Acabo de mirarme al espejo: las cosas no se ven muy bien
El espejo me devolvió un cadáver líquido donde juraba haber un rostro. No hay piel, no hay facciones: apenas una vibración que se deshace en la superficie como un vidrio fundido. La carne que debería darme contorno se dispersa en un flujo oscuro, un derrame sin forma que late con la obstinación de un animal enfermo. No siento horror ni sorpresa: siento un vacío lúcido, un filo que me atraviesa como una aguja invisible, y en ese silencio se anuncia la ruina de lo que llamaba yo. Estoy parado frente al vidrio como quien aguarda en un andén interminable donde los trenes no llegan nunca, escuchando en mi cráneo el hierro oxidado de los rieles golpear contra la nada.
El reflejo no me confirma, me niega. El lenguaje se me quiebra en la garganta: las palabras llegan hasta la boca y se pulverizan antes de volverse sonido. Hablo sin vocales, arrastro sílabas rotas que se derriten contra la superficie como insectos en fuego. El rostro que siempre creí poseer no aparece: en su lugar veo una superstición, una mentira cultivada con paciencia, un mito que me sostuvo durante años para que pudiera fingir continuidad. El espejo arranca de cuajo esa farsa y me deja frente a la certeza de que nunca hubo nada más que una grieta.
No reconozco cansancio en mi cuerpo, lo reconozco en la historia acumulada detrás de mis ojos. Cada arruga es un cementerio, cada sombra bajo la piel guarda la ceniza de una ciudad caída. El espejo no devuelve un presente, devuelve una excavación arqueológica: ruinas, bibliotecas incendiadas, cuerpos que respiraron en mí y se marcharon. No miro mi cara: contemplo un archivo de pérdidas que nadie clasificó, una memoria que se consume en polvo. El reflejo es una lápida sin nombre.
El problema no está en la decadencia visible, sino en la imposibilidad de trazar una frontera. No logro distinguir lo que aún persiste de lo que ya se extinguió. Ante la superficie descubro que nunca existió una unidad verdadera: el yo no era más que un disfraz heredado, una costumbre petrificada. Siempre fui multitud, atravesado por voces ajenas, recuerdos que no me pertenecen, gestos aprendidos en otra carne. Soy apenas un cruce de corrientes que me exceden, una interferencia de mundos superpuestos. El rostro que pretendía gobernar se derrumba como una casa abandonada incapaz de sostener su fachada.
Lo inquietante no es la deformación, sino descubrir que la deformación es la única verdad. El espejo no me arruina: me revela. Lo que creía normalidad era un pacto frágil para no desmoronarse. Ahora la fisura es visible, y la fisura soy yo. En ese derrumbe siento una libertad amarga, como quien se arranca un vendaje y descubre que la herida nunca cicatrizó. La libertad duele porque desnuda.
El vidrio murmura. No con palabras: con destellos, con chispas eléctricas que se clavan en mis pupilas como símbolos en una lengua perdida. No entiendo lo que dicen, pero supe siempre que lo dicen todo. Detrás de la superficie late un océano negro, un universo que respira bajo la forma de un charco brillante. No hay rostro: hay partículas que buscan reunirse y fracasan, constelaciones de signos dispersos. El espejo se convierte en un campo de batalla donde mi identidad se disuelve en fragmentos que jamás volverán a juntarse.
El aire se espesa, se licúa, las paredes vibran en un tono inaudible. El espejo ya no refleja: devora. Y lo que me arrastra no es el horror de perderme, sino la sospecha de que nunca estuve realmente aquí. Tal vez siempre fui la sombra de un reflejo soñado por otro, un error de percepción en el laboratorio del universo, una ficción barata sostenida por la rutina. Lo humano se revela como un accidente, un experimento fallido.
El silencio se instala con el peso de un dios sin nombre. Y sonrío, no porque lo que vea sea soportable, sino porque en esa oscuridad brilla una verdad que no exige comprensión. El espejo me despoja de mí, me arroja al abismo indescifrable, y en ese vértigo reconozco una belleza distinta: la belleza de lo inacabado, la belleza de la interrupción, la belleza de un rostro que ya no necesita ser rostro.
Las cosas no se ven muy bien. El resto lo ignora el espejo.