El crédito de los días muertos


No pasa el tiempo. Se acumula. Lo aprendí tarde, cuando los días empezaron a repetirse con una ligera variación, como cifras que cambian en el último decimal para fingir movimiento. Abrí un cuaderno y empecé a registrar: no lo que ocurría, sino lo que debía. Cada escena, cada gesto mínimo, dejaba un residuo. Intereses. Una palabra que al principio anoté sin cuidado, como si no fuera a quedarse.

El primer recuerdo que decidí tasar fue una tarde inmóvil, una silla que crujía sin peso, la luz detenida sobre la mesa. No parecía deber nada. Sin embargo, al volver a ella, descubrí un desgaste: una deuda que no se veía en el instante, pero que había crecido en silencio. Lo anoté con precisión. Fecha dudosa. Monto incierto. Intereses en curso.

Pronto entendí que no había ingreso posible. Todo lo vivido se registraba como pérdida. Incluso los momentos que en su momento llamé felices aparecían con una marca leve, casi imperceptible, como si alguien hubiera pasado un cuchillo sobre la superficie. Esa marca era suficiente. Bastaba para que el cálculo se inclinara.

Intenté corregir el sistema. Reescribí algunos recuerdos, ajusté cifras, moví escenas de lugar. Pensé que si alteraba el orden, la deuda cambiaría de signo. Pero cada modificación generaba una nueva línea en el registro. Refinanciar no era reducir: era desplazar el peso hacia adelante, hacerlo más soportable en apariencia, más extenso en realidad.

A veces los días se interrumpen. No terminan: se cortan. Como si una mano ajena decidiera cerrar el libro en medio de una suma. Esos cortes producen alivio. Una quiebra parcial. Durante unas horas, o unos minutos, no debo nada. El silencio no acumula. Pero luego vuelve el cálculo, más denso, como si la pausa hubiera sido solo una estrategia del sistema para reorganizar la carga.

He empezado a sospechar que el pasado no está detrás. Se deposita en capas, se adhiere. Camino y lo siento aumentar, no en la memoria sino en el cuerpo. Hay días más pesados que otros. No por lo que traen, sino por lo que arrastran. La piel registra antes que la conciencia: una leve presión en los hombros, un frío en las manos, el sonido seco de algo que no termina de romperse.

Anoche revisé las primeras páginas del cuaderno. La caligrafía era más firme, casi confiada. Creía entender lo que hacía. Ahora las cifras se desordenan. No porque sean imprecisas, sino porque empiezan a referirse entre sí. Una tarde explica una herida que aún no había ocurrido. Un gesto mínimo altera una escena que no recuerdo haber vivido. El registro ya no sigue el tiempo: lo produce.

Hay una línea que no escribí yo. Apareció entre dos cálculos, con una tinta ligeramente más oscura: el saldo no es acumulativo, es constitutivo. La dejé. No supe cómo borrarla sin modificar todo lo demás. Desde entonces, cada intento de cálculo parte de esa afirmación, como si siempre hubiera estado ahí.

He dejado de cerrar las cuentas. El total es inútil: crece incluso cuando no escribo. A veces pienso que el error no está en los números, sino en la necesidad de contarlos. Pero si dejo de hacerlo, algo peor ocurre: la deuda no desaparece, se vuelve ilegible. Y lo ilegible pesa más.

Hoy añadí una escena mínima: un vaso de agua sobre la mesa, la superficie temblando apenas, como si algo respirara debajo. No había nadie. Esperé a que el movimiento cesara para anotarlo. No cesó. Escribí igual.

El crédito de los días muertos no se concede. Se simula. Cada página es una prórroga que no reduce nada. Sigo registrando, como si en algún punto el cálculo fuera a volverse exacto, como si la suma final pudiera fijar un límite. Pero empiezo a sospechar que no hay cierre, solo ajuste. Y que el ajuste no corrige: distribuye.

He llegado a una cifra que no puedo escribir. No porque sea demasiado grande, sino porque no corresponde a ningún recuerdo. Sin embargo, al intentar ignorarla, todo lo demás pierde sentido, como si dependiera de ese número ausente para sostenerse.

Dejo el cuaderno abierto. No por descuido. Para que algo más, si insiste, termine la cuenta por mí.