Sobre estas calles desiertas
Sobre estas calles desiertas aprendí que las ciudades no mueren cuando se vacían de personas sino cuando empiezan a creer en el orden. El abandono es un funcionario impecable: barre las aceras, archiva los gritos, enumera las ruinas y les pone un sello para que nadie sospeche que todavía sangran. La piedra parece inmóvil, pero miente con la serenidad de un sacerdote. También los templos mienten. También las banderas. También la memoria cuando se prepara para salir a la historia. Camino entre edificios que han olvidado el nombre de sus antiguos habitantes y, sin embargo, continúan respirándolos desde las grietas como un pulmón obstinado que se niega a aceptar la lección de la muerte.
No soy un testigo. Soy otro ladrillo desplazado de su sitio. Cada paso me borra un poco más el rostro y la calle, con una paciencia que sólo poseen los verdugos y los árboles, ensaya sobre mi sombra una escritura que ningún alfabeto podría traducir sin traicionarla.
Me dijeron que las ciudades eran el triunfo de la civilización. Después vi cómo la civilización aprendía a fabricar soledades en serie con la eficiencia de una fábrica de tornillos. Hay escaparates vacíos que todavía exhiben el hambre, semáforos que cambian de color para nadie, una banca donde el óxido ha adquirido la dignidad de un anciano que dejó de esperar explicaciones. Calle. Vértebra. Gasolina. Evangelio. Ascensor. Costilla. Las palabras se atropellan porque el lenguaje también tiene accidentes y nadie recoge sus cadáveres. Nombrar nunca fue inocente: cada nombre encierra aquello que toca y después se sorprende de encontrarlo mutilado. Por eso las cosas terminan huyendo de sus propios significados. Una puerta ya no conduce a una casa; conduce al recuerdo de alguien que jamás vivió allí. Una ventana no abre hacia el cielo; abre hacia la sospecha de que el cielo fue el primer edificio abandonado por sus arquitectos.
A veces creo que Dios pasó por esta calle y siguió de largo porque también le dio miedo quedarse a solas con su obra. O quizá nunca pasó y fuimos nosotros quienes inventamos su ausencia para no reconocer la nuestra. Da lo mismo. Las religiones suelen construir magníficos edificios para albergar habitaciones vacías, igual que los imperios levantan avenidas donde termina desfilando el polvo. Me río de esa solemnidad porque es demasiado frágil para soportar una carcajada. La ciudad presume de sus monumentos mientras debajo del asfalto fermentan los nombres de quienes nunca tuvieron estatua, los derrotados, los locos, los blasfemos, los que hablaron demasiado alto o demasiado claro. Tal vez ellos sean la verdadera arquitectura de este lugar. Todo lo demás es decoración para turistas del espíritu.
Entonces descubro que estas calles no están fuera de mí. Nunca lo estuvieron. Bajo mi piel existen avenidas donde la infancia sigue incendiando muebles que jamás existieron; hospitales construidos con sueños ajenos; patios donde un perro ladra con la voz de mi padre; habitaciones cuyo techo respira como un animal dormido. El deseo no busca objetos: fabrica laberintos. Cada puerta abre otra falta, cada espejo olvida el rostro que acaba de reflejar y cada recuerdo inventa el pasado que necesita para sobrevivir. El yo, ese empleado ejemplar de la costumbre, firma documentos que nadie leerá porque la identidad siempre llega tarde a la cita con quien cree ser. Mientras tanto, el inconsciente continúa levantando barrios enteros durante la noche y los demuele antes del amanecer para que despertemos convencidos de haber dormido en una casa estable.
Ahora comprendo que el verdadero desierto nunca fue la calle sino la obediencia. La costumbre pavimenta mejor que el cemento. El miedo diseña ciudades más resistentes que los ingenieros. Y el progreso, ese vendedor infatigable de futuros usados, sigue ofreciendo mapas para escapar de un lugar que llevamos respirando desde antes del primer recuerdo. Quizá por eso continúo caminando. No para encontrar una salida, sino para impedir que estas calles terminen pareciéndose a las respuestas. Porque una respuesta clausura; una calle digna se bifurca, se contradice, se pierde, vuelve con otro nombre, se ríe de quien pretende medirla y desaparece justo cuando creemos haber aprendido su recorrido. Tal vez la ciudad comenzó el día en que alguien tuvo miedo del vacío. Tal vez comenzó cuando ese vacío aprendió a escribirnos y todavía continúa corrigiendo, con una caligrafía de polvo y nervios, la frase incompleta en la que seguimos creyendo reconocer nuestro nombre.