Las avenidas son venas rotas: laten solo cuando alguien huye
Camino sin permiso por este animal de concreto que respira con dificultad, una bestia cansada que mastica luces y vomita ruido mientras decide si aplastarme o adoptarme como un parásito útil, y me pregunto qué clase de ciudad late solo cuando alguien corre con el alma entre los dientes, como si el mundo necesitara nuestra fuga para no colapsar de aburrimiento; la noche me gotea encima, un sudor helado de neón violado, y siento que mis pasos no avanzan sino que perforan, como si cada baldosa fuera una piel herida que sangra ritmos eléctricos por pura terquedad.
El aire sabe a óxido con saliva, un sabor que no se escupe sino que se rumia con rabia, porque aquí nadie respira: todos inhalan restos de otros, cadáveres de intenciones, sueños que murieron en un semáforo que parpadea como un ojo borracho; y es extraño sentir que soy yo quien se diluye, no la ciudad, que soy yo la mancha que se extiende sobre el pavimento, un animal sin forma que la noche reconoce por su temblor, como si mis huesos cargaran un secreto que no entiendo y aun así me obliga a avanzar.
Me pregunto a quién le enseñaron que escapar es una solución, si la fuga siempre te deja más cerca de ti mismo, y eso es lo que más jode; a veces creo que la ciudad se ríe bajito cuando paso, como si tuviera la certeza de que no existe un lugar donde mis pensamientos puedan respirar sin desarmarse, y esa risa se mezcla con un viento que huele a cables quemados, a vergüenza antigua, a plegarias que nadie quiso escuchar porque ya venían rotas desde su origen.
Sigo, aunque no sé si camino o me arrastra la vibración del suelo, una pulsación que no pertenece ni a la tierra ni a mí, una especie de oración sucia que atraviesa las alcantarillas como si los dioses hubieran olvidado cómo hablar y ahora solo saben emitir frecuencia; me atraviesa una duda que parece humo: ¿quién mueve a quién? ¿La ciudad a mí o yo a esta sombra que insiste en llamarse ciudad? ¿Qué monstruo se alimenta de nuestros pasos, de nuestro miedo, de ese impulso idiota de creer que correr sirve para algo más que confirmar la derrota?
De pronto siento que mi cuerpo se vuelve interferencia, señal mal decodificada, un espectro que se estira y se encoge con cada bocanada de ruido; la avenida vibra, respira, se contrae como una vena a punto de reventar, y yo, idiota, sigo dentro de ella, tratando de descifrar si ese latido me pertenece o si simplemente me usa para no apagarse. ¿Qué pasa cuando nadie huye? ¿El mundo deja de latir? ¿O solo se queda quieto, esperando al próximo fugitivo para volver a sentirse vivo?
Mis pensamientos se desordenan con la misma elegancia que un grafiti recién borrado, una estética del fracaso que encuentro casi tierna, y la noche me toca como si quisiera moldearme, como si mis sombras fueran plastilina y ella supiera exactamente qué forma darme para que encaje en su ritual; siento la piel vibrar, no de miedo sino de reconocimiento, como si esta oscuridad supiera mi nombre desde antes de que yo naciera, como si fuera un lugar que no se habita sino que te habita.
La lucidez llega como un golpe de botella en un bar vacío: rápida, filosa, necesaria. Esta ciudad no tiene intención de salvarme. Nunca la tuvo. Solo quiere recordarme que vivir también es una forma de huida, que la conciencia es un error luminoso, que avanzar es una superstición que repetimos para no escuchar cómo cruje lo que somos cuando dejamos de movernos. ¿Qué significa quedarse quieto en un mundo que exige velocidad para no mostrar sus grietas? ¿Y qué queda de uno cuando se descubre que esas grietas son, en realidad, el único territorio que nos reconoce?
Camino, sí, pero no como quien busca salida, ni absolución, ni destino. Camino como quien prueba su propio pulso, como quien desafía al silencio para ver si sigue vivo, como quien sabe que la fe es una excusa barata y aun así la acaricia porque no tiene otra cosa que darle calor. Mis pasos no avanzan: percutan. Son batería sin ritmo fijo, jazz descompuesto, pulsación de punk asmático que prefiere toser antes que afinarse.
El latido de la avenida regresa, golpea, exige, muerde. Me pregunto si alguna vez dejará de hacerlo cuando yo finalmente me detenga, si el mundo se apagará con mi último impulso. Tal vez el universo sea esto: una máquina torpe que solo funciona porque alguien, en algún rincón, huye sin saber por qué. Tal vez la creación entera sea un músculo roto que insiste en contraerse para no admitir que está muerto.
La noche no responde. No le interesa. Pero sigue conmigo, abrazándome con su aliento frío, empujándome hacia adelante, o hacia adentro, o hacia ningún sitio, que al final da igual porque el camino es un espejismo y la fuga es apenas el truco favorito del vacío.
Sigo. No por esperanza. No por destino. No por sentido.
Sigo porque detenerme sería darle la razón a algo que no merece ganarme.
Que las avenidas hagan su trabajo.
Que ardan, respiren o colapsen.