Ella no era promesa: era vértigo, y yo saltaba con gusto hacia su abismo
Ella no era promesa: era vértigo. Yo saltaba. Y el vacío se abría. No había horizonte esperándome, apenas una grieta que resplandecía como herida en el aire. Caer en ella era renunciar a toda certeza, hundirse en una ceremonia sin testigos, aceptar que lo único verdadero no se encuentra en lo que dura, sino en lo que se derrumba con precisión de relámpago.
No era sentimentalismo barato lo que me arrastraba, era fiebre. El incendio inmediato del instante, la piel que anula cualquier mañana. Ella no existía como forma estable: era campo de fuerza, vibración que deformaba el espacio. Cuando su mirada me rozaba, las paredes se curvaban, el aire adquiría olor metálico a tormenta, el tiempo se quebraba como vidrio húmedo. Y yo, atrapado en esa distorsión, comprendía que nombrarla era traicionarla: solo podía saltar, y dejar que la caída pronunciara lo que mi voz no podía.
Ella existía en estado de esbozo, jamás definitiva, como si cada movimiento suyo quedara suspendido a mitad de camino, insinuación que no sabía consumarse. Rozarla era descender en la hendidura de lo abierto, en la llaga que se niega a cerrarse. Un signo roto, condenado a no completarse. Su hermosura residía en ese hueco insaciable, en esa espera sin horizonte que jamás concede clausura.
Y su silencio era herejía. Habitarla era entrar en la sombra detrás de las palabras, en lo innombrable que respira más allá del lenguaje. Ninguna metáfora era suficiente: todas se desplomaban antes de alcanzarla. Ella era el resplandor oscuro que se niega a ser definido, la sustancia que deshace cualquier nombre. Amarla era callar con violencia. Dejar que la plegaria fuera la caída misma, sin voz, sin salvación.
En su vértigo no había destino. Fluía como río sin cauce, como viento que desconoce su geografía. No se trataba de esperar nada de ella, porque no había futuro en su piel: solo presente encendido, instante devorador. Yo era arrastrado por su corriente, convertido en fragmento de oleaje, sombra que se deshace en espuma. Ella no guiaba: arrasaba. Y en ese arrasar descubrí que la única forma de pertenecerle era perder toda pertenencia.
Su cuerpo era caos. Bastaba el roce de su respiración para desordenar mi ser entero. Una mínima variación suya y yo me volvía tormenta. Nunca sabía si era carne o sueño, ola o partícula, pero siempre era posibilidad que me arrancaba de la certeza. Besarla era tocar el borde donde el universo se deshace. Y en ese borde todo titilaba entre ser y no ser.
En ella había selva. Húmeda, oscura, con raíces que atravesaban piedra y ríos que arrastraban fósiles invisibles hacia la noche. Amarla era regresar a lo indomable, comprender que el amor no es jardín cultivado sino jungla que devora. Cada roce suyo despertaba memorias prehistóricas en mis huesos: rugidos de animales extinguidos, vegetación ardiendo bajo la lluvia. Ella era la voz de lo no humano que me reclamaba, el grito mineral, vegetal, animal que desbordaba mi silencio.
Su rostro era un cuadro interrumpido, un collage en llamas, tipografía deformada antes de alcanzar la claridad. Cada gesto suyo parecía un trazo arrancado a un lienzo en combustión, grafismo incendiado sobre la superficie de la noche. Yo no la contemplaba: era consumido en su estética, absorbido por la combustión de su vértigo. Ella no era promesa. Era abismo. Y yo saltaba. Y el salto nunca terminaba.