El ayer nunca muere porque es demasiado cobarde para atreverse a morir


El ayer se arrastra como un gato famélico por las calles interiores de la memoria, con el hocico lleno de polvo y la mirada amarilla de un animal que supo lo que era el hambre y ahora vive de lamer los huesos que quedaron tirados en la cuneta. No muere, no sabe cómo morirse, se disfraza de cicatriz, de fotografía que se amarillea sin desaparecer del todo, de carta ilegible que aún conserva la saliva seca de quien la escribió. El ayer no se atreve a soltar su propia carroña: prefiere mendigar en el presente, pedir un cigarrillo, colarse en la conversación de una mesa donde nadie lo invitó, sentarse frente a ti con esa mueca de borracho que insiste en no callarse. El ayer es cobarde porque la nada lo aterra: teme ser vacío, teme ser humo, teme que al apagarse su sombra ya nadie lo recuerde ni siquiera como sombra.

En cada gesto el ayer se infiltra. En el beso que se da de prisa en la estación, en el vaso mal lavado de un bar cualquiera, en el roce mínimo de una desconocida en la calle que por un segundo te devuelve a la infancia. No es un fantasma, sería demasiado digno llamarlo así. Es más bien una cinta grabada en mala calidad que se rebobina sola, un loop de voces ahogadas, un eco obstinado que perfora los muros aunque nadie lo escuche. Y uno, tú, yo, nosotros, caemos en la trampa: acariciamos ese eco como si fuera todavía real, nos dejamos infectar por la fiebre de un tiempo que ya no existe pero que nos exige hospedaje.

El ayer huele. Huele a alcantarilla, a sudor viejo, a la mugre de las plazas donde se juró amor eterno y al día siguiente solo quedó el vómito seco en el piso. El ayer vive en los cementerios clandestinos, en los estadios vacíos, en las habitaciones baratas donde alguien lloró hasta quedarse dormido. Camina entre las ruinas como un ángel sucio con las alas recortadas a navaja, arrastrando una pierna, escupiendo sangre en cada esquina. A veces se esconde en las paredes manchadas de las ciudades, en los grafitis que la lluvia borra a medias, en los edificios abandonados que guardan la respiración de quienes fueron desalojados con golpes y sirenas. El presente es un decorado barato; detrás del telón siempre está ese murmullo pestilente del ayer, empeñado en seguir respirando.

No solo vive en la podredumbre: también en lo solemne. El ayer se viste de ceremonia, se maquilla de rito, se inventa coronas de papel dorado para disfrazar su cobardía. Se repite en los mitos, en las liturgias, en las canciones que todos cantan de memoria aunque odien cada palabra. El ayer se convierte en altar de piedra, en dios barato, en reliquia que exige respeto aunque esté putrefacta por dentro. Su truco es volverse sagrado para que nadie se atreva a tocarlo, para que nadie lo destierre, para que su cadáver siga oliendo bajo el incienso.

El ayer también está escrito en las estrellas. Cada luz que miras en el cielo es un cadáver que aún brilla, un fósil de fuego que murió hace siglos pero que insiste en iluminar como si todavía viviera. El ayer se esconde en la ceniza de los volcanes, en la memoria líquida del agua que recuerda cada lluvia, en los huesos minerales que conservan las huellas de lo que ya no existe. Todo lo que nos rodea es archivo, testimonio, fósil que habla en silencio. El universo entero es un cementerio iluminado. El ayer nunca muere porque la materia misma es demasiado cobarde para extinguirse de una vez por todas.

Y sin embargo el ayer no ataca, no desafía, no ruge: apenas se agazapa. Su fuerza es la debilidad, su poder es la repetición. Se refugia en pantallas que no dejan de encenderse, en imágenes que se replican hasta volverse caricatura, en videos que nadie mira pero que siguen ahí, flotando en la basura digital. El ayer no muere porque aprendió a clonarse. Y cada clon es más débil que el anterior, pero sigue vivo. Cobardía pura: multiplicarse en lugar de desaparecer.

El ayer es también una herida que no cierra, un libro al que siempre le falta la última página, una frase interrumpida en la garganta. Vive de lo inacabado, de lo suspendido, de lo que no supo terminarse. El ayer es un suicidio a medias, un disparo que se encasquilla, una cuerda que se rompe antes del nudo final. Su cobardía consiste en esa falta de resolución, en quedarse colgado de un clavo oxidado, en sangrar despacio para no tener que morir nunca. Y uno, a veces, se convierte en su cómplice, prolongando el sufrimiento como si en esa lentitud hubiera un secreto que no queremos soltar.

Pienso en los bares donde bebí demasiado, en las mujeres que se fueron sin despedirse, en las calles donde me senté a mirar un río podrido que nunca cambiaba. Pienso en mi propio ayer, en los cadáveres personales que cargo como estampas rotas, en las voces que aún me hablan desde un teléfono que ya no suena. Y comprendo: el ayer no muere porque yo tampoco lo dejo. Lo alimento con mi nostalgia, lo acaricio con mi rabia, lo mantengo vivo con mi miedo de quedarme sin nada. Yo también soy su cobarde.

El ayer nunca muere porque nadie lo mata. Porque todos lo escondemos bajo la lengua, porque lo tatuamos en la piel de nuestras palabras, porque lo llevamos en los bolsillos como una piedra inútil que no nos atrevemos a lanzar. El ayer nunca muere porque no sabe, porque tiembla, porque tartamudea, porque se aferra a las uñas de los vivos. El ayer nunca muere porque es demasiado cobarde para atreverse a morir, y mientras tanto nosotros seguimos respirando su miedo, escuchando su murmullo, arrastrando su cadáver invisible por las calles del presente como si fuera un perro sin dueño que no nos deja caminar.

Y quizá ahí radique la verdadera eternidad: no en la gloria ni en la salvación, sino en esa obstinación ruin de lo que rehúsa apagarse. Una canción que sigue sonando en la noche aunque nadie la cante. Un eco suspendido. Una respiración que no termina.