Crónica de un silencio que empezó antes de nosotros
El silencio no apareció después. Ya estaba instalado aquí cuando todavía confundíamos el ruido con una forma primitiva de protección, cuando las casas eran apenas cajas húmedas llenas de respiraciones ajenas y tuberías enfermas, cuando alguien descubrió que encender algo, cualquier cosa, una radio, un ventilador, un televisor mostrando concursos estúpidos a las tres de la mañana, ayudaba a soportar la sensación insoportable de estar encerrados con objetos inmóviles. Porque eso es lo primero que nadie dice: los objetos esperan. La silla espera. El vaso espera. Incluso los enchufes tienen una paciencia desagradable, una quietud demasiado parecida a la vigilancia.
Yo duermo con videos reproduciéndose toda la noche. Documentales mediocres, entrevistas inútiles, hombres opinando sobre celulares que serán basura en ocho meses. La voz automática continúa hablando mientras babeo sobre la almohada como un animal sedado. A veces despierto a las cuatro y la pantalla sigue encendida, iluminando la ropa tirada en el suelo con esa luz azul de morgue portátil. Entonces ocurre. La casa empieza a despegarse de sí misma. La cocina deja de parecer cocina. El refrigerador respira detrás de la pared. No metafóricamente. Respira. Un ciclo asmático, eléctrico, húmedo. Las cañerías crujen como huesos acomodándose bajo la piel de alguien dormido. Y yo permanezco quieto mirando el techo, esperando que el siguiente sonido confirme algo o lo destruya definitivamente.
Después uno aprende a llenar el cuarto. Eso llaman madurar. Comprar dispositivos. Suscribirse a plataformas. Mantener ruido de fondo. Hay personas incapaces de bañarse sin podcasts porque el eco del agua les recuerda demasiado claramente que poseen un cuerpo; un cuerpo verdadero, quiero decir, no esa versión higiénica que exhibimos envuelta en desodorante, cafeína y frases funcionales. Debajo de la ropa el organismo sigue triturando materia con una disciplina obscena. Intestinos. Flema. Uñas creciendo en silencio. Dientes apretados durante el sueño hasta producir ese polvo blanco mínimo sobre la lengua al despertar. La maquinaria continúa trabajando aunque nadie crea realmente en ella.
En las oficinas ocurre algo parecido. Cientos de personas sentadas bajo luces frías pulsando teclas durante horas, corrigiendo documentos que nadie leerá completos, enviando archivos destinados a pudrirse en servidores subterráneos donde enormes ventiladores industriales expulsan aire caliente como pulmones agotados. A veces observo sus caras en el transporte público: la expresión inmóvil de quienes ya entregaron demasiadas horas de atención a superficies luminosas. Ojos secos. Pulgares activos. Cuellos inclinados con una obediencia casi litúrgica. Y sin embargo basta un apagón para que todo el edificio revele la fragilidad de la ceremonia.
Lo vi una vez.
Las pantallas murieron al mismo tiempo.
Nadie habló.
Ni siquiera inmediatamente.
Eso fue lo interesante. Durante unos segundos todos permanecimos inmóviles escuchando el zumbido ausente de las máquinas, como si el verdadero accidente no hubiera sido la falta de electricidad sino descubrir cuánto dependíamos de esa vibración constante para seguir fingiendo continuidad. Una mujer comenzó a reírse sola cerca del ascensor. Risa corta. Nerviosa. Después sacó el celular apagado del bolsillo tres veces seguidas. Como un reflejo muscular. Como un insecto golpeándose contra una lámpara rota.
Yo hice exactamente lo mismo.
Escribo esto y al mismo tiempo mantengo otras ventanas abiertas. Música. Mensajes. Noticias desplazándose debajo de artículos que nadie termina. Incluso ahora necesito interrupciones. El cursor parpadeando ya no basta. Escribir tampoco basta. Quizá nunca bastó. Tal vez todas las frases fueron únicamente eso: personas llenando habitaciones para no escuchar el pequeño ruido húmedo del mundo cuando se queda solo consigo mismo.
Hace unos días olvidé cargar el celular durante la noche. Desperté sin alarma. Sin voces. Sin notificaciones vibrando sobre la madera. La casa entera parecía suspendida dentro de una sustancia espesa. Caminé descalzo hasta la cocina. El piso estaba frío. El refrigerador seguía respirando detrás de mí.
No quise abrir la puerta.