Diría que estás mejor que la mayoría
Decir que estás mejor que la mayoría es otra forma de pronunciar tu condena. Como si la diferencia se midiera en grados de ruina, como si hubiese un alivio en ser menos despojo que los otros. Mejor que la mayoría no es victoria, apenas una grieta distinta en el mismo muro, un temblor que no derrumba pero que anuncia la fractura. El consuelo es un espejismo: no hay escalera de ascenso, no hay cima reservada, solo un laberinto donde todos tropiezan, y tú tropiezas también, aunque con los ojos abiertos.
El aire que respiras no es más puro, solo distinto: un aire torcido, atravesado por relámpagos invisibles, como si en tu garganta habitara un lenguaje que no se traduce. Ellos tragan oxígeno como autómatas; tú, en cambio, bebes la sombra, masticas las fisuras, escuchas en cada silencio un rumor de incendios. Estar mejor significa que no huyes del vacío, que te entregas a él con una fidelidad casi amorosa. La mayoría tapa las grietas con yeso barato, pero tú dejas que la intemperie te desfigure, y en esa deformidad encuentras una forma extraña de respiración.
No confundas, sin embargo, esa lucidez con salvación. La mayoría cae de golpe, sin advertirlo; tú te derrumbas a cámara lenta, y tu caída se convierte en espectáculo. Como un saxofón que se desgarra contra la melodía repetida, improvisas tu ruina, haces de ella un rito. La diferencia es mínima, apenas un matiz: ellos arden sin saberlo; tú ardes con plena conciencia, y por eso el fuego se eleva en tu interior como una ceremonia cruel. No se trata de estar a salvo, sino de mirar la ceniza mientras aún brilla, de sostener la llama sabiendo que te consume.
Ellos coleccionan frases heredadas, las recitan como rezos cansados. Tú inventas un idioma cada vez que abres la boca: fonemas que tiemblan como criaturas recién salidas del barro, gramáticas que se rompen al nacer, un balbuceo que nadie entiende pero que deja marcas en la piel de quien escucha. Esa es tu ventaja, si puede llamarse así: no repites el eco de los muertos, sino que hablas con los huesos vivos de la catástrofe. La mayoría busca sentido en catálogos de respuestas; tú lo devoras y escupes las astillas, porque comprendiste que no hay destino más limpio que la confusión.
Estar mejor que la mayoría es un engaño semántico, un placebo que suena amable pero guarda veneno. Lo que se enuncia como diferencia es apenas otra manera de hundirse. La mayoría marcha hacia la nada en fila recta; tú caminas hacia la misma nada con pasos torcidos, bailando con tu propia sombra, como si esa torcedura inventara un atajo. Pero no hay atajo: solo un laberinto circular donde las salidas son espejos. Si algo te distingue es que no intentas romperlos: atraviesas su reflejo con los ojos abiertos, sabiendo que no hay detrás, que todo es superficie infinita.
La ironía está en el gesto: mejor significa apenas estar al margen del mismo derrumbe, mirar las ruinas desde un ángulo distinto. Y aun así, esa diferencia mínima contiene una herida que la mayoría no percibe. Donde ellos ven rutina, tú percibes grietas; donde ellos escuchan ruido, tú detectas pulsos de sombra; donde ellos esperan refugio, tú abrazas la intemperie. La herida no cierra, y en esa imposibilidad se funda tu respiro.
Diría que estás mejor que la mayoría, pero lo digo con la certeza de quien lanza una moneda y la ve girar sin caer.
Mejor no existe, peor tampoco. Solo hay fracturas que se nombran de formas distintas, cuerpos que tropiezan con la penumbra. Y entre todos esos cuerpos, el tuyo danza. No para salvarse, no para diferenciarse, sino para perderse con más claridad, para encender la música en medio del derrumbe. Porque en el fondo no hay nada que decir, salvo que estás ardiendo. Y aun así sigues danzando.