La gravedad de lo inexistente
No recuerdo el hecho. El peso, sí. No es una imagen: es una presión concreta, una mano que no se retira. Hay días en que me inclina lo suficiente para que otros lo noten, pero nadie dice nada. Supongo que no es visible. O lo es y han decidido no intervenir, que es otra forma de participación.
Empecé a registrar no por método sino por defensa. Anoto lo que podría haber sido. No lo que fue. Lo otro no aparece. Hojas con variaciones mínimas: una llamada que no contesto, una escalera mal calculada, una frase dicha con la entonación incorrecta. Ninguna versión pesa lo suficiente. Las dejo escritas y, al releerlas, pierden densidad. Se vuelven decorativas. La culpa no.
Hay un objeto que insiste. No sé si es recuerdo o residuo. Una taza blanca. El borde astillado siempre en el mismo punto, como si alguien hubiera repetido el gesto hasta fijarlo. A veces la encuentro dibujada en los márgenes de mis notas. No recuerdo haberla dibujado. La línea es irregular, como si la mano dudara en medio del trazo. He intentado no mirarla. Vuelve.
Le pregunté a alguien si recordaba una taza así. Dijo que todas las tazas terminan astilladas. No era una respuesta. Era una forma de cerrar la conversación. Insistí. Me dijo que yo nunca usaba tazas blancas. Lo dijo con seguridad. Esa seguridad me pareció excesiva, como si protegiera algo que no estaba en juego. No discutí. Anoté la frase. Después la taché. Luego la volví a escribir en otra hoja.
Encontré una página que no encaja. No por lo que dice, sino por cómo está escrita. La tinta es la misma, pero la presión no. La letra se parece a la mía lo suficiente como para incomodar. Dice: “Lo hice para que existiera”. Hay un intento de subrayado que se interrumpe antes de la última palabra. O quizá empieza después. No lo sé. El trazo no coincide con la dirección de la frase. Probé a imitarlo. No me salió igual.
Durante unos minutos, la frase funcionó como soporte. No como explicación, sino como punto de anclaje. Algo fijo en medio de esta deriva. Después empezó a contaminar el resto. Si lo hice, debería haber un antes. Si lo hice, alguien más debería recordarlo. Si lo hice, el peso tendría un contorno. Nada de eso ocurre. La frase se sostiene sola, como si no necesitara de lo que afirma.
He pensado que tal vez la escribí después, para justificar el peso. No antes. Eso la vuelve sospechosa. Pero la sospecha no la debilita. La fija.
El agua del lavamanos cambia de temperatura sin que toque la llave. No siempre. Lo suficiente para que no sea un accidente. Fría, luego caliente, luego otra vez fría. Meto las manos y las dejo ahí más de lo necesario. La piel se enrojece, pero no duele como debería. Miro el metal y, por un instante, la superficie devuelve una imagen nítida: la taza sin astilla. Intacta. El borde perfecto. Retiro las manos. El agua sigue corriendo.
No anoto eso de inmediato. Cuando lo hago, la secuencia ya no es precisa. Invierto el orden. Lo corrijo. Vuelvo a invertirlo. Termino dejando dos versiones en la misma línea. No marco cuál es la correcta. Ninguna pesa más que la otra.
He intentado provocar un hecho. Romper una taza igual, si es que existe una igual. No la encontré. Compré varias parecidas. Las dejé caer desde distintas alturas. El sonido no coincide. La astilla resultante tampoco. Hay una forma específica en ese borde que no logro reproducir. Eso debería tranquilizarme. No lo hace.
A veces pienso que el error está en buscar un origen. No porque no exista, sino porque no funciona como imagino. La secuencia podría ser otra: primero el peso, luego el intento de darle forma, después el resto acomodándose alrededor. Pero esa idea se parece demasiado a una explicación. La dejo pasar. No desaparece.
Vuelvo a la página. Paso el dedo sobre la frase. La tinta no se corre. No es reciente. O lo es y no responde. Debajo hay un trazo leve, casi borrado, que no había visto antes. No es una palabra completa. Tres letras, tal vez dos. Podría ser “no”. Podría ser otra cosa. Podría no ser nada. Intento completar la palabra en mi cabeza y todas las opciones fallan por exceso.
Dejo la taza en la mesa. No sé si es la misma. No recuerdo haberla traído. El borde está astillado en el punto que reconozco. O creo reconocer. La coloco de modo que la astilla quede hacia la pared. Luego la giro sin querer. O queriendo. No estoy seguro. La dejo como quedó.
Cierro la puerta con cuidado. No por prudencia, sino por precisión. La llave gira sin resistencia. Por un segundo, pienso que debería volver y cambiar la posición de la taza, como si eso alterara algo. No lo hago. Bajo las escaleras contando los peldaños. Me equivoco en el tercero. Vuelvo a empezar en el cuarto.
No recuerdo el hecho. El peso no varía. Las versiones se acumulan y se anulan entre sí. La frase insiste. La taza también. Hay una coherencia que no depende de mí. O depende demasiado. Escribo para fijarla y cada frase introduce una desviación mínima, suficiente.
En la última página, sin darme cuenta de cuándo empecé, repito la frase. No idéntica. No del todo. “Lo hice para que exista”. La corrijo. “Lo hice para que existiera”. La dejo. El trazo horizontal esta vez atraviesa toda la línea y continúa más allá del margen, como si necesitara espacio que no tiene. No sé si esa continuidad pertenece a la frase o a otra cosa que empieza donde yo termino.