Un barrio que ha olvidado su nombre


Un barrio dejó de pronunciar su nombre el mismo día en que la ciudad decidió llamarlo proyecto de renovación. Ninguna excavadora comenzó la demolición aquella mañana; empezó mucho antes, cuando un escritorio descubrió que las palabras ocupaban demasiado espacio y los números producían mejores balances. Desde entonces San José dejó de ser una respiración para convertirse en una casilla de inventario. El progreso siempre llega perfumado de cemento fresco. Después exige silencio. El bahareque agrietado seguía aferrado a la montaña con la obstinación de una costilla mal soldada; el zinc oxidado escurría una fiebre rojiza sobre los techos; el concreto húmedo olía a lluvia mezclada con gasolina, café recalentado y tierra abierta. La neblina descendía despacio, cubriendo cables, escaleras y ventanas como una enfermera que amortaja un cuerpo antes de certificar la muerte. Los ojos comenzaron a fabricar una película blanquecina. Las sienes latían con violencia. La bilis ascendía hasta la garganta cada vez que alguien pronunciaba la palabra desarrollo. Una anciana escupió sobre el adoquín y murmuró que las ciudades ya no tenían santos; ahora tenían constructoras. Nadie se rió porque todos sabían que las excavadoras rezaban mejor que los obispos. El transformador eléctrico respondió con un zumbido grave, semejante a un órgano desafinado celebrando una misa donde el único dios era la valorización.

Las fachadas cambiaban de sitio durante la madrugada. No era un milagro. Era la costumbre de una ciudad que aprendió a mover sus heridas sin despertar a los habitantes. Una escalera amanecía donde antes existía una tienda; una puerta aparecía clausurada por un muro recién levantado; los postes inclinaban la cabeza igual que sacerdotes avergonzados de seguir bendiciendo catastros y licencias. La modernidad no construye ciudades; fabrica amnesia con ascensores. Los vecinos caminaban despacio porque el barrio comenzaba a borrarse desde el interior de los ojos. Cada respiración arrastraba un sabor metálico, cada parpadeo dejaba adheridas diminutas partículas negras sobre las pestañas, como si el humo de las demoliciones hubiera encontrado refugio dentro del cuerpo. Entonces apareció la vieja placa de la calle, desprendida de un muro derribado. El hierro estaba cubierto de líquenes, óxido y costras que parecían sangre mineral. Las letras habían desaparecido, pero el metal conservaba una temperatura imposible. Un persona apoyó la mano y la retiró impregnada de un polvo rojizo con olor a pulmones húmedos. Dijo que el hierro respiraba. Otro respondió que no era el hierro: era el barrio intentando recordar. Desde alguna oficina alguien habría dicho patrimonio; desde otra, renovación; desde otra, desarrollo sostenible. Ninguna conocía aquel olor. El moho trepó por las paredes con la paciencia de una escritura vegetal. Los perros comenzaron a ladrar hacia las alcantarillas. El transformador repitió un nombre que ninguna lengua pudo reconstruir. Las ciudades modernas son analfabetas de su propio origen.

La placa pasó de mano en mano como un evangelio clandestino. Cada contacto arrancaba un recuerdo distinto. Un hombre olvidó el rostro de su madre pero recordó el olor del barro donde jugaba de niño. Una mujer ya no pudo encontrar la habitación donde había nacido su hija, aunque distinguía con precisión la grieta que atravesaba el muro desde hacía treinta años. Los nombres desaparecían y, en su lugar, surgían números, códigos, planos, escrituras y avalúos. La carne era traducida a estadística. El barrio entero empezó a sentir una náusea espesa. La bilis subía lentamente mientras los ojos expulsaban un líquido transparente donde flotaban diminutos cristales oscuros, como fragmentos microscópicos de concreto. 

Entonces la placa vibró. No habló con palabras. Habló con una frecuencia que atravesó el hierro, las tuberías, las casas y los huesos. Bajo el pavimento algo gigantesco respiró. La montaña abrió lentamente sus pulmones. El barrio pronunció por fin su verdadero nombre. En el mismo instante todos olvidaron el suyo. Los niños miraron a sus padres como si acabaran de encontrarlos en una estación de autobuses. Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar sin manos. Las excavadoras, estacionadas al otro lado de la ladera, encendieron sus motores al mismo tiempo. Nadie supo si llegaban a construir el futuro o a sepultar definitivamente la memoria. El primer diente de acero mordió la tierra y la montaña respondió con un latido.

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