Fumando un pensamiento
Fumo un pensamiento porque no encontré otra forma de comprobar si existe. No lo nombro. Lo acerco al fuego y observo cómo duda antes de arder, como si tuviera memoria. La primera bocanada no aclara nada, solo introduce una presión en el pecho, una leve resistencia del cuerpo a convertirse en argumento. El humo no sube: se queda a la altura de la mesa, pegado a la taza agrietada, que es otra forma de decir que algo empieza a fallar donde parecía continuo.
El cuaderno registra fechas que no se dejan fijar, con una caligrafía que no reconozco como mía pero tampoco puedo atribuir a otro sin caer en una superstición barata. No hay otro. O hay demasiados. El pensamiento se consume y deja una ceniza fina que se adhiere a los dedos como si fuera un residuo de algo vivo. La acerco a la lengua. Sabe a metal y a una frase que no termino de recordar. No la escribo. Si la escribo, la vuelvo dócil.
No voy a decir qué significa fumar un pensamiento. Esa tentación es una trampa para los que necesitan domesticar lo que no soportan. Aquí no hay significado estable, hay fricción. Lo que se enciende produce otra cosa que no encaja con lo anterior y, sin embargo, insiste en ocupar su lugar. Intento ordenar: causa, efecto, consecuencia. El humo responde con una negativa sin palabras. Se espesa. La taza cruje, como si la grieta avanzara un milímetro hacia el borde. La miro demasiado y eso la altera.
Una voz que enumera lo que no hay y por eso pesa más: una silla que no se puede usar, un reloj que marca una hora que no ocurre, una ventana abierta a un paisaje sin horizonte, una mano que escribe sin tinta, un archivo de cosas que no llegaron a suceder pero dejaron marca, un inventario de errores que se repiten con ligeras variaciones, una lista que se acelera, se corrige, se contradice, insiste, se multiplica: que toda certeza es una forma elegante de no mirar, que la memoria falsifica mejor cuando cree ser fiel, que el cuerpo aprende a negar antes que a comprender, que el pensamiento no ilumina sino que parasita, que lo que llamas claridad es una luz que borra lo que no puede ordenar, que la combustión es el único método que no finge neutralidad, que alguien está siendo fumado ahora mismo y ese alguien no termina de coincidir con quien escribe, que no hay afuera de este proceso, que cada intento de salir es absorbido como material, que la lista no se cierra porque cerrar sería mentir.
Regreso a la mesa y la mesa no coincide. La taza ahora tiene dos grietas que se cruzan en un punto preciso, como si hubieran sido trazadas con intención. El encendedor falla. En esa falla hay una interrupción que no admite explicación. No enciendo nada. El pensamiento, sin embargo, sigue. No en el aire, en mí. O eso creo, y la frase “eso creo” se vuelve sospechosa de inmediato. La dejo caer.
Pruebo otra cosa: acerco la ceniza al borde de la grieta. La grieta la absorbe. No debería, pero lo hace. La superficie de la taza no es superficie. Es un registro. Comprendo demasiado rápido y esa rapidez me traiciona. Borro la comprensión. Escribo: “la grieta no es un signo, es un método”. Lo leo en voz alta. Suena a defensa. Tacho. La frase insiste, reaparece desplazada, más torpe: “la grieta trabaja”. Esa sí se queda. No explica. Actúa.
Vuelvo al cuaderno. Las fechas ahora se organizan en torno a la grieta como si obedecieran una gravedad mínima. El humo ya no está en el aire y sin embargo hay menos aire. Algo respira por mí o conmigo o en contra de mí. No decido cuál opción es más honesta. El pensamiento no se deja fumar, se instala como un hábito que aprende mis ritmos y los corrige. Ajusta la duración de las frases, altera el punto en que necesito respirar, me obliga a continuar cuando el cuerpo pediría detenerse.
Intento negarlo con una afirmación brillante y fracasa antes de escribirse. Las frases brillantes aquí son superficies pulidas donde nada se adhiere. Necesito fricción. Escribo peor, con menos control: que pensar es un acto de falsificación interna que mejora con la práctica, que cada idea que parece propia ha sido ya usada para justificar otra cosa, que el yo es una coartada que aprende a citarse, que el método consiste en quemar esas coartadas hasta que no quede más que un resto que no se deja nombrar sin volverse dócil, que ese resto no salva ni explica pero obliga a seguir, seguir aunque no haya avance, seguir como una forma de no entregarse del todo a la inercia, seguir incluso cuando seguir es indistinguible de repetir, seguir.
La taza se abre un poco más. No se rompe. Trabaja. El cuaderno pierde una página sin que la arranque. La busco y no está, pero la falta ocupa espacio. El encendedor enciende por fin sin que lo toque. No me acerco. Hay un momento que no digo porque decirlo lo vuelve útil y no lo es. Solo queda esa presión leve, constante, una combustión que no ilumina pero delimita, y una afirmación mínima que no consuela: si hay algo verdadero en todo esto, no está en lo que arde sino en la marca que deja cuando ya no hay humo, una marca que no se deja leer de una sola vez y que, sin embargo, insiste en organizar el aire como si el aire también pudiera equivocarse.