El crédito de los días muertos


El hombre de la ventanilla me entregó un recibo con tinta húmeda y una sonrisa torcida, como si acabara de aprenderla. Dijo que estaba aprobado y señaló una línea donde ya había una firma. Era la mía, o una versión cansada de mi mano. El papel estaba tibio, como si hubiese pasado por otra piel antes de llegar a la mía. Olía a hierro y a algo dulce, casi podrido. Afuera, la lluvia no caía: se detenía a medio camino, vibrando en el aire como si dudara. Guardé el recibo en el bolsillo interior. El borde me abrió la piel. Esta vez sí sangré. No mucho. Lo suficiente para manchar una fecha que no reconocí.

Camino por la misma acera porque es más fácil fingir que el mundo no cambia si uno insiste en repetirlo. Hoy faltaba una baldosa. Ayer no. Lo sé porque ayer tropecé en otro lugar. A cada diez metros hay un reloj incrustado en la pared. Todos detenidos. No en la misma hora. Eso sería demasiado simple. Uno marca las tres y diecisiete, otro una tarde que no recuerdo haber vivido, otro vibra sin avanzar, como un insecto atrapado bajo vidrio. Los saludo. No por costumbre. Por cálculo. Si dejo de hacerlo, algo se desordena, aunque no sé qué.

El recibo no menciona intereses. Menciona “ajustes”. Las fechas se acumulan como dientes sueltos. Algunas están firmadas, otras tachadas con una línea fina que parece hecha con una aguja. Mi nombre aparece varias veces, en variaciones que no domino. Hay una donde la “r” se alarga demasiado, como si la mano hubiese dudado en soltarla. No recuerdo haber dudado nunca. No aquí. Tal vez en otra parte. No importa.

En el parque, la banca está húmeda y el perro sigue allí, pero no es el mismo. La cicatriz ahora cruza el ojo derecho. No me sorprende. Me siento. La madera está más fría que ayer, o yo estoy más caliente. El perro me observa con un ojo opaco, como si mirara desde adentro de un vidrio empañado. Le muestro el recibo. Esta vez lo huele. Retrocede apenas. No ladra. Abre la boca sin sonido. Entiendo algo que no quiero entender: el crédito no me pertenece, yo le pertenezco a él. No lo digo. Las palabras fijan las cosas.

Recuerdo —no, corrijo— invento la primera vez que firmé. La lámpara era amarilla, sí, pero la luz no iluminaba el papel, lo absorbía. El vaso de agua tenía una película en la superficie. El ventilador hacía un ruido irregular, como si se detuviera entre una vuelta y otra. Firmé sin leer. Eso es cierto. Lo demás puede no serlo. Desde entonces, algo se desplaza. Ayer perdí una hora. Hoy encontré una, intacta, en medio de la tarde. No tenía contenido. Era una hora vacía, como una habitación sin muebles. Me senté dentro de ella y no pasó nada. Me levanté con frío en las manos.

En la esquina, el vendedor de relojes ha cambiado de sitio, o la esquina lo ha cambiado a él. Los relojes están alineados sobre un paño negro. Todos detenidos en horas distintas. Elijo uno. Marca tres y diecisiete. Siempre elijo ese. No sé por qué. Pago con una moneda que no reconozco. El metal está tibio, como el recibo. El vendedor me dice que no vuelva. Asiento. Sé que volveré. Nos entendemos en ese punto mínimo.

Hay días en que la ciudad se encoge. Las calles se pliegan, las puertas aparecen donde no estaban, las sombras llegan antes de los cuerpos. Hoy, la panadería donde compro café no existe. En su lugar hay una pared lisa que huele a pintura fresca. Sin embargo, tengo el sabor del café en la boca. Amargo, quemado. Trago saliva y siento granos. Algo no coincide. El recibo pesa más. Tira de mí hacia un lugar sin dirección. Camino más rápido. No sirve.

El perro me sigue de nuevo, pero ahora cojea. Sus uñas suenan desparejas sobre la acera. Se detiene frente a una puerta que no había visto nunca y que, sin embargo, reconozco. Madera oscura. Manija de bronce caliente. El perro no entra. Yo sí. No por decisión. Por continuidad.

Dentro, el pasillo es más corto de lo que debería. Las lámparas no iluminan el suelo, sino las paredes, donde los relojes están detenidos en la misma hora. Tres y diecisiete. El mío, en la mano, vibra. No late. Vibra como si quisiera desprenderse. Al fondo, el escritorio. El ventilador. El vaso. La lámpara que absorbe la luz. Hay alguien sentado, pero no le veo la cara. Veo su mano. Es mi mano. Está firmando.

No voy a firmar otra vez, digo. Mi voz no sale. O sale y no la oigo. Avanzo. El suelo está caliente, como si alguien hubiese caminado mucho antes que yo. El recibo se adelgaza dentro del bolsillo, se vuelve casi líquido. Lo saco. Es transparente. A través de él veo el parque, la banca, el perro con la cicatriz cambiada, la lluvia detenida. También veo una línea nueva que aparece sola. Una fecha de mañana. Ya está firmada.

No fui yo, pienso. Lo sostengo. Lo sostengo con fuerza, como si fuera un objeto. No fui yo. La mano en el escritorio se detiene. Levanta el sello. Lo presiona. El sonido es seco, definitivo. Siento un tirón en el pecho, como si me arrancaran algo pequeño pero necesario. No grito. No sé gritar aquí.

Salgo. Afuera, la lluvia asciende, lenta, como si regresara a un lugar que la reclama. Los relojes de la calle están detenidos. Tres y diecisiete. Siempre esa. El perro no está. O está en otro lado de la calle que no veo. El recibo ya no pesa. Lo doblo. El borde no corta. Lo acerco al oído. Hay un sonido leve, como un tic que no termina de formarse. Lo acerco a la lengua. Sabe a hierro y a fruta abierta.

Camino por la misma acera que no es la misma. Falta otra baldosa. Saludo. No por cálculo ahora. Por inercia. Nadie responde. Yo tampoco. En el bolsillo, el papel se mueve apenas, como si respirara. Pienso en la hora vacía que encontré. Pienso en la que perdí. No son equivalentes. Nunca lo fueron. Y sin embargo, el saldo figura en cero.