El grito nació antes que yo
El grito nació antes que yo. Se incubó en una oscuridad más antigua que mi carne, y cuando abrí los ojos por primera vez ya lo tenía tatuado en la garganta, como una orden genética, como una condena sin juez. No me pertenece, yo apenas soy el mensajero, el eco vivo de una urgencia que no se resigna. No sé quién lo dicta ni hacia dónde quiere huir, pero en cada latido insiste con la misma violencia: sáquenme de aquí. No hay afuera, lo sé. No hay adentro, lo presiento. Y sin embargo el grito reclama frontera, salida, agujero, grieta, aunque sea una rendija inventada por la fiebre.
Camino en círculos que no terminan. Pasillos idénticos, pero cada vez más húmedos, como intestinos que se contraen y me expulsan hacia ninguna parte. Golpeo puertas, pero las cerraduras se disuelven apenas las toco, como si todo fuera humo. Corro, y en cada vuelta me encuentro de nuevo conmigo mismo, jadeando en el mismo pasillo, como un actor condenado a repetir una escena absurda frente a un público invisible. Aquí no hay geometría que sostenga la razón: las paredes respiran, el suelo palpita, el techo se abre hacia abajo. Todo está invertido, torcido, delirante. Y yo grito, aunque la garganta sangra y el eco se pudre en las paredes: sáquenme de este laberinto sin esquinas, arránquenme de esta respiración ajena que me sofoca.
Hay música, pero no música que consuele. Es un blues enloquecido que se repite como un corazón descompasado. La guitarra escupe cristales rotos, el bajo retumba como un pozo en el pecho, la batería estalla en descargas eléctricas que me desarman los huesos. Nada se acompasa, cada instrumento toca su fuga personal, y yo soy el escenario en llamas. Trato de respirar a contratiempo, pero el aire se quiebra en fragmentos, entra cortado, astillado. Sáquenme de este compás asesino, libérenme de este metrónomo enloquecido que ya no mide el tiempo, sino mi agonía.
Caigo en el ojo de una linterna encendida en medio de la oscuridad: allí no hay luz, solo imágenes proyectadas en ruinas. Son cuadros quemados, diapositivas deformes, recuerdos que no reconozco, sueños ajenos filtrados en mi cabeza. Cuerpos desnudos flotan en lagos espesos, ciudades enteras se derrumban bajo polvo blanco, criaturas se arrastran hacia atrás con pupilas en la nuca. Cada imagen es otra boca que me devuelve mi propio clamor. Sáquenme de estas pinturas vivas que me devoran. Sáquenme de la tela húmeda de estas pesadillas. Estoy atrapado en la tinta, me hundo en los pigmentos, me vuelvo parte de la galería. El color es barro, es barrotes, es barro que me sujeta.
El tiempo no avanza, se dilata, se pudre en el estancamiento. No es línea ni círculo, es una resina pegajosa que me fija a una eternidad sin fecha. Respiro y el segundo se multiplica hasta asfixiarme. Cierro los ojos y descubro que siguen abiertos. Intento mover las manos y el gesto tarda horas en completarse. Sáquenme de este pantano viscoso donde el tiempo se deshace como fruta podrida. Sáquenme de esta eternidad enferma que se arrastra y se lame a sí misma.
Alzo la voz hacia regiones invisibles. No hay respuesta, pero sé que alguien que escucha. Un silencio que no es vacío, sino la atención cruel de lo que no se nombra. No pido redención, no quiero gloria, no reclamo salvación. Sólo exijo salida. Una grieta diminuta. Un agujero. Un salto sin regreso. Sáquenme de aquí aunque me arrojen a la nada, aunque la nada me mastique. Sáquenme de aquí aunque afuera no exista, aunque afuera sea otro encierro más vasto, más silencioso, más perfecto. Sáquenme de aquí, aunque lo único que me espere sea un espejo roto donde mi rostro se multiplica hasta volverse ilegible.
Empiezo a sospechar que este grito no es mío. Que lo arrastro desde antes de nacer. Que alguien lo sembró en mi lengua como un virus destinado a repetirse en todas las gargantas del mundo. Quizá no soy individuo, sino eco. Quizá el grito me inventó para poder decirse. Sáquenme de aquí, rugen mis huesos. Sáquenme de aquí, susurran mis venas. Sáquenme de aquí, se retuerce mi médula. No quiero libertad, quiero transfiguración. No quiero un afuera, quiero una metamorfosis imposible: salir de lo humano, abandonar la piel, renunciar incluso a la idea de salida.
Y de pronto, cuando todo parece condenado a la repetición, algo se quiebra. No en la pared, ni en el suelo, ni en el tiempo, sino en mi respiración. Una fractura diminuta, un soplo que no pertenece a este encierro. Es como si un párpado invisible se abriera en mi pecho. Y en esa grieta microscópica, respiro distinto. Descubro que tal vez la salida nunca fue un lugar, sino un modo de abrir los ojos dentro del encierro. Tal vez el abismo se disuelve cuando se lo mira de frente hasta quebrar su máscara. Sáquenme de aquí, repito, pero ya no como súplica: lo digo como quien suelta un pájaro desde la mano. Sáquenme de aquí, y en ese mismo instante no sé si sigo preso, si ya estoy afuera, o si me he convertido en parte de la música oscura que siempre estuvo tocando a través de mí.
El eco persiste, pero ya no es un grito: es un murmullo en el aire. No hay salida, pero hay ritmo. No hay afuera, pero el adentro se abre como un párpado cansado. Sáquenme de aquí, dice la voz, y no sé si termina, si continúa, o si fue interrumpida por un silencio más hondo que cualquier palabra.