Habito tu sueño cuando la razón duerme


Entro en tu sueño como un ladrón que no busca oro sino el temblor de tu respiración, y la razón, que a esta hora bosteza en su celda de papel, se derrumba sin resistencia como un edificio mal construido. No toco la puerta: me deslizo por el hueco húmedo de tu oído, me disfrazo de insecto que zumba en la penumbra de tu almohada, me diluyo en la humedad de tus labios. Soy la sombra que se arrastra por debajo de tu piel cuando tus párpados se sellan como vitrales clausurados. Y allí, en el territorio sin mapas donde la vigilia no manda, me expando como un incendio que no necesita oxígeno, como una multitud invisible que invade las calles de tu sangre. No soy dueño de nada, ni siquiera de mi nombre, porque aquí los nombres se derriten y gotean como cera, y lo único real es el murmullo de las cosas cuando se reconocen entre sí en la oscuridad.

El sueño comienza como un teatro abandonado: las cortinas se agitan aunque no haya viento, los relojes marcan horas que nadie inventó, las sillas crujen con los cuerpos de espectadores que no existen. Camino entre los escombros de esa escenografía imposible y cada espejo me devuelve un rostro que no reconozco, aunque todos insisten en ser yo. La lógica intenta levantarse de su tumba, pero la derribo con un puntapié: no quiero su aritmética, quiero su fiebre. Camino tu sueño como quien atraviesa un bosque ardiendo, con el presentimiento de que cada árbol es un animal, cada sombra una pregunta, cada chispa un nacimiento. El lenguaje se pudre entre las ramas y renace como musgo húmedo: las palabras ya no describen, tiemblan, gimen, sangran, se persiguen unas a otras como animales en celo.

Las ciudades aquí no tienen geometría: flotan como medusas atravesadas por luces, respiran como peces desbocados, giran sobre su propio vértigo. En los hospitales duermen dioses que olvidaron su divinidad, tendidos en camillas frías, con los ojos cerrados y los brazos amarrados por tubos. Me acerco a ellos como un extranjero que no necesita visa para habitar lo imposible: toco su piel helada y siento en ella la electricidad de un relámpago detenido. Allí estás tú, o tal vez tu doble, tu sombra, tu máscara. Una criatura con tu voz, con tu piel, con tu risa entrecortada. Te abrazo y descubro que te disuelves como corriente eléctrica, como agua tocada por fuego. En ese contacto el cuerpo deja de ser carne y se convierte en luz, el deseo abandona su hambre y se transforma en vibración, y el amor, ese mendigo de la vigilia, aquí estalla como un relámpago que atraviesa huesos y memoria.

En tu sueño el cine está en ruinas: no hay película, solo los restos de fotogramas sueltos que se amontonan como cadáveres en una morgue desordenada. Una mujer abre la boca para hablar y en lugar de palabras escapan pájaros que chocan contra las paredes. Una ciudad se desploma sobre sí misma y en su polvo germina un jardín submarino. Un niño flota sobre un río de espejos y cada reflejo lo devuelve distinto: anciano, mujer, pájaro, bestia. Yo, sentado en la butaca de esa sala imposible, no sé si soy espectador, cadáver, actor o cámara que filma sin rollo. El sueño no ofrece respuestas: es pura pregunta, pura grieta, pura fisura. Cada escena se deshace apenas nace y en su lugar se abre otra, más absurda, más luminosa, más feroz.

Entonces me abandono en la textura misma del sueño: me derramo como tinta sobre agua, me dejo absorber como humo en la garganta de un volcán. Descubro que no soy yo quien habita tu sueño, sino que el sueño me mastica, me digiere, me expulsa en fragmentos que luego se reconfiguran en otros cuerpos. La conciencia es apenas una lámpara enferma que parpadea en la oscuridad; la lucidez, un insecto atrapado que golpea contra el vidrio de una botella sin romperla nunca. Comprendo que pensar es una fiebre heredada de la vigilia, un error que aquí se disuelve como sal en el océano. Acepto mi destino ligero: ser una sombra que se enciende y apaga en la caverna de tu inconsciente, ser chispa fugaz que ilumina un rincón del sueño para luego apagarse sin testigos.

Amanece y despiertas, y con tu despertar me arrojas al exilio. El sol me arranca del cuerpo de tus párpados como una garra, me expulsa hacia la nada diurna. Yo me refugio en el polvo de tu almohada, en la humedad tibia de tus sábanas, en la curva de tu cuello donde aún late un residuo de sueño. Allí permanezco, aguardando otra noche, otra rendija, otro parpadeo. Porque yo no vivo en el día, ni en la claridad, ni en el ruido: existo únicamente en ese intervalo donde la razón se desploma y todo se vuelve posible, incluso el milagro de encontrarte.