El odio se volvió entretenimiento de masas


El odio aprendió a bailar frente a las cámaras, a maquillarse con neones y filtros digitales, a vestirse con el mismo traje que usan los presentadores del clima. Ya no pertenece a los rincones oscuros del alma ni a los callejones donde los cuchillos eran de carne y hueso: hoy se transmite en vivo, con aplausos enlatados, con emoticones que celebran la desgracia como si fueran confeti de carnaval. El odio es trending, el odio es espectáculo, el odio es ese animal prehistórico que sobrevivió a las bombas y ahora se alimenta de algoritmos que lo multiplican como un enjambre en celo.

Te lo digo como quien habla a un espejo: lo que se odia no es a alguien en particular, sino la textura incómoda del otro, su manera de arruinar el paisaje perfecto que uno ha comprado como identidad. Se odia el modo en que respira, su acento que hiere como cuchillo, el silencio que no sabe aplaudir al ritmo correcto. Y entonces la masa se organiza en torno a esa diferencia mínima como si fuera un sacrilegio, y el linchamiento comienza, primero con risas, después con insultos, finalmente con un júbilo que se confunde con orgasmo.

Vi la escena una vez, quizá fue un sueño, quizá un recuerdo: la caída de alguien reproducida en cámara lenta, la multitud rugiendo frente a la pantalla, las manos agitadas como si aquello fuera un concierto de rock. No hubo sangre, no hubo contacto físico, pero la ejecución fue perfecta: la víctima reducida a píxeles, el público saciado como si hubiera asistido a una misa de fuego. Lo fascinante fue la euforia, ese brillo en los ojos, la dopamina colectiva que transforma el dolor ajeno en liturgia de placer. El odio como droga anfetamínica, dosis mínima en cada insulto, descarga eléctrica en cada comentario. Nadie puede resistirse al chute de esa sustancia que se inyecta por los ojos, se mastica con los dedos, se expulsa por la boca abierta de un avatar.

El odio improvisa como un saxofón desbocado en una calle húmeda de madrugada, repite notas que no existen y sin embargo suenan, construye una melodía frenética sobre la ruina de la compasión. Escuchas el ritmo en la plaza, lo palpas en el mercado, lo sientes en la respiración de los autos que se tragan unos a otros en la carretera: todos esperando el momento de morder, de hundir los dientes en un pedazo de enemigo, aunque sea imaginario. Hay en esa orquesta delirante una belleza secreta, un orden indescifrable que hace del caos una danza; quizá por eso nadie logra apartar la mirada, porque mirar el sufrimiento del otro se volvió la última forma de oración.

Pero lo que más asusta es la tentación. No basta con observar, nunca basta: la multitud exige participación. Y ahí estás tú, digitando tu odio, lanzando tu piedra invisible, celebrando tu venganza microscópica convertida en carnaval público. No eres mejor ni peor que ellos: apenas eres un músico más en la sinfonía de insultos que vibra en cada esquina. El odio no destruye, entretiene, y su escenario no tiene telón de cierre.

A veces me descubro pensando que el odio es un monstruo sagrado, un dios primitivo que aprendió a hablar el lenguaje de las pantallas. No busca enemigos, los fabrica; no busca justicia, fabrica juegos. Un juego infantil, absurdo, pero con reglas sangrientas: ríe el que lincha más rápido, ríe el que señala con más precisión, ríe el que logra convertir la diferencia en un motivo de exterminio. Como en esos juegos que inventábamos de niños, donde alguien siempre terminaba llorando, pero ahora con estadios enteros aplaudiendo la derrota.

Y entonces pregunto, aunque nadie me escucha: ¿qué ocurrirá el día en que el odio se quede sin cuerpos que devorar? ¿A quién se señalará cuando ya no quede carne fresca? Sospecho que ese día nos volveremos contra nosotros mismos, que arrojaremos piedras contra nuestro propio reflejo, que bailaremos sobre nuestra propia ruina como si fuera la más gloriosa de las fiestas.

No lo digo como profeta ni como testigo, apenas lo intuyo con la desesperación de quien respira entre multitudes: el odio nos organiza más que cualquier amor. Nos reúne en plazas digitales, nos convierte en tribu, nos inventa una identidad momentánea que dura lo que dura la ejecución pública de un extraño. Nos arranca del tedio, nos despeina, nos ofrece la euforia del enemigo derrotado. El odio es el opio más sucio y más eficaz: no duerme, no calma, no promete nada. Despierta.

Y ahí estamos, todos juntos, despiertos, en una vigilia delirante que no termina nunca, mirando el mismo escenario, esperando la próxima caída, el próximo grito, la próxima víctima. Y no hay silencio que pueda salvarnos, porque el espectáculo nunca se apaga: incluso en la soledad de la noche, las pantallas parpadean como estrellas enfermas, recordándonos que el odio sigue vivo, esperando su próxima función.

El estadio vacío permanece iluminado. La multitud ya se fue, pero las luces no se apagan. Algo invisible sigue esperando. Y nadie sabe si aplaudir o huir.