Quema mi nombre
Quema mi nombre. Deposítalo sobre la mesa como una hostia húmeda, como un documento vencido encontrado dentro del bolsillo de un cadáver tibio, y acerca la llama lentamente, con esa solemnidad miserable con la que las personas todavía creen participar en algo trascendente mientras firman contratos digitales y aceptan términos de uso que jamás leerán. Mi nombre. Esa costra fonética adherida al cuerpo desde la infancia. Esa marca de ganado pronunciada por profesores agotados, amantes sudorosos, funcionarios con halitosis de café recalentado y madres que todavía creen que nombrar equivale a proteger. Qué superstición de mamíferos asustados.
El nombre parece íntimo porque crece pegado a la carne, pero basta repetirlo veinte veces frente al espejo para escuchar el mecanismo oxidado detrás del sonido. Yo lo he hecho. De madrugada. Con las encías secas, mirando mi reflejo enfermo bajo la luz del baño. Repetirlo hasta que deje de pertenecerme. Hasta que suene como detergente barato. Como medicamento para la ansiedad. Como contraseña temporal enviada automáticamente por un sistema que no duerme. Entonces aparece esa grieta. Breve. Sucia. El instante donde uno comprende que la identidad quizá nunca fue otra cosa que una etiqueta pegada sobre un recipiente lleno de residuos biológicos y trámites pendientes.
Después el celular vibra. Y obedeces.
Ahí está la verdadera liturgia.
No en el fuego. No en la rebelión teatral de quemar papeles mientras alguien fuma cigarrillos importados y cita frases sobre libertad aprendidas en podcasts para hombres fatigados. No. El ritual auténtico ocurre cuando el cuerpo responde automáticamente al sonido de su designación. Como un perro. Peor: como un perro orgulloso de reconocer su llamado. Toda la historia del pensamiento reducida a eso. Un animal doméstico levantando la cabeza cuando escucha ciertas sílabas.
Y aun así yo también reacciono. Corrijo a quienes pronuncian mal mi apellido. Siento una descarga obscena cuando mi nombre aparece en una pantalla luminosa. Reviso notificaciones como quien palpa una herida para comprobar que todavía duele. Qué máquina más humillante. Qué eficacia perfecta. El sistema ya no necesita cadenas cuando puede administrar pequeñas dosis de reconocimiento. Un poco de visibilidad. Un poco de atención. Migajas dopaminérgicas para primates exhaustos que desayunan frente a correos electrónicos mientras la cocina huele a grasa fría y cable caliente.
La ceremonia de incineración debería empezar ahí.
No con himnos. Con basura.
El nombre escrito sobre una factura vencida. Sobre una receta médica manchada de café. Sobre el reverso de una fotografía donde nadie recuerda ya el motivo de aquella sonrisa. Luego el fuego acercándose despacio, como un funcionario tímido. Primero los bordes negros. Después la curvatura de las letras. El papel crujiendo con una dignidad casi religiosa. Sacramento térmico. Canonización inversa. La identidad convertida en humo gris atrapado entre las cortinas de un apartamento mal ventilado.
Nadie responde.
Solo el sonido del plástico dilatándose en alguna tubería del edificio. Solo vecinos insomnes arrastrando muebles. Solo la respiración. Ese ruido húmedo.
Porque incluso antes de arder el nombre ya venía quemado. Carbonizado por registros biométricos, historiales clínicos, formularios migratorios, bases de datos capaces de calcular cuántas horas permaneces despierto después de una ruptura, cuánto tardas en volver a consumir pornografía, cuántas veces escribes “te extraño” antes de borrar el mensaje con dedos temblorosos y restos de piel alrededor de las uñas. El nombre era apenas la superficie visible de una administración más profunda. Una ceniza organizada.
Y sin embargo desaparecer tampoco sirve. Ahí está la broma.
El banco necesita identificarte. El amante necesita pronunciar algo durante el orgasmo. Los aeropuertos exigen coincidencia entre rostro y documento. Incluso el odio necesita una dirección nominal donde descargar saliva y amenazas. No existe anonimato; apenas zonas mal iluminadas dentro del matadero.
Lo peor es que uno termina agradeciendo esa vigilancia. Yo también. Ahí me tienes, introduciendo contraseñas, aceptando cookies, inclinando el rostro frente a cámaras de reconocimiento mientras compro café mediocre y finjo autonomía espiritual. Ni siquiera el impulso de borrarse escapa del catálogo de conductas previstas. La fuga ya fue archivada antes de ser imaginada.
El humo sube. Nada cambia.
Horas después, entre las cenizas, todavía puede leerse una parte del nombre. Apenas unas letras torcidas. Negras. Persistentes.
Y antes de dormir vuelvo a escribirlas.