El segundo de más
El segundo de más siempre aparece adherido a las cosas como una costra húmeda. No llega con estruendo. Se pega. La puerta automática permanece cerrada una fracción adicional. El ascensor conserva su mutismo de caja metálica enferma. La pantalla insiste en mostrar un círculo girando sobre sí mismo, como un insecto atrapado en una gota de aceite. Nada extraordinario. Apenas una demora microscópica. Sin embargo algo comienza a desajustarse. No en el aparato. En el acuerdo.
La mano ya estaba preparada para avanzar. La mirada ya había firmado el siguiente movimiento. Los músculos habían cobrado por adelantado un futuro inmediato. Entonces aparece ese segundo sobrante, viscoso, pegado a la secuencia como un chicle aplastado contra una banda transportadora, y el cuerpo descubre que vive sostenido por una superstición ridícula: la creencia de que las cosas obedecerán cuando les corresponda obedecer. Qué religión miserable.
Basta muy poco.
El índice golpea nuevamente el botón iluminado, como si la repetición pudiera corregir el retraso, como si detrás del plástico existiera una divinidad administrativa esperando una segunda solicitud para conceder el milagro. También lo hago. También practico esa liturgia para idiotas. También deposito mi fe nerviosa en rectángulos luminosos y cajas de acero pintado. No observo la enfermedad. La comparto.
Peor aún.
Porque durante ese segundo de más ocurre algo obsceno. La superficie pierde adherencia. La pintura se afloja. Las costuras aparecen. La realidad deja de parecer un flujo y comienza a parecer un ensamblaje. Tornillos ocultos. Juntas resecas. Capas de esmalte cubriendo óxido húmedo. El mundo conserva exactamente la misma forma, pero adquiere la consistencia de una prótesis mal ajustada. Como si alguien hubiera montado todo con prisa, ocultando las grietas bajo una mano de barniz industrial y una montaña de instrucciones.
Se nota.
La fila frente al cajero ya no parece una fila. Parece una cinta transportadora detenida por una obstrucción de grasa y polvo. El círculo de carga sobre la pantalla ya no parece una animación. Parece un animal girando sobre un suelo de cemento antes de echarse a morir. El pitido electrónico ya no parece una señal. Parece una tos mecánica. Y el cuerpo reconoce esas formas antes que la inteligencia, porque la carne comprende ciertos idiomas que el pensamiento llega tarde a traducir.
Algo sabe.
Algo sabe que ese segundo no sobra por accidente.
Por eso irrita.
No porque retrase nada importante. La mayoría de las veces no retrasa absolutamente nada. Irrita porque expone una dependencia vergonzosa. Descubre que los reflejos han sido calibrados por ritmos ajenos. Descubre que la ansiedad no es una emoción privada sino un protocolo incorporado a la musculatura. Descubre que incluso la impaciencia funciona con precisión industrial. Qué obra maestra del adiestramiento: millones de organismos convencidos de actuar libremente mientras reaccionan al mismo retraso, al mismo pitido, al mismo icono giratorio, con la exactitud de piezas fabricadas en serie.
Y entonces aparece la sospecha.
Pequeña.
Pegajosa.
Persistente.
La sospecha de que el segundo de más no es una falla del mecanismo sino una filtración. Una fuga diminuta por donde asoma la verdadera textura de todo esto. Porque debajo de las pantallas limpias hay dedos cubiertos de grasa. Debajo de las credenciales hay axilas húmedas. Debajo de los cronogramas hay insomnio. Debajo de la velocidad hay organismos agotados mascando café recalentado y aire acondicionado. Debajo de la eficiencia hay carne. Carne entrenada. Carne numerada. Carne convencida de que el movimiento continuo equivale a estar viva.
El círculo sigue girando.
La puerta sigue cerrada.
Nadie se mueve.
Y durante esa fracción sobrante alcanzo a ver mi reflejo deformado sobre una lámina de acero rayada, aplastado entre huellas dactilares secas y manchas de limpiador industrial, observándome con un retraso mínimo, casi imperceptible, como si hubiera algo atrapado detrás de la superficie intentando llegar hasta aquí antes de que el mecanismo vuelva a arrancar.