La gravedad atraviesa el pensamiento


La gravedad atraviesa el pensamiento mucho antes de alcanzar los huesos. Lo hace al amanecer, cuando el primer párpado cae sobre el ojo todavía caliente y el cuerpo tarda unos segundos en recordar su propio peso. Lo hace en las escaleras húmedas que descienden desde las laderas, en el café que se enfría sobre las mesas de aluminio, en las monedas que escapan de los bolsillos rotos y ruedan hasta desaparecer bajo los autobuses. Nadie habla de eso porque la ciudad ha perfeccionado el arte de ocultar sus leyes detrás del ruido. A las seis de la tarde los transformadores comienzan a zumbar con una intensidad apenas perceptible y las avenidas adquieren el color de los órganos examinados bajo una lámpara quirúrgica. Entonces uno comprende que pensar no es elevarse sino descender lentamente hacia algo que ya estaba esperándonos. Todo termina obedeciendo.

Lo descubrí dentro de un ascensor detenido entre dos pisos, nueve segundos exactos según el reloj digital que parpadeaba sobre la puerta metálica. El ventilador había dejado de funcionar y el aire comenzó a depositarse sobre nuestros hombros como una sustancia mineral. Había otras tres personas en la cabina, pero sus rostros parecían haber sido sustituidos por la fatiga: un hombre sosteniendo una bolsa de mercado, una mujer con una radiografía doblada bajo el brazo y un niño que observaba fijamente el suelo, como si hubiese entendido algo que los demás todavía ignorábamos. Nadie levantó la vista. Nadie lo hace durante demasiado tiempo en esta ciudad. Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas del edificio con la paciencia administrativa de quien llena formularios interminables, y por un instante tuve la sospecha de que la gravedad no era una ley física sino una institución antigua, un ministerio clandestino infiltrado en la sangre desde el nacimiento. Recordé entonces el inclinómetro oxidado adherido a la pared del sótano, siempre señalando la misma inclinación imposible, y pensé que tal vez la verdadera función de las pendientes no era conducir el agua sino enseñar obediencia. Todo termina obedeciendo.

Cuando el ascensor volvió a la vida, descendió. Nadie pareció sorprenderse. Las puertas se abrieron sobre un vestíbulo vacío donde una moneda de cien pesos giraba sobre sí misma antes de iniciar su viaje hacia la calle. La seguí bajo la lluvia. La vi atravesar una grieta en el pavimento, esquivar una colilla empapada, rodear el pie de un vendedor ambulante y continuar cuesta abajo con una determinación que jamás he visto en un ser humano. Detrás de ella descendían las hojas arrancadas de los árboles, el vapor de las alcantarillas, la ceniza adherida a los dedos de un conductor de autobús, el cansancio acumulado en las vértebras de los trabajadores que regresaban a casa y algo más difícil de nombrar, algo que también estaba cayendo dentro de mi pecho con una lentitud insoportable. Comprendí entonces que el pensamiento posee una densidad exacta, que las ideas dejan hematomas invisibles y que toda conciencia, tarde o temprano, termina adquiriendo la forma de aquello hacia lo que cae. Todo termina obedeciendo.

Seguí caminando. La lluvia. La pendiente. El peso. Nada más.

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