Quema mi nombre
Quema mi nombre. No es una orden, es una torpeza que ya ocurrió y sigo intentando describirla como si hubiera sido intencional. No lo fue. Nadie decide del todo desaparecer, solo se cansa de repetir la misma respuesta cuando lo llaman. Yo dejé de responder. O eso creí. Porque hay un retraso entre lo que uno hace y lo que el cuerpo admite, y en ese retraso algo sigue funcionando como antes, como si no hubiera recibido la noticia.
Lo borré en una pantalla que parpadeaba con una paciencia irritante, como si supiera que yo iba a fallar en algún punto. Tecleé despacio, no por cuidado sino por desconfianza. Cada letra parecía más firme que yo. Cuando terminé, el espacio vacío no significó nada. Ninguna liberación, ninguna caída. Solo un hueco administrativo. Pensé: esto no puede ser todo. Y esa fue la primera sospecha de que ya había salido mal.
Antes creía que mi nombre pesaba. Que abría puertas o las cerraba con una precisión casi moral. Ahora veo que era más bien una costumbre ajena, una forma en que otros organizaban su recuerdo de mí. Una prótesis, sí, pero peor: una prótesis compartida. Lo incómodo es que, incluso sin ella, algo sigue alineándose cuando alguien pronuncia ese sonido. No debería, pero lo hace. Y no sé desde dónde.
La ciudad no ayuda. La ciudad nunca ayuda, pero esta insiste. Hay un bar en la esquina donde las pantallas están ligeramente desfasadas, siempre medio segundo tarde, como si vivieran en otro presente. Paso por ahí y me veo duplicado, retrasado, corrigiéndome a mí mismo sin lograr alcanzarme. En uno de esos reflejos, alguien mueve los labios con mi nombre. No coincide con el sonido. O tal vez sí y yo no quiero admitirlo. Sigo caminando. No giro. El cuello se tensa igual.
Un autor que no recuerdo, o que prefiero no recordar, escribió que la identidad es una obediencia diferida. Lo leí en un cuaderno ajeno, con anotaciones que no eran mías pero que entendí demasiado bien. No sé si esa frase existía antes de que yo la leyera o si la completé sin darme cuenta. Da igual. Funciona demasiado bien como para confiar en ella.
Respiro mal. No es ansiedad, es otra cosa, una expansión inútil, como si el aire no encontrara dónde quedarse. La avenida se abre, las luces, los anuncios, la gente que repite trayectorias con una fe que no cuestiona su destino, las manos que buscan algo en los bolsillos aunque ya saben que no está ahí, los nombres que se dicen sin mirar, los nombres que se olvidan justo antes de ser pronunciados, los nombres que pesan más cuando nadie los dice, los nombres que se quedan flotando en conversaciones ajenas como residuos, como errores de sistema, como si el lenguaje estuviera probando combinaciones al azar y a veces acertara, a veces no, y en medio de todo eso, una certeza que no quiero tener pero se instala igual: no es que repitamos lo que somos, es que algo en nosotros necesita esa repetición para no deshacerse del todo.
Quema mi nombre, dije, pero lo dije tarde. Ya estaba ocurriendo en cada conversación incompleta, en cada archivo que no abría, en cada recuerdo que cambiaba un detalle mínimo y con eso lo arruinaba todo. La memoria no guarda, negocia. Y negocia mal. Siempre cede donde no debería. A veces me devuelve escenas donde alguien me llama y yo respondo con un nombre que ya no reconozco del todo. A veces ni siquiera respondo, pero el cuerpo hace un gesto, una inclinación mínima, suficiente para que otro crea que acertó.
Hay algo peor. No es constante, pero cuando aparece, organiza todo. Alguien dice mi nombre sin intención. No me está llamando. Está hablando de otra cosa, de otra persona, y sin embargo el sonido es el mismo. Ahí no debería pasar nada. Y pasa. No giro, no respondo, no hago nada visible. Pero por dentro algo se alinea, como si hubiera estado esperando exactamente esa frecuencia. No sé qué es. No es alma, esa palabra ya no sirve. No es reflejo biológico, porque ocurre incluso cuando estoy preparado para evitarlo. Es otra cosa. Y no sé si estaba antes o si la fabriqué al intentar eliminar lo anterior.
Podría volver atrás. Recuperar el nombre, usarlo mejor, fingir que nunca intenté quemarlo. Sería fácil. Bastaría con empezar a responder otra vez, con convicción, con disciplina. La gente no pide pruebas, solo consistencia. Pero eso implicaría aceptar que el problema era la ejecución y no la estructura. Y no lo creo. O no quiero creerlo. Aunque, siendo honesto, ya no sé si esa diferencia importa.
Hay un punto que no voy a explicar. No porque no pueda, sino porque hacerlo lo volvería manejable. Tiene que ver con lo que ocurre cuando nadie está hablando y, aun así, algo en mí se prepara para responder. No hay sonido. No hay interlocutor. Solo esa disposición absurda, como si el mundo pudiera, en cualquier momento, exigir una identidad que ya no está disponible.
Sigo caminando. Paso otra vez por el bar de las pantallas retrasadas. Esta vez el reflejo no coincide en absoluto. Se detiene cuando yo sigo. Mueve los labios. No escucho nada, pero sé lo que dice. No es exactamente mi nombre. Es una versión levemente incorrecta, suficiente para que no pueda rechazarla del todo. Eso es lo peor: no hace falta que sea preciso.
Quema mi nombre. Ya no sé si es posible o si alguna vez lo fue. El fuego no alcanza donde esto se sostiene. Hay algo que no depende de la palabra y, sin embargo, se activa con ella. Algo que no desaparece cuando se borra el registro. Algo que, incluso ahora, mientras intento no responder, ya decidió por mí en otra parte que todavía no alcanzo. Y lo inquietante no es que siga ahí, sino que empiezo a sospechar que nunca estuvo en el nombre. Que lo usaba. Que me usaba. Y que no necesita permiso para volver a hacerlo.