Crónica de un silencio que empezó antes de nosotros
Nadie recuerda cuándo empezó el silencio, pero esa frase ya suena falsa en la boca, como si hubiera sido practicada. Decimos que vino después, que algo lo trajo, que hay una causa que podríamos aislar si tuviéramos paciencia. Yo mismo lo dije. Lo sigo diciendo a veces, por costumbre, como quien repite una versión aceptable de algo que no encaja. Porque si no vino después, entonces no hay error que corregir, y eso deja menos margen para fingir que todavía estamos a tiempo.
Antes hablábamos más. Eso también es sospechoso. Tal vez no hablábamos más, sino que el ruido era suficiente para cubrir la misma falla. Frases completas, bien formadas, respuestas en su sitio, la sensación de que algo pasaba de un lado al otro. Ahora no. Ahora algo se queda. No sé dónde. No es que falten palabras. Es que llegan y no producen lo que prometen. A veces ni siquiera llegan. A veces llegan antes de que alguien las diga.
Empecé a notarlo sin querer fijarlo. Una frase que se interrumpe donde no debería, una risa que aparece sin motivo claro, una pregunta que recibe una respuesta que parece correcta pero no toca nada. Pensé en distracciones, en cansancio, en el tipo de explicaciones que sirven para no mover demasiado las cosas. Me funcionaron durante un tiempo. Lo suficiente para creer que había entendido el problema, que bastaba con ajustar la atención, afinar el lenguaje, hablar mejor. Hablar mejor. Lo dije en voz alta y sonó como una instrucción inútil.
Alguien escribió que el lenguaje une. No recuerdo quién, o lo invento ahora para que la frase tenga un origen. La repetimos como si fuera evidente. Pero si uno se queda quieto un segundo, apenas un segundo más de lo necesario, aparece otra cosa: las palabras no cruzan, rebotan. Vuelven con una forma apenas alterada. Eso no debería pasar así, o tal vez siempre pasó. Digo “siempre” y ya estoy acomodando el tiempo para que tenga sentido.
Probé con la claridad. Demasiada claridad. Quitar ambigüedades, nombrar sin rodeos, decir lo que supuestamente estaba siendo dicho. Funcionó durante un instante breve, como cuando una luz parpadea y parece que vuelve. Todo se entendía. Demasiado. Y sin embargo nada cambiaba. Ningún gesto, ninguna respuesta, ningún movimiento mínimo que indicara que algo había pasado de un lado al otro. Era una transparencia inútil, una superficie limpia donde no se fija nada.
Entonces empecé a repetir. No exactamente las mismas frases, pero sí la misma idea con variaciones cada vez más precisas, como si en alguna de esas repeticiones apareciera el punto exacto donde el sentido se sostiene. No apareció. Lo que apareció fue otra cosa: una especie de saturación donde cada nueva frase no sumaba sino que desplazaba a la anterior, como si no pudieran coexistir, como si el lenguaje no estuviera hecho para acumular sino para reemplazar. Y sin embargo seguí, encadenando, ajustando, corrigiendo sobre la marcha, porque detenerme habría sido admitir que no había nada que ajustar.
Tal vez nunca nos escuchamos. No en el sentido de la distracción o la falta de interés, sino en algo más básico, más incómodo de decir sin que suene exagerado. Como si cada uno habitara un margen distinto del mismo lugar. Digo “mismo” y no estoy seguro. Las palabras coinciden, las situaciones parecen compartidas, pero hay un desplazamiento mínimo que no se deja medir. Lo suficiente para que todo encaje y, al mismo tiempo, falle.
No recuerdo cuándo empecé a dudar de eso. Hay momentos que parecen confirmar la hipótesis y otros que la deshacen con la misma facilidad. Recuerdo una conversación —o creo recordarla— en la que todo fluyó con una precisión casi violenta. Cada frase encontraba su respuesta, cada gesto correspondía a otro, una sincronía perfecta. Duró poco. O duró demasiado y eso es lo que la vuelve sospechosa. Cuando terminó, si es que terminó, no dejó rastro. Ninguna consecuencia. Como si no hubiera ocurrido o como si hubiera ocurrido en otro lugar al que no tengo acceso ahora.
Hay algo en el cuerpo cuando pasa esto. No es una idea. Es un ajuste mínimo en la respiración, una pausa que no coincide con la puntuación, una tensión en la mandíbula que aparece antes de ciertas palabras y no después. Intenté ignorarlo. No encajaba en lo que estaba pensando. No servía para explicar nada. Pero sigue ahí, incluso ahora, mientras escribo esto que no sé si estoy escribiendo o recordando o corrigiendo sobre la marcha para que parezca que sigue una línea.
El silencio no es la falta de sonido. Eso es una definición cómoda. Tampoco es la falta de sentido, aunque a veces lo parezca. Se parece más a un exceso que no se deja organizar, una acumulación simultánea que vuelve inútil cualquier intento de fijar una cosa sin borrar otra. Digo esto y suena como una idea cerrada. No lo es. Debería haber una forma de decirlo sin que se convierta en eso, pero cada vez que lo intento termina igual, como si el lenguaje tuviera una tendencia a estabilizar incluso lo que no quiere ser estabilizado.
Ya no espero que una frase me lleve a alguien. La escucho y trato de notar qué deja intacto. Hay siempre una zona que no se toca. Antes pensaba que era falta de tiempo, de atención, de cuidado. Ahora no sé qué pensaba antes. Esa zona está ahí incluso cuando todo parece funcionar. Es más evidente cuando todo parece funcionar. Nadie la menciona. No porque no la vean, o eso quiero creer, sino porque mencionarla la volvería otra cosa, algo manejable, y perdería precisamente lo que la hace imposible de manejar.
A veces, en medio de una conversación que podría describirse como normal, hay un desajuste mínimo. Un retraso imperceptible, una palabra que llega con una precisión excesiva, una coincidencia que no debería ser tan exacta. Todo se detiene apenas. Nadie lo dice. Seguimos. Ajustamos el ritmo, recuperamos la continuidad, hacemos lo que se supone que hay que hacer para que la escena no se rompa. Pero algo no vuelve a su lugar. No sé si alguna vez estuvo en su lugar.
Es tentador pensar que esto empezó antes, que venía dado, que nosotros solo lo hicimos visible. Esa idea ordena, alivia un poco. También es posible que sea otra forma de evitar algo más directo, algo que no estoy diciendo aquí y que, sin embargo, sostiene todo esto desde un lugar que no alcanzo a fijar sin que cambie. Si lo nombro, deja de ser lo que es. Si no lo nombro, sigue operando. Así que escribo alrededor, ajusto, borro, vuelvo a escribir, como si en algún punto la forma misma de decirlo fuera a tocar eso sin convertirlo en otra cosa.
No ocurre. Ocurre y no puedo reconocerlo. Y mientras tanto seguimos hablando, como si lo que falta fuera tiempo, como si todavía no hubiera pasado lo que ya está pasando, como si el futuro fuera el lugar donde esto finalmente se va a dejar decir.