El poder no gobierna: devora
El poder no diseña leyes, no alza columnas, no dibuja mapas: mastica. Con la boca abierta y sin rostro, traga lo que respira, lo que late, lo que apenas comienza a existir. Calla y mastica. Mastica y calla. Su silencio es el ruido de un estómago cósmico, su digestión un murmullo que atraviesa las paredes de la ciudad y hace temblar los huesos de quienes todavía creen que respiran.
El poder no dirige, tritura. Sus avenidas son intestinos húmedos, las plazas bocas abiertas donde las personas son arrojados como pan duro. Bajo la luz, lo que brilla no es orden, es grasa. Lo que parece arquitectura es sólo dentadura. La ciudad entera palpita como víscera bajo digestión: semáforos como jugos gástricos, oficinas como úlceras, mercados como fauces donde los pobres se ofrecen sin saberlo como alimento de un festín interminable.
No gobierna: roe la carne de los cuerpos, exprime la sangre, exprime el sudor, exprime la risa hasta que se seca y se convierte en máscara. Devora los ojos y los sustituye por pantallas luminosas donde cada mirada es publicidad. Devora las manos y las pone a firmar contratos que nadie entiende. Devora la piel y la convierte en uniforme. Devora la memoria hasta que lo único recordado es la orden de seguir produciendo. No gobierna. Mastica.
Devora también lo invisible. Devora la mente con pensamientos prefabricados, devora el deseo convirtiéndolo en objeto en oferta, devora los sueños y los disfraza con hologramas que simulan libertad. En las noches, mientras alguien duerme, ya está siendo digerido por algoritmos que le arrancan la respiración sin despertarlo. La mordida no duele: anestesia. El banquete se camufla de ternura, la dentadura sonríe, pero en esa sonrisa se esconden colmillos que huelen a hierro oxidado.
El poder es un caníbal sofisticado. No necesita sangre a la vista: basta con estadísticas. Devora en silencio, entre papeles firmados, entre discursos que aplauden como si fueran plegarias. Devora por dentro, como enfermedad sin síntomas, y cuando la víctima quiere gritar, ya no tiene garganta, porque la lengua también fue devorada.
La escritura misma no escapa a su apetito. La letra es triturada en imprentas que venden páginas como dulces envenenados. La voz que intenta resistir termina reducida a eslogan. La palabra que arde se convierte en mercancía decorativa. Y sin embargo, a veces, una frase logra atravesarse en su garganta: el poder se atraganta con lo inacabado, con lo que se niega a ser digerido, con la chispa que no busca ser entendida sino estallar. Un hueso astillado en su faringe inmensa.
Devora también la naturaleza: arranca los pulmones del planeta y los vende en botellas de oxígeno artificial. Traga bosques enteros hasta que sólo queda serrín. Sorbe océanos como vasos de plástico y los devuelve envenenados. Los animales se convierten en ceniza, los ríos en espuma negra, las montañas en polvo. La tierra tiembla bajo sus colmillos, pero sigue siendo tragada sin pausa, como si el hambre fuera infinita.
No gobierna: devora los gestos humanos. La ternura se convierte en estadística de consumo, la amistad en transacción, el amor en contrato. Devora incluso la soledad: ya nadie está solo, siempre hay un ojo brillando detrás de cada pantalla, masticando la intimidad con dientes invisibles.
El poder es voracidad pura. Un monstruo que también se devora a sí mismo. Cronos sin redención, tragando hijos y luego sus propias vísceras. Hambre que nunca se sacia. Un vacío que mastica vacío. Una bestia que acaba mordiéndose la cola hasta reducirse a sombra, pero que en esa sombra vuelve a crecer, como si el vómito del mundo fuera su propio alimento.
Y, sin embargo, existe la grieta. No la salvación, no el futuro luminoso: apenas la grieta. El poder no puede digerir lo abierto. Se atraganta con lo inconcluso, se asfixia con lo que no cierra, se envenena con lo que no obedece. Allí, en la obra interrumpida, en la palabra que se niega a volverse mercancía, en el silencio que resiste al ruido, se produce el balbuceo indigerible.
Pero no hay victoria. No hay salida. Sólo hay indigestión. El poder no gobierna: devora. Y mientras devora, queda en suspenso la posibilidad de ser espina en su garganta, de pudrirle el estómago, de hundirse en su digestión como veneno. Nada más. Nada menos.