Crónica de un silencio que empezó antes de nosotros
Podría decir que fui yo quien lo notó primero. No lo sé. Me gusta pensarlo porque da la ilusión de haber tenido algún tipo de lucidez, como si detectar la grieta fuera una forma de superioridad. Pero también podría ser al revés: tal vez fui el último en entenderlo y ahora escribo desde ese retraso, intentando corregirlo con frases que llegan tarde. Esto también podría ser falso. No hay manera de fijar quién empezó a ver qué, porque incluso esa idea de “empezar” ya suena sospechosa, como si necesitáramos un origen para no admitir que todo estaba torcido desde el inicio.
Seguíamos hablando. Eso es importante. No hubo una caída abrupta, ningún gesto dramático que pudiera registrarse como el momento en que algo se rompe. Al contrario, hablábamos mejor. Más claros, más precisos, más conscientes de lo que decíamos. Las palabras encajaban con una facilidad casi ofensiva. Y por eso mismo empezaron a parecer inútiles. No inútiles porque no dijeran nada, sino porque lo decían demasiado bien, como si hubieran sido diseñadas para evitar exactamente aquello que fingían nombrar.
Dije alguna vez —no recuerdo cuándo, o tal vez lo estoy inventando ahora— que hablar era una forma de posponer el derrumbe. Lo sostuve con convicción. Incluso me gustó la frase. Ahora no sé qué significa. O peor: sé exactamente qué significa y por eso ya no sirve. El lenguaje tiene esa capacidad desagradable de volverse transparente justo cuando uno más lo necesita opaco.
Hubo pequeños silencios. No esos que incomodan de inmediato, sino los otros, los que se integran sin resistencia. Un segundo de más antes de responder. Una pregunta que no se formula. Una corrección que no llega. Nada decisivo. Nada que pudiera señalarse sin parecer exagerado. Y sin embargo, acumulados, esos silencios empezaron a ocupar más espacio que cualquier conversación. No reemplazaban las palabras. Las desplazaban.
Aquí debería decir qué fue lo que no dijimos. No lo voy a hacer. No puedo. No es una decisión estética, es más bien una especie de imposibilidad física del texto. Hay algo ahí —no es una escena clara, es más bien un borde, una situación que casi toma forma— que se deshace en cuanto intento fijarlo. Recuerdo una mesa, eso sí. No muy grande. Dos vasos. Uno estaba vacío antes de que alguien lo tocara. Esto no tiene sentido. Lo dejo.
Hubo una noche. O algo que insiste en llamarse noche, aunque podría ser otra cosa. Estábamos frente a frente, hablando de algo irrelevante —eso sí es cierto, o al menos consistente— y en medio de esa trivialidad entendí que cualquier frase que dijera iba a sonar como una repetición o como una estrategia. No había tercera opción. Podía hablar y confirmar que todo seguía funcionando en la superficie, o callar y aceptar que ya no había superficie. Elegí callar. No por exactitud. No fue preciso. Fue más bien un gesto torpe, casi impulsivo, como cuando uno retira la mano demasiado tarde de algo caliente y finge que no pasó nada.
Después de eso, todo siguió. Esa es la parte más difícil de sostener sin que suene falsa. El silencio no detuvo nada. No produjo una escena cargada de significado. Nadie se levantó, nadie rompió nada, nadie dijo “esto se acabó”. Seguimos ahí, incluso más fluidos, como si al quitar el peso del lenguaje hubiéramos encontrado una forma más eficiente de estar. Eso suena bien. No lo era. Era peor. Porque esa fluidez ya no necesitaba sostener ninguna verdad.
Intenté volver a las palabras. Varias veces. No como antes, sino con una especie de urgencia técnica, como si hubiera una combinación correcta capaz de reorganizar todo. Probé frases que, leídas ahora, son impecables. Coherentes, incluso conmovedoras. Funcionaban demasiado bien. Y por eso eran inaceptables. Decían exactamente lo que podían decir, y nada más. El problema —lo digo así, aunque no estoy seguro de que “problema” alcance— quedaba intacto, como si las palabras lo respetaran demasiado.
En algún punto pensé que el silencio era lo único que no habíamos traicionado. Lo pensé de verdad. Me pareció una conclusión sólida, incluso digna. Ahora suena ridícula. El silencio también puede usarse. También puede volverse una forma de control, de espera, de cálculo. No es más honesto. Es más difícil de detectar. Eso es todo.
No sé en qué momento la voz —esta voz— empezó a perder consistencia. Tal vez ya la perdió y esto es solo una prolongación. Digo que el silencio es consecuencia del lenguaje, pero sigo escribiendo como si pudiera demostrarlo. Digo que no hay centro, pero organizo todo alrededor de esa idea. No hay forma de salir de esta contradicción sin convertirla en otra frase que funcione demasiado bien.
Vuelvo a la imagen de la mesa. No porque explique algo, sino porque insiste. Dos personas, una frente a la otra. La distancia exacta para tocarse si alguien se inclinara un poco. Nadie lo hace. No hay tensión visible. Eso es lo inquietante. No pasa nada. O pasa exactamente eso: nada, sostenido con una precisión insoportable. Si uno de los dos hablara, algo se rompería. Si ninguno habla, también. Esa lógica no se resuelve. No hay elección correcta. Nunca la hubo.
Esto empezó antes. Eso dije al principio. Ahora no estoy seguro. Podría haber empezado en ese momento, en esa mesa, en ese gesto que no ocurrió. O podría estar empezando ahora, mientras escribo, en cada frase que intenta fijar algo que ya se está moviendo. El silencio no viene después de las palabras. Las atraviesa. Las usa. Las deja intactas por fuera y vacías por dentro.
Sigo escribiendo. Eso debería significar algo. No significa nada claro. O significa exactamente esto: que incluso ahora, incluso aquí, el silencio ya está funcionando, y que todo lo que digo no es más que su forma más cómoda de continuar.