Fumando un pensamiento
Encendí el cigarrillo para detener una idea. No era una idea importante, ni siquiera clara. Era más bien un borde, algo que no terminaba de aparecer pero que insistía como si ya hubiera estado ahí antes. El humo la hizo visible, o eso creí. Después entendí que “visible” no era la palabra, pero ya era tarde para cambiarla sin que todo empezara a moverse.
Dije en voz baja que era solo un pensamiento. Lo dije dos veces. La segunda ya no significaba lo mismo. La frase seguía intacta, perfectamente utilizable, pero no contenía nada. Podía repetirla indefinidamente y no pasaba nada. Eso debería haber sido tranquilizador.
No lo fue.
El humo empezó a interrumpir la forma en que recordaba las cosas. No los recuerdos, eso sería demasiado limpio, sino la manera en que se sostenían. Como si alguien hubiera aflojado apenas los tornillos de algo que siempre asumí firme. Intenté fijar la idea en una frase más precisa, algo que pudiera escribir sin que se deshiciera, pero cada intento quedaba correcto y al mismo tiempo inútil. Correcto como un manual que no sirve para nada cuando lo necesitas.
Pensé que el problema era el cigarrillo. Siempre es cómodo culpar a lo que se consume. Lo apagué con una decisión un poco exagerada, como si realmente creyera que ahí estaba el origen. Durante unos segundos, todo se volvió más nítido. La idea también. Podía rodearla, incluso anticiparla. Dije: ya está. Y en ese mismo instante supe que no estaba.
No era el humo.
No era yo tampoco, o sí, pero no en el sentido que suelo usar cuando digo “yo”, esa palabra que ahora empieza a sonar como un objeto prestado.
Aquí debería ordenar lo que está pasando, pero no puedo, o no quiero, o no es eso. Hay algo que no encaja y no es un error aislado. Es como si la estructura misma tuviera una inclinación mínima, suficiente para que todo deslice sin caer del todo. Y lo peor es que funciona. Funciona así.
Voy a decir algo que no es cierto: el pensamiento se puede controlar si uno mantiene la distancia adecuada.
Lo digo y se sostiene.
Lo vuelvo a decir y ya no.
No es que sea falso, es que no sirve. Como esas herramientas que encajan perfecto pero no hacen ningún trabajo. La idea no necesita distancia. Se instala igual. No pide permiso, no negocia, no se adapta al lenguaje que intento imponerle. Empieza a usarlo.
No debería escribir esto.
Pero ya lo estoy escribiendo.
Hay un momento —no voy a explicarlo porque en cuanto lo haga deja de ser ese momento— en el que la idea deja de comportarse como idea. No se vuelve emoción, tampoco certeza. Es otra cosa, algo más torpe, más físico, como una presión que no se ubica en ninguna parte pero afecta todo lo demás. En ese punto, fumar o no fumar es irrelevante. El gesto queda vacío, una repetición sin función.
Y sin embargo, sigo sintiendo el cigarrillo entre los dedos.
No está ahí.
O sí está, pero no como objeto. No sé cómo decir esto sin que suene estúpido, así que lo voy a decir igual: algo del cigarrillo sigue ocurriendo aunque el cigarrillo no esté. No es memoria. No es hábito. Es peor porque no tiene nombre útil.
Podría decir que aprendí algo, pero eso sería una mentira ordenada. Podría decir que entendí, que procesé, que integré. Ninguna de esas palabras aguanta si la repito dos veces. Lo único que puedo afirmar —y esto tampoco confío en que se mantenga— es que no todo pensamiento necesita resolverse para volverse verdadero, y ni siquiera estoy seguro de querer que eso sea cierto.
Antes dije que no era el humo.
Ahora no estoy seguro.
Antes dije que no era yo.
Eso ya no tiene sentido.
No volví a encender otro cigarrillo. No por decisión. El gesto simplemente dejó de coincidir con algo reconocible. Como intentar usar una llave en una puerta que sigue ahí pero ya no corresponde a ninguna cerradura.
Algo se desajustó. Eso es evidente. Lo que no es evidente es si ese desajuste revela algo o solo lo produce. Y esa diferencia, que antes habría intentado aclarar, ahora parece innecesaria o imposible o —
No importa.
Hay cosas que dejan de importar no porque se resuelvan, sino porque pierden la forma en que podían importarte.
La idea, si todavía es una idea, sigue ahí. Pero “ahí” ya no significa lo mismo. Tampoco significa otra cosa. Y lo más incómodo es que podría desaparecer en cualquier momento sin corregir nada, sin devolver nada, sin cerrar nada.
Porque no era eso lo que estaba en juego.
Era la estructura.
Sigue en pie.
Eso es lo que no debería estar pasando.