Los cuerpos se rozan como páginas ilegibles que arden antes de leerse


Los cuerpos se rozan como páginas ilegibles que arden antes de leerse, y en ese roce se consuma una revelación sin testigos, un incendio que no deja rastro salvo el olor de lo quemado en la memoria. No hay ternura ni consuelo en el contacto: apenas un relámpago que corta la noche, un temblor de letras que se desintegran antes de nombrarse. La piel no escribe, se destruye; su caligrafía es humo, su gramática es ceniza. Tocarse no significa comunicarse: es borrar en el mismo acto de escribir, es convertir el deseo en fogata que no admite archivo ni lectura.

En la penumbra, el cuarto se llena de chispas invisibles, partículas que flotan como brasas sin dueño. Nadie podría traducir el murmullo de esas páginas carnosas que se pliegan, se manchan, se interrumpen. Lo ilegible no es vacío: es exceso, desbordamiento, un ruido de voces superpuestas que se anulan en el incendio. El roce es palimpsesto: una escritura condenada a no repetirse, un lenguaje demasiado amplio para cualquier lengua humana. Cada contacto es una traducción imposible que se suicida en el instante de pronunciarse.

El fuego, lejos de iluminar, despoja. Lo que toca lo desnuda hasta volverlo hueso incandescente, gesto calcinado en la penumbra. Allí, en esa frontera donde los cuerpos se entrecruzan, la oscuridad se convierte en altar y el ardor en liturgia profana. No se trata de amor ni de destino, sino de un sacrificio inmediato: los signos se inmolan en la hoguera del deseo, las palabras se derriten en la boca antes de rozar el aire. Lo que queda es humo: el humo de un lenguaje que se consume mientras se inventa.

No hay futuro en este roce. El único tiempo es el presente ardiente, el latido que se incendia sin repetición posible. La memoria no alcanzará a fijarlo, porque el incendio no se conserva: se respira, se traga, se dispersa como polvo de estrellas extinguidas. El deseo es ilegibilidad, porque lo que intenta decir se interrumpe siempre en el último segundo. No hay mensaje, no hay revelación, solo la hoguera perpetua del contacto: página que arde antes de abrirse, escritura que se anula en su propio gesto.

Y aún así, el humo murmura. Una lengua imposible, como si las estrellas hablaran al caer, como si la ceniza pronunciara su secreto antes de volverse viento. El roce se convierte en una lectura abortada: no hay lector posible, porque toda interpretación llega tarde, porque el libro ya se consumió en la llama. Los cuerpos se rozan, y en ese roce se confirman como páginas ilegibles que arden antes de leerse, fulgor sin archivo, incendio sin biblioteca, verdad sin testamento.