Al tocar tu piel, escuché un rumor de abismos
Al tocar tu piel sentí lo etéreo, sentí la grieta. Un rumor, un temblor que no venía de ti ni de mí, sino de algo que nos excedía, como si el contacto no fuera contacto sino caída, un salto sin suelo, un vértigo donde el cuerpo se disuelve en su propio espejismo. No era tu piel: era un territorio sin mapa, un pliegue de la noche, un espejo quebrado que multiplicaba reflejos imposibles. Y en ese instante comprendí que el tacto no es nunca presente: siempre ocurre después, como un eco retardado, como un trueno que llega cuando el relámpago ya murió.
La superficie ardía. No como fuego, sino como un idioma extraño que se escribía solo, una caligrafía invisible tatuando cada poro con signos que no podían leerse, sólo respirarse. Tus brazos eran túneles, mi mano una lámpara que no iluminaba, apenas rozaba la sombra. Había algo mineral en ese roce, como si mi dedo tocara no piel sino piedra, no músculo sino tiempo solidificado en capas. Geología de cuerpos. Estratos de memoria enterrada bajo la apariencia de lo humano.
En ese contacto la frontera se borraba: yo dejaba de ser yo, tú dejabas de ser tú. La frontera se abría como una herida luminosa donde lo personal se mezclaba con lo innombrable. Entonces comprendí: la piel no separa, expone. La piel no protege, se entrega. Tu espalda era un umbral y cada roce me arrojaba a la intemperie de un universo sin centro. El contacto era un relámpago eléctrico, sinapsis encendidas en la médula, relámpagos que abrían grietas en la mente, grietas por donde se filtraba un murmullo antiguo, como rezos que nunca existieron pero que insistían en vibrar, obstinados, en la resonancia del aire.
El rumor no cesaba. No era sonido: era un rugido subterráneo, un mar descompuesto en fragmentos de silencio, un grito mudo escondido en la música de la piel. El roce se transformaba en saxofón oxidado improvisando en un sótano vacío, notas negras que no buscaban melodía sino desgarro, improvisación que se hundía en sí misma como espiral sin fin. Tocarte era escuchar ese concierto de sombras, y yo quería perderme en él, hundirme hasta no regresar jamás, porque allí se revelaba la única verdad: no hay materia, sólo vibración; no hay carne, sólo espejismos que tiemblan en la penumbra.
Y, sin embargo, se alzaba una dulzura, no mansa sino incendiada, como si la ternura llevara dentro la garra de lo brutal. Una caricia podía volverse filo oculto, cuchilla envuelta en terciopelo, gesto que acaricia y al mismo tiempo desgaja. Tu piel me hería sin herirme, abría mi carne con delicadeza, desarmaba cada defensa hasta dejarme expuesto al vacío. Y yo aceptaba esa violencia luminosa porque allí se revelaba lo sagrado: un altar secreto erigido en la fricción de dos cuerpos. Cada roce era rito profano, cada respiración una invocación, cada estremecimiento una liturgia clandestina.
No sabía si era tu piel o la mía, si era tu rumor o el mío. En esa zona difusa la identidad se disolvía. El contacto no era diálogo, era fusión. No había sujeto ni objeto: sólo corriente, flujo, electricidad reptando en la oscuridad. El roce se volvía animal, vegetal, mineral, como si tu piel respirara no aire sino tierra, raíces, ríos. Y yo, en ese instante, pertenecía a todo: al bosque, a las estrellas, a la larva y al relámpago. Tu piel era comunión con lo arcaico, rito enterrado en la memoria del planeta.
Cuando retiré la mano, el rumor seguía. No desapareció contigo ni conmigo. Quedó vibrando en la intemperie, como si hubiera entrado en mí para nunca marcharse. Un eco adherido al alma, un parásito luminoso que seguirá murmurando mientras exista. Y entendí que ese rumor era el verdadero contacto: no el roce, no la carne, no la piel, sino la grieta que se abre entre lo que somos y lo que nunca podremos tocar.
Y allí, suspendido en esa grieta, comprendí que tocarte no era acercarme a ti. Era hundirme más en mí mismo hasta escuchar lo imposible: el rumor de los abismos que nos habitan.