La gravedad también organiza el pensamiento


La gravedad nunca aceptó ser una simple fuerza. Ese cuento lo inventaron los seres humanos para no admitir que vivían bajo una divinidad sin rostro. La gravedad es una administradora paciente. Lleva siglos clasificando cuerpos, recuerdos, blasfemias y ruinas. Archiva las rodillas antes de que aprendan a doblarse, inclina las cabezas mucho antes de que aparezca la obediencia y pule las espaldas hasta darles la curvatura exacta del arrepentimiento. No necesita policías. Los fabrica. No necesita templos. Construye columnas vertebrales. Después deja que cada cual crea, con la soberbia de los domesticados, que camina por voluntad propia.

La descubrí una madrugada en una estación de bus donde el aire olía a hierro húmedo, aceite envejecido y cables recalentados. Las baldosas sudaban un frío que ascendía por los tobillos como una fiebre al revés. Los fluorescentes no iluminaban: rumiaban una leche eléctrica que volvía amarillas las caras. Un periódico giraba sobre el andén con la obstinación de un insecto herido. Una anciana permanecía inmóvil frente a las vías, tan inmóvil que parecía llevar allí varias décadas esperando el mismo bus. Pensé que el verdadero transporte público era el peso. Todos viajábamos en él desde el nacimiento.

Entonces el altavoz anunció un destino inexistente. Nadie levantó la vista. Los pasajeros aceptaron aquella mentira con la tranquilidad de quienes llevan años ensayando la sumisión. Sentí deseos de reír. De arrancar los mapas de la pared y reemplazarlos por dibujos de vísceras. De bautizar los torniquetes con nombres de profetas alcohólicos. De escribir sobre los anuncios publicitarios que la única dirección verdaderamente obligatoria era hacia abajo. Comprendí que la estación era una catedral impecable donde los santos eran cámaras de vigilancia, los confesionarios tragaban tarjetas recargables y los milagros consistían en llegar cinco minutos antes de morir de costumbre.

El bus pasó sin detenerse. La ráfaga levantó el periódico. Durante un instante no cayó. Vaciló como si hubiera olvidado el idioma del suelo. El aire entero contuvo la respiración. Después no fue el periódico el que cambió. Fue el andén. Lo sentí hundirse unos milímetros. Las columnas respiraron. Los relojes comenzaron a atrasarse y adelantarse al mismo tiempo. Un niño dejó de proyectar sombra. Una mujer hablaba por celular con alguien que todavía no nacía. La pantalla informativa sustituyó los horarios por radiografías de pulmones donde las costillas aparecían numeradas como puertas de embarque. Una voz metálica repitió: actualización completada. Mi lengua supo inmediatamente el sabor del óxido.

La gravedad había empezado a corregir el lenguaje. Inspirar. Validar. Exhalar. Confirmar. Inspirar. Clasificar. Exhalar. Archivar. Las palabras adquirían peso antes de llegar a la boca. Perdón pesaba más que sangre. Futuro tenía la densidad de un bloque de concreto. Libertad descendía tan deprisa que se estrellaba contra los dientes antes de ser pronunciada. Mis vértebras emitían pequeños chasquidos administrativos. Los tendones recibían notificaciones. Los huesos archivaban movimientos pendientes. Diagnóstico aceptado. Memoria comprimida. Error corregido. Error corregido. Error corregido. Había un médico escondido dentro de la sintaxis y un funcionario viviendo entre mis costillas.

Quise correr. Descubrí que las piernas obedecían primero al piso y sólo después a mi voluntad. Quise gritar. La voz cayó antes de abandonar la garganta. Quise levantar una mano y sentí que sostenía encima un edificio entero, con sus ascensores, oficinas, escritorios, escritorios dentro de otros escritorios, sellos de tinta, formularios impecables, sonrisas plastificadas, santos de yeso, archivadores con olor a formol, computadoras que soñaban con electroencefalogramas, palomas alimentándose de recibos bancarios, perros callejeros ladrando a antenas parabólicas, enfermeras cosiendo nubes a las radiografías, barrenderos empujando montañas invisibles de tiempo triturado. La gravedad no aplastaba los cuerpos. Les enseñaba a pensar hacia abajo.

Entonces comprendí que incluso mi desobediencia estaba prevista. La carcajada con la que había querido ofender al mundo ya figuraba en algún expediente mineral escrito millones de años antes de que existiera el primer idioma. Esa revelación no me volvió dócil. Me volvió obsceno. Me acosté sobre las baldosas. Besé el mármol helado como quien besa la frente de un dios moribundo. Escupí hacia el techo esperando que la saliva traicionara al universo.

La saliva permaneció suspendida.

Los pasajeros siguieron caminando con absoluta normalidad.

El suelo fue el primero en empezar a caer.




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