Cómo se mira antes de que el mundo duela
Nadie recuerda el primer día del mundo porque el primer día todavía no existía el recuerdo. Sólo había ojos. O algo parecido a unos ojos. Una manera animal de dejar que la luz atravesara la sangre sin pedir explicaciones. Después llegaron los nombres con su burocracia de cementerio. Le pusimos etiquetas al agua, escrituras a la tierra, precio al pan, apellido al miedo. Desde entonces confundimos conocer con clasificar. La realidad siguió respirando por su cuenta, pero nosotros comenzamos a respirar dentro de un diccionario. Qué invento tan miserable: fabricar palabras para no tener que mirar.
La ciudad terminó el trabajo. No hace falta odiarla. Basta caminarla despacio. Las motos escupen humo como si estuvieran quemando la infancia de alguien. Los cables eléctricos cuelgan sobre las calles con la tristeza de raíces que olvidaron el camino hacia la tierra. Un vendedor acomoda mangos bajo un sol que parece cobrar impuestos por cada minuto de existencia. Una bolsa negra se rompe contra el andén y las moscas celebran una fiesta que ningún ministro inaugurará jamás. Allí está la filosofía. No en los libros. En esa cáscara de naranja aplastada por cien zapatos distintos. En el perro flaco que duerme frente a un banco mientras adentro el dinero sueña con multiplicarse. El universo tiene un sentido del humor bastante discutible.
Nos enseñaron que crecer consistía en acostumbrarse. Mentira. Crecer fue aprender a dejar de ver. El adulto entra a una habitación y sólo reconoce muebles útiles. El niño descubre un continente debajo de una mesa. El adulto observa un reloj. El niño escucha un animal encerrado dentro del tiempo. Después alguien llama madurez a esa amputación y todos aplauden con una seriedad conmovedora. Las civilizaciones adoran poner medallas sobre las heridas que ellas mismas provocan.
El cuerpo nunca aceptó del todo ese trato. Mientras la cabeza organiza discursos, la piel sigue escribiendo otra biografía. Hay vergüenzas que huelen a hospital. Hay deseos que saben a moneda oxidada. Hay manos que tiemblan antes de estrechar otra mano porque recuerdan un abandono que la memoria ya archivó entre papeles inútiles. Dormimos creyendo descansar y el sueño abre una puerta que la razón clausuró con demasiada prisa. Regresan los muertos. No para asustarnos. Regresan porque son los únicos que todavía saben dónde dejamos aquello que perdimos antes de aprender a hablar. Despertamos sudando y llamamos pesadilla a esa visita. Nos tranquiliza insultar lo que no entendemos.
Después inventamos máquinas para escapar de nosotros mismos. Pantallas en cada bolsillo. Voces sin respiración. Caricias fabricadas con electricidad. Nunca habíamos tocado tantas superficies con dedos tan huérfanos. Nunca habíamos tenido tantas conversaciones incapaces de recordar el olor del otro. La tecnología promete acercarnos mientras perfecciona el antiguo arte de mirarnos sin encontrarnos. Es una religión eficiente: no exige fe, sólo batería.
También el dinero aprendió a escribir poemas. Poemas muy breves. Se llaman facturas. Nos convenció de que la libertad podía comprarse en cuotas y terminamos hipotecando hasta el insomnio. Decoramos nuestras jaulas con plantas, fotografías y conexión inalámbrica. Luego invitamos a los vecinos para mostrarles qué hermosa había quedado la prisión. Este lugar posee una virtud admirable: logra que el esclavo agradezca la calidad del candado. Y todavía hay quien llama optimismo a esa ceremonia.
A veces pienso que Dios no abandonó el mundo. Simplemente dejó de reconocerlo. Entró una mañana a la ciudad, vio una fila interminable frente a un centro comercial y comprendió que ya no hacía falta condenar a nadie. Habíamos perfeccionado el trabajo. Sin embargo, incluso aquí, entre el humo, las pantallas rotas, los buses repletos y los anuncios luminosos prometiendo felicidad con descuento, algo se resiste a morir. Una anciana acaricia una planta como si conversara con una estrella. Un niño guarda una piedra en el bolsillo con la solemnidad de quien protege un secreto cósmico. Un mendigo comparte el último pedazo de pan con un perro. La belleza aparece precisamente donde el cálculo fracasa. Nunca pide permiso. Irrumpe.
Entonces me pregunto. Cómo se mira antes de que el mundo duela. Quizá no exista un antes. Quizá el dolor fue el primer órgano de la mirada. Tal vez abrimos los ojos porque algo nos hirió en la oscuridad y seguimos llamando nacimiento a esa antigua cicatriz. Pero todavía ocurre, muy de vez en cuando, que el mundo se distrae de sí mismo. Una hoja cae sin saber que cae. El viento olvida obedecer a los pronósticos. Un desconocido sonríe sin esperar recompensa. En ese instante se agrieta el inmenso edificio de las costumbres y asoma una luz que no viene del cielo ni de la esperanza. Viene de algo mucho más extraño: de una realidad que, por un segundo, deja de necesitarnos para existir. Nosotros seguimos allí, inmóviles, con los bolsillos llenos de nombres y las manos vacías, intentando recordar quién era el que miraba antes de aprender a tener razón.