La religión vende eternidad en cómodas cuotas de obediencia


La eternidad se exhibe en vitrinas como un perfume inaccesible: etiqueta dorada, promesa de inmortalidad, fragancia de humo y espejismo. No se entrega de golpe, se paga a plazos: cuotas invisibles de obediencia, cuotas que se sellan con rodillas fracturadas contra mármol helado, con lenguas amaestradas en el arte de repetir fórmulas que ya no encienden nada, salvo el eco muerto de una palabra gastada. La salvación no llega: se financia. Y como todo crédito, se acompaña de intereses que no caducan: miedo, culpa, vigilancia, la sensación de que tu vida entera es una deuda imposible de saldar, firmada con tinta invisible antes de tu primer respiro.

El templo se convierte en banco cósmico donde los calendarios son monedas, donde cada domingo se abona un poco de eternidad en la cuenta secreta del más allá. El infierno no es fuego: es atraso. El cielo no es gozo: es contrato. La fe es contabilidad, sumatoria de gestos dóciles, resta de deseos prohibidos, multiplicación de mandatos que terminan transformando a Dios en un notario y al alma en un número archivado en los libros contables de la redención.

Las liturgias repican como máquinas de obediencia, coreografías donde el cuerpo aprende a inclinarse, a arrodillarse, a callar. El verbo central no es amar: es obedecer. Obedecer en silencio, obedecer sin cuestionar, obedecer como única forma de existir. El alma, domesticada, mueve la cola al sonido del sermón, convencida de que en el cielo recibirá el hueso eterno, sin sospechar que se disolverá en aire antes de alcanzarlo.

Detrás de ese engranaje resuena otro silencio. Una memoria subterránea de lo eterno como experiencia inmediata: instante puro, chispa súbita donde el yo se abre y se derrumba en un horizonte sin bordes. Allí la eternidad no se negocia ni se administra, ocurre. Se despliega en la respiración, en la luz que cae oblicua sobre una hoja, en el temblor del cuerpo que desea, en la risa que atraviesa el miedo como cuchillo. Allí lo divino no exige obediencia, se manifiesta como vértigo gratuito.

Pero las doctrinas insisten en cerrar ese abismo con muros, dogmas, ventanillas. Oficinas celestiales donde las oraciones son formularios archivados en cajones interminables, donde los pecados se procesan como trámites en un tribunal sin rostro. El creyente se convierte en cliente, la plegaria en comprobante, el sacrificio en recibo sellado. Nadie accede gratis: la eternidad se alquila bajo contrato perpetuo, y la obediencia es la única moneda que siempre se devalúa.

Aun así, el silencio se filtra. Se cuela por las grietas del dogma, invade el aire entre palabra y palabra, corta la música repetitiva de la liturgia. Ese silencio pronuncia sin voz lo que no puede ser hipotecado: que lo eterno no está en los calendarios ni en las cuotas, sino aquí, latiendo en lo inacabado, en lo que no se pliega, en lo que no responde al rebaño. Que lo eterno no espera al final del túnel: estalla en cada instante que se desobedece.

El negocio de la religión consiste en vender lo que ya posees. Administrar tu miedo y revenderlo como promesa. Ofrecerte la eternidad en cuotas diferidas, mientras convierten tu libertad en cadena invisible. Te prometen la luz, pero al final del túnel te entregan solo otro recibo pendiente.

Entonces sobreviene la ironía: lo eterno se experimenta justo en el quiebre del contrato, en el instante en que rompes la plegaria y permaneces en silencio, en el momento en que ríes frente al sermón y el miedo se evapora. La eternidad ocurre en la desobediencia. Allí donde no hay altar ni banco, donde no hay cláusulas ni firmas, donde el infinito respira como un animal libre en la selva de lo inmediato.

Y así, todo concluye sin clausura: el infinito no cabe en cuotas, no admite contratos, no se vende. Pero sigue aquí, invisible, respirando contigo, esperando apenas que abras los ojos.