Lluvia ácida
La ciudad gotea como una bestia cansada que respira humo en lugar de aire. Las torres supuran hollín, los vidrios sudan niebla oscura, y el cielo se abre en un tajo violento, sangrando agua que no limpia sino que quiebra. No es lluvia, es ácido destilado por nubes enfermas que revientan sobre el mundo como vísceras abiertas. Cada gota pesa más que una palabra y cae con la misma violencia con que se derrumba una certeza. No hay paraguas, no hay refugio, porque la ciudad entera es un refugio envenenado. Caminar en ella es arrastrar el cuerpo dentro de una llaga colectiva.
El agua no refresca, disuelve. Deshace fachadas, arranca la pintura de los templos, borra las inscripciones de las lápidas como si los muertos también fueran culpables. El ácido muerde la memoria hasta convertirla en pasta blanda, derrite los rostros hasta dejarlos irreconocibles. El tiempo se pudre: relojes que laten como órganos enfermos, minutos que se licúan como papel mojado.
Pero la tormenta no se limita a los muros ni a los monumentos. Penetra en el cuerpo. Se filtra en la sangre. Camina por las venas como un huésped que devora desde dentro. Cada latido se convierte en martillazo de óxido, cada respiración en sorbo de veneno. No hay cadáveres, solo figuras humanas que se derriten lentamente, velas encendidas bajo un aguacero corrosivo. Nadie muere del todo: todos se licúan. La vida consiste en sobrevivir a la disolución interminable.
La lluvia no moja: desarma. Las palabras se desprenden de la lengua como dientes podridos. Nadie dice nada, apenas balbuceos, apenas un eco gangoso que se deshace en el aire antes de llegar al oído. Conversar se ha vuelto imposible: toda frase cae mutilada en la boca. La sintaxis se oxida, el discurso se pudre. Lo que se pronuncia ya es cadáver. La lluvia ácida convierte el lenguaje en un charco de sílabas deformes, y en ese pantano balbucean los hombres con la inocencia rota.
Camino y los charcos me devuelven imágenes que no viví: rostros desconocidos se mezclan con el mío, como si todos estuviéramos fundidos en un espejo enfermo. Me reconozco en extraños. Me desconozco en mí. Ya no sé si este cuerpo me pertenece o si soy otro licuado en la multitud anónima. Cada reflejo es una advertencia: la lluvia no destruye solo lo externo, también borra la frontera entre yo y los otros. El ácido iguala, funde, convierte las singularidades en barro común.
Los edificios tiemblan como animales acorralados, conscientes de que el agua que los acaricia es su verdugo. Los automóviles detenidos en las avenidas parecen fósiles prehistóricos atrapados en un pantano químico. Las estatuas pierden sus rostros; la piedra se derrite hasta volverse mueca informe. Solo las palomas sobreviven al veneno, como heraldos de un tiempo que no reconoce a nadie. Todo se convierte en museo de ruinas en proceso, ruinas vivas, ruinas que palpitan mientras se deshacen.
No hay refugio. No lo busques. Nadie escapa.
El cielo se contrae y de pronto calla. Un silencio absoluto corta la respiración. La lluvia cesa. El aire queda suspendido como un verdugo que aún no ha bajado la espada. Un instante vacío. Una pausa que arde.
La calma es mentira. El cielo vuelve a desgarrarse y desata su rugido, más feroz, como si el universo entero colapsara y cayera en gotas corrosivas. Y sin embargo, en la devastación hay una claridad que no se parece a la esperanza: el ácido, al disolverlo todo, revela lo oculto. El veneno desnuda. Bajo la pintura corroída aparece el hueso del mundo. Bajo la máscara del hombre, la raíz secreta de su carne. La tormenta arranca velos y deja al descubierto la arquitectura desnuda de lo real.
Avanzo entre personas sin rostro, mujeres de piel abierta, niños que juegan con recuerdos derretidos como si fueran juguetes de barro. No hay nombres, y lo innombrable florece en el silencio. La lluvia sigue cayendo, sin prisa, sin tregua. El mundo continúa derritiéndose. Y yo también. No queda salvación. No queda condena. Solo belleza en el acto de disolverse. Una belleza que quema. Una gota suspendida que nunca termina de caer.