El crédito de los días muertos


El problema de los días muertos no es su vacío. El vacío todavía tendría cierta dignidad mineral. No. El problema es esa viscosidad financiera adherida a las horas, como si cada minuto llegara ya usado por otra mano, hipotecado, respirado antes. Uno despierta el domingo creyendo haber escapado del engranaje y descubre, apenas abre los ojos, que el lunes ya comenzó a coagularse debajo de la lengua. Un sabor metálico. Administrativo. Incluso el descanso produce intereses. Incluso dormir parece una actividad monitoreada por alguna oficina invisible que calcula el rendimiento de la fatiga.

La habitación participa del ritual. El cargador enrollado como un órgano húmedo sobre la mesa de noche, la botella de agua tibia sudando plástico, las pastillas alineadas con una obediencia sutil, esa pequeña placa luminosa de la pantalla respirando todavía en la oscuridad aunque el cuerpo ya haya decidido apagarse un rato. Reliquias, sí, pero reliquias de una religión sin trascendencia, apenas mantenimiento técnico del organismo. El ser humano reducido a dispositivo periférico de sus propias extensiones. O peor: reducido a cliente de su agotamiento.

Hay gente que habla del descanso como si todavía existiera. Qué palabra extraña. Descansar. Uno casi espera encontrar formol alrededor cuando alguien la pronuncia con seriedad. Lo que llaman descanso suele consistir en cambiar de interfaz: abandonar la pantalla laboral para entregarse a la pantalla anestésica, pasar de producir cifras a consumir imágenes de otros produciendo versiones decorativas de sus vidas. El domingo entero funciona así, como un cadáver maquillado para parecer fértil. Café artesanal, plantas domésticas cuidadosamente fotografiables, listas de reproducción suaves, cuerpos horizontalmente derrotados intentando convencerse de que el tiempo les pertenece todavía. Mentira funcional. A esa hora el lunes ya mastica despacio detrás de las paredes.

Y todos orgullosos de su cansancio. Ahí está la verdadera obscenidad. Ya ni siquiera se oculta. El agotamiento se exhibe como antiguo símbolo nobiliario. “No he dormido.” “Tengo demasiadas cosas.” “Estoy colapsado.” La frase sale acompañada de una satisfacción diminuta, casi erótica. Como si destruirse lentamente probara algún tipo superior de importancia. Las cafeterías están llenas de cuerpos administrándose a sí mismos con fervor sacerdotal: vitaminas, agendas, aplicaciones que cuentan pasos, calorías, ciclos de sueño, vasos de agua, respiraciones. La carne convertida en oficina portátil. El corazón funcionando como departamento de recursos humanos.

Y yo ahí también, naturalmente. Esperando que aparezca algo nuevo en la superficie luminosa, alguna migaja de estímulo, cualquier residuo electrónico que interrumpa durante un instante el roce insoportable del tiempo consigo mismo. El animal golpea la máquina vacía porque una vez cayó comida del otro lado. Aprendizaje magnífico. Civilización magnífica.

A veces imagino desaparecer de todo: cuentas, contraseñas, calendarios, perfiles, números, esa identidad pegajosa compuesta por formularios y verificaciones faciales. Pero incluso la fuga ya fue absorbida. El retiro viene empaquetado. La desconexión se vende con tipografía minimalista y aceites esenciales. Silencio premium. Ansiedad orgánica certificada. Hasta el rechazo necesita convertirse en producto antes de circular sin escándalo.

Hay algo particularmente enfermizo en la expresión “invertir tiempo”. Nadie parece escuchar el sonido que produce. Invertir tiempo en la pareja. Invertir tiempo en uno mismo. Invertir tiempo en descansar. Como si las horas fueran fragmentos intercambiables y no materia irrepetible descomponiéndose dentro del cuerpo. La existencia entera traducida a una humedad numérica adherida a las cosas. Uno ya no toca objetos; los contabiliza. Ya no mira una tarde; la gestiona. Incluso la tristeza debe optimizarse. Sufrir rápido. Recuperarse rápido. Volver funcional el sistema antes de que la grieta empiece a parecer improductiva.

Y debajo de toda esa circulación higiénica algo sigue pudriéndose con lentitud exquisita. Puede verse en los supermercados abiertos durante la madrugada, en la gente inmóvil frente a refrigeradores luminosos mirando productos como quien consulta un oráculo plástico. Puede verse en las manos. Siempre las manos. Dedos que tiemblan apenas cinco segundos después de quedarse sin estímulo, buscando automáticamente una pantalla apagada, desbloqueándola incluso antes de recordar para qué. Como si el cuerpo entero hubiera aprendido a producir movimiento antes que pensamiento. Como si algo siguiera cobrando cuotas dentro del sistema nervioso aun cuando la notificación nunca llega, aun cuando la habitación permanece completamente inmóvil, aun cuando el dedo continúa desplazándose sobre el vidrio negro que ya no devuelve absolutamente nada.




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