El suelo late bajo mis pies como si en sus venas circulara un recuerdo que no me pertenece


No camino: soy arrastrado por una vibración que me perfora desde abajo, un pulso antiguo que no obedece a mi sangre ni a mi respiración, y sin embargo me sostiene como si mi cuerpo fuera apenas un puente mal construido sobre la memoria de la tierra. Siento que cada piedra oculta un corazón mutilado, cada grieta conserva la respiración sofocada de lo que alguna vez existió y todavía insiste en no morir del todo. Bajo mis pies no hay suelo: hay un organismo delirante, un animal enterrado que me presta su fiebre para recordarme que nunca he estado solo en mi propia piel.

Los latidos no son míos. Son voces sin lengua que me golpean en el estómago, en la garganta, en los párpados. Me inyectan visiones que no reconozco: cavernas que nunca pisé, ríos subterráneos que corren hacia ninguna parte, montañas desplomándose en silencio, fósiles que aún palpitan como heridas abiertas. No sé si son recuerdos o sueños implantados por la materia, pero sé que me pertenecen menos de lo que yo pertenezco a ellos. Cada imagen me arranca de mi historia y me arroja a un vacío prehumano donde lo vivido carece de dueño y lo real no exige explicación.

Respiro lento, como si tragara polvo cósmico. El suelo exhala. Se abre como un tambor que golpea desde lo profundo, me sacude las piernas, me dobla la columna, me rompe la voz. No avanzo, me disuelvo. Mi cuerpo es grieta, antena, membrana vibratoria donde se imprimen las corrientes de lo invisible. Lo que llamo “yo” es apenas una fractura: el sitio por donde se cuela un archivo mineral que busca hospedaje en mi carne. Soy escrito en nervios, soy pulsado en venas que no me obedecen, soy la superficie de un lenguaje que no entiendo pero que me utiliza para seguir ardiendo.

No hay horizonte. El paisaje se ha plegado como una cinta gastada que repite su misma escena hasta desgarrarse. Solo queda la certeza de que alguien más, algo más, piensa a través de mí. Una respiración ajena me recorre como tinta negra que no se borra. Intento recordar mi nombre, mis pasos, mi historia: me responden en cambio los ecos de lo innombrable, vibraciones que no distinguen entre lo humano y lo mineral. Y descubro que esa imposibilidad es lo único real: no hay memoria propia, todo es préstamo, contagio, infección de lo que vive y de lo que ya murió.

El suelo late. El suelo palpita. Pero ya no como tierra ni como piedra: ahora late como si fuera mi propio cuerpo extendido, mi piel dilatada hasta la raíz del mundo. Cada paso es una herida abierta en la geología, cada respiración un pacto con lo que nunca sabré nombrar. El pulso me sostiene, me despedaza, me arrulla con su violencia. Y lo extraño es que no hay miedo, solo pertenencia. Como si siempre hubiera sido así, como si mi existencia no fuera más que la superficie efímera de un recuerdo impersonal que continúa vibrando sin mí, a pesar de mí, conmigo y contra mí.

El suelo late. Yo escucho. Y el eco continúa, interminable, en lo que no digo.