdadero animal se esconde detrás de la piel, en ese rincón donde guardamos lo que no queremos mirar: la necesidad de pertenecer a algo, aunque sea a una muchedumbre desesperada, la necesidad de sentir que estamos vivos aun cuando la vida nos queda grande, y mientras la multitud se movía en oleadas descoordinadas tuve la sensación de flotar sobre un océano viscoso hecho de respiraciones entrecortadas, jadeos, latidos apurados, y me pregunté si no sería este el verdadero rostro del mundo, si no estaríamos todos aquí para ofrecernos como sacrificio voluntario a una fuerza que ya no necesita exigir nada porque nos tiene domesticados por dentro.
En un rincón, una mujer observaba una pantalla como si contemplara un oráculo, la luz azulada pintaba su rostro con un brillo espectral y por un segundo sentí que la realidad se plegaba sobre sí misma, que el tiempo se arqueaba como una serpiente atormentada, y me quedé ahí paralizado, no por ella, sino por lo que vi en sus ojos: un reflejo de mí, no del cuerpo, sino del vacío que llevo, del hueco manso que vibra cuando alguien intenta llenarlo con cualquier cosa, y entonces me pregunté, ¿qué nos sostiene cuando el rito termina?, ¿qué queda de nosotros cuando la música se apaga, cuando bajamos la guardia, cuando no hay multitudes que nos protejan con su caos?
Me fui sin tocar nada, sin cargar ningún milagro empaquetado, con las manos vacías como si saliera de una iglesia que no me aceptó, y afuera la noche parecía más grande, más lenta, más dañada, y respiré ese aire denso con una mezcla de alivio y desconfianza, porque sabía que algo del rito seguía adherido a mi piel, una sombra ligera, un humo invisible que me acompañaría hasta que la memoria empezara a borrarse, y mientras caminaba hacia ningún lugar, fumando un cigarrillo, escuchando el eco de mis pasos mezclarse con el latido distante del centro comercial, pensé que tal vez esta sea nuestra celebración más honesta: una pascua sin dioses, un bautismo sin agua, una resurrección sin cuerpo, una fiesta donde nadie se salva, pero todos insisten en intentarlo, y aunque no creo en milagros, algo en mí agradeció ese intento absurdo, esa terquedad humana que se niega a morir incluso cuando se arrastra.
Y mientras la noche se cerraba detrás de mí como una cortina de humo, supe que la verdadera pregunta no era por qué entramos, sino qué nos persigue cuando salimos, qué sombra nos llama por nuestro nombre mientras fingimos que solo queríamos un descuento.