El crédito de los días muertos


Nadie me dijo que los días podían quedarse. No pasar, quedarse. Yo creía en esa ficción higiénica de que el tiempo se gasta al usarlo, que lo vivido se agota en el acto y lo no vivido simplemente no existe. Esa idea era cómoda, casi moral. Ahora no sé si era una idea o una coartada.

Hay algo acumulándose, eso es evidente, pero no sé si llamarlo deuda. La palabra sugiere orden, un sistema, alguien que lleva las cuentas. Aquí no hay nadie. O hay demasiados. A veces pienso que los días que no viví se agrupan en alguna parte, no como recuerdos sino como algo más denso, más pegajoso, algo que no se deja pensar sin deformarse. Esto suena mal. No importa.

Intenté hacer una lista esta mañana. Cosas pendientes, gestos mínimos, llamadas que nunca hice, decisiones que siempre pospuse con una precisión casi admirable. La lista era clara, razonable, incluso honesta. La miré esperando una reacción, como si fuera a devolverme algo. No pasó nada. La lista no estaba incompleta. Yo sí. O al revés. No, eso tampoco es cierto.

Leí —o me inventé haber leído, da igual— que toda vida genera un residuo que no puede integrarse a nada. Me reí cuando lo pensé por primera vez. Sonaba a frase de alguien que quería tener razón sobre su propia derrota. Ahora no me río. Pero tampoco estoy seguro de que describa esto. Tal vez no es un residuo. Tal vez es lo único que queda.

No es culpa. O sí, pero una culpa sin hecho, sin escena. Eso no tiene sentido. La culpa necesita un punto de origen, algo que pueda señalarse. Aquí no hay señalamiento posible. Y sin embargo hay presión. No pide reparación. No pide nada. Solo está. Eso debería tranquilizarme. No lo hace.

Ayer —o fue hace meses, el orden ya no importa tanto— tuve la impresión de que uno de esos días “muertos” no estaba en deuda conmigo sino al revés. Que yo le debía a él algo que nunca iba a poder darle. Es una idea estúpida. No pienso defenderla. Pero desde entonces la palabra deuda empezó a fallar. Si no hay dirección clara, si no sé quién le debe a quién, entonces el sistema entero es un error. O soy yo el error. Esa opción es más simple, demasiado simple.

Voy a decir algo que no encaja con lo anterior: hay días que no deberían vivirse. No es una metáfora. Días que si se viven arruinan algo que todavía no entiendo. Esto contradice todo lo que dije antes. Lo dejo igual. No tengo cómo arreglarlo sin que suene peor.

A veces imagino esos días alineados, sí, pero no como cuerpos esperando ser reconocidos. Eso era una imagen fácil, casi obscena en su orden. Los veo más bien como superficies que respiran mal, que se hinchan y se desinflan fuera de ritmo, como si cada uno tuviera una urgencia distinta y ninguna coincidiera con la mía. Me acerco —no, no me acerco, esto ya es falso—, están ahí, ocupando un lugar que no debería existir, y sin embargo ocupan más espacio que lo que sí ocurrió.

Esto no se está explicando, lo sé. Estoy perdiendo el hilo que yo mismo había armado. Pensé que escribir iba a servir para organizar la presión, darle una forma que pudiera soportarse. No sirve. O sirve para otra cosa que no es esta. Las frases se me adelantan o llegan tarde. Algunas parecen decir algo y al releerlas no dicen nada. “Nada” es una palabra cómoda. Tampoco es exacta.

Si fuera honesto, tendría que decir que no hay acumulación, que todo esto es una forma sofisticada de no aceptar que el tiempo pasa sin pedir permiso ni dejar saldo. Pero esa frase me suena prestada, como si la hubiera dicho alguien mejor armado que yo. No la creo. O la creo a ratos, lo cual es peor.

Hay una zona que estoy evitando. No sé cuál es, pero está. Se nota porque cada vez que me acerco empiezo a ordenar, a limpiar el lenguaje, a volverlo correcto. Eso es lo que hice al principio. Esto de ahora —esto que se rompe un poco— tal vez está más cerca. O no. Podría ser solo otra forma de desorden controlado.

El crédito, la deuda, las palabras ya no sostienen lo que intentan nombrar. Y sin embargo sigo usándolas, como si al repetirlas fueran a recuperar algún sentido. No lo hacen. Pero tampoco desaparecen. Permanecen, insistentes, como si su única función fuera mantenerse en pie aunque todo alrededor ceda.

Mañana —esto sí puedo decirlo sin pensar demasiado— voy a hacer algo. No sé qué. No sé si cuenta. No sé si evita algo o lo empeora. Hay una parte de mí que sospecha que el único día que no debería perderse es uno que ya perdí. Esa sospecha no sirve para nada. Y aun así organiza todo lo demás.




Entradas populares