La modernidad promete brillo, mientras fabrica dependencia


La modernidad promete brillo, mientras fabrica dependencia. Durante años pensé que esa frase significaba algo preciso, pero últimamente sospecho que solo era otra forma de tranquilizarme. Hay ideas que funcionan como analgésicos morales. Uno las repite para no admitir que participa exactamente de aquello que describe. Yo también participo. Despierto y busco el celular antes de abrir completamente los ojos, como si necesitara confirmar que todavía existo dentro de alguna circulación reconocible. Después aparecen las noticias, los mensajes, las pequeñas alarmas, y el cuerpo empieza a moverse solo. A veces ni siquiera recuerdo haber tomado decisiones. Solo noto que ya estoy vestido, caminando, comprando café demasiado caro bajo una música diseñada para no interrumpir ningún pensamiento.

Mi padre reparaba radios viejos en la cocina. Decía que los aparatos nuevos no estaban hechos para durar sino para impedir que alguien intentara entenderlos. Lo decía mientras acomodaba tornillos mínimos sobre el mantel donde también almorzábamos. Una vez levantó la cabeza y me preguntó si yo escuchaba ese zumbido. Le dije que no. Él tampoco parecía completamente seguro de haberlo escuchado. Después seguimos comiendo en silencio. Todavía puedo recordar el sonido de los cubiertos, pero no estoy seguro de que esa escena haya ocurrido exactamente así. Últimamente los recuerdos empiezan demasiado claros y terminan deformándose solos, como si alguien corrigiera detalles mientras los pienso.

Las ciudades comenzaron a parecerse a clínicas privadas. Vidrio limpio, plantas idénticas, rostros cansados intentando parecer disponibles. Uno puede pasar días enteros sin tocar nada verdaderamente vivo. Lo extraño es que el cuerpo termina acostumbrándose. Hay dependencias que entran por agotamiento. Uno acepta cosas para ahorrar tiempo. Después para ahorrar energía. Después para no tener que interpretar demasiado la realidad. La comodidad produce una obediencia blanda, casi afectuosa. A veces creo que la gente ya no quiere libertad sino instrucciones menos humillantes.

Aunque tampoco confío demasiado en esa clase de frases. Suenan convincentes demasiado rápido. El mundo está lleno de personas diciendo cosas devastadoras con excelente iluminación.

Hace unos meses empecé a notar pequeñas alteraciones difíciles de explicar. Nada importante. Un retraso mínimo entre ciertos movimientos y su comprensión. Personas sonriendo antes de escuchar completamente una pregunta. Pantallas publicitarias que parecían observarme con un interés administrativo. Una madrugada vi mi rostro reflejado en la ventana del bus y tuve la impresión desagradable de que alguien había mejorado ciertos rasgos sin avisarme. No era vanidad. Era otra cosa. Como si la ciudad necesitara versiones más utilizables de nosotros.

Me bajé dos cuadras antes y caminé durante horas. Entré en una farmacia abierta toda la noche y compré vitaminas para la memoria. No necesitaba vitaminas. Necesitaba alguna superstición portátil. La mujer que atendía parecía agotada. Mientras cobraba, levantó los ojos hacia mí con expresión casi compasiva, aunque tal vez solo estuviera cansada. Ahora todo el mundo parece cansado de maneras distintas. Hay cansancios agresivos, cansancios administrativos, cansancios que aprenden a sonreír para conservar empleo. El capitalismo terminó refinando incluso las formas del agotamiento. Qué obra maestra de la degradación funcional.

Durante semanas pensé que algunas personas evitaban mirarme en la calle. No por miedo. Más bien como cuando uno evita reconocer a alguien visto en un sueño incómodo. Después dejé de notarlo. Trabajé normalmente. Respondí correos. Reí en momentos apropiados. Por unas horas la ciudad volvió a parecer completamente estable. Eso me inquietó más que cualquier anomalía.

Una noche vi a un hombre llorando frente a una vitrina apagada. No hacía escándalo. Lloraba con disciplina, casi discretamente, mientras observaba su reflejo sobre el vidrio negro. Quise preguntarle si estaba bien, pero seguí caminando porque tuve la impresión absurda de que interrumpirlo sería romper alguna norma que yo desconocía. La calle continuó moviéndose alrededor de él sin modificar velocidad. Dos adolescentes pasaron riéndose. Un repartidor miró el celular mientras cruzaba en rojo. Nadie parecía notar nada extraño. Tal vez no había nada extraño.

Después comenzaron ciertos fallos más difíciles de ignorar. Anuncios que repetían frases escuchadas horas antes en conversaciones privadas. Personas usando exactamente las mismas expresiones en lugares distintos. Una tarde juraría haber oído mi nombre pronunciado por una máquina de autoservicio. No ocurrió nada después. Ninguna revelación. Ningún colapso. Solo esa sensación desagradable de que algo empezaba a reconocerme demasiado bien.

Desde entonces me cuesta dormir sin ruido de fondo. El silencio ya no descansa. Espera. A veces dejo música reproduciéndose toda la noche para impedir que aparezca cierta claridad. O cierta falta de claridad. No sé bien cuál de las dos me asusta más.

Incluso ahora siento que algunas frases comienzan a ordenarse demasiado. Eso suele pasar cuando el lenguaje descubre qué debe decir para parecer profundo. Y quizá la dependencia más perfecta consista justamente en eso: aprender a hablar con una voz que ya estaba preparada antes de que abriéramos la boca.

Entradas populares