La libertad es un eslogan en descuento


La libertad es un eslogan en descuento, una palabra desangrada en vitrinas que brillan como tumbas de neón, un resto de aire vendido en cuotas con intereses altísimos, y sin embargo todos respiramos esa mercancía como si fuera el último oxígeno disponible, la última hostia bendecida por el mercado que nos promete salvación con garantía extendida. Te lo dicen en todas partes: eres libre, puedes elegir, puedes reinventarte, puedes ser dueño de tu destino, pero lo único que eliges es el color del uniforme, el sabor del somnífero, la forma del grillete, y sonríes convencido de que el gesto es tuyo cuando en realidad es la repetición de un guion que no escribiste. Yo también lo he hecho: me creí libre cuando cambié de máscara, cuando mudé de piel, cuando elegí la puerta equivocada de un laberinto que no tiene salidas, y al final sólo encontré la misma pared pintada con grafitis de libertad en rebaja, letras baratas que se caen con la lluvia como costras de un idioma enfermo.

El engaño es perfecto: no hay barrotes, no hay látigos, no hay verdugos. Hay sonrisas luminosas, contratos voluntarios, manuales de uso, hashtags que te invitan a ser tú mismo, a gestionar tu propia esclavitud con entusiasmo, a vivir tu cárcel como una fiesta privada. Yo digo que decido, pero la decisión ya estaba programada; digo que actúo, pero la acción es reflejo condicionado. Te crees sujeto, pero eres cliente, usuario, algoritmo: la libertad no es conquista sino suscripción. Y tú lo sabes: ese instante en que respiras hondo creyendo que el aire es tuyo, y descubres que también el oxígeno viene facturado, con código de barras invisible.

A veces miro la ciudad como quien examina un cadáver maquillado: todos corren, todos compran, todos agitan banderas de independencia, pero lo que ondea no es tela sino plástico, lo que brilla no es fuego sino LED, lo que vibra no es pasión sino propaganda. La libertad no existe, existe el simulacro: la pantalla que te dice que eres dueño de tu tiempo mientras contabiliza cada segundo que entregas, el anuncio que te promete experiencias auténticas mientras filma tu cara para una base de datos. El simulacro es perfecto porque nadie lo cuestiona: creemos estar despiertos mientras dormimos con los ojos abiertos, soñando un sueño de consumo continuo.

Recuerdo una tarde: la palabra libertad cayendo de un cartel oxidado en la esquina de una avenida sucia, las letras desprendiéndose como dientes podridos, el mensaje convertido en basura arrastrada por el viento. Y en ese momento comprendí: la libertad es residuo, eslogan vacío que alguna vez encendió hogueras y ahora no enciende ni un fósforo. Todo se compra, incluso la rebelión, incluso el grito: ya hay camisetas impresas con frases incendiarias, ya hay cursos online para aprender a ser auténtico, ya hay retiros espirituales donde te venden silencio con plan de pagos. Hasta el monasterio imprime folletos, hasta el desierto tiene wifi, hasta la nada viene con manual de instrucciones.

Tú piensas que eliges, pero giras en una rueda invisible, entrenado para aplaudir tu propia jaula. Te ofrecen caramelos de colores: sé tú mismo, atrévete, libérate, sueña; y los chupas con devoción, hasta que descubres que sólo eran placebos para calmar el hambre de algo que nunca existió. Te dicen que eres único, pero ese “tú” ya fue diseñado, moldeado, perfilado: tu rebeldía fue anticipada por el algoritmo, tu angustia fue prevista por la estadística, tu deseo fue capturado por el mercado antes de que lo nombraras. ¿Y qué haces? Te resignas, sonríes, consumes la ilusión de ser libre. El miedo al vacío es mayor que cualquier ansia de vuelo: prefieres el contrato al abismo, el manual de uso al vértigo de lo desconocido.

Y sin embargo, hay grietas: segundos sueltos donde nada se compra ni se vende, instantes donde respiras sin ser medido, espacios donde la palabra se deshace y queda sólo el rumor del viento. Ahí podría estar la libertad, en lo inasible, en lo inútil, en lo que no produce ni acumula. Pero esas grietas también se ocupan, se domestican: alguien ya diseñó un retiro alternativo para rentabilizar tu silencio, alguien ya patentó la meditación como aplicación descargable, alguien ya convirtió la contemplación en negocio. Todo agujero se llena de mercado, todo vacío se capitaliza.

Entonces me río. No con alegría, sino con esa carcajada amarga que nace del condenado que entiende la broma demasiado tarde. Me río porque en la liquidación final todo está rebajado: el deseo, el grito, la esperanza, incluso el derecho a imaginar otra vida. Me río porque sólo la risa queda sin precio, una risa sucia, inútil, que no sirve para nada salvo para recordar que aún no estamos del todo muertos.

Y concluyo, sin concluir: la libertad es un eslogan en descuento. Nadie lo cree, todos lo compramos. Es máscara arrugada, moneda falsa, holograma brillante que circula en las vitrinas de la historia. Y tú lo sabes, yo lo sé, pero seguimos repitiendo la farsa, porque incluso la verdad, desnuda y temblando, necesita disfrazarse para no morir de frío.