Israel borra cuerpos, y la prensa borra contextos


El humo recuerda lo que la carne olvida. No es metáfora, es el rastro mineral de los huesos pulverizados, ascendiendo como ceniza obstinada que no reconoce fronteras. Yo lo respiro aunque no esté allí: se me adhiere en la lengua, me arde en la tráquea, se despliega como una sombra líquida en el interior del pecho. No hay distancia capaz de protegerte de esa combustión: la pantalla lo transmite en píxeles débiles, luego lo borra con la frialdad de un clic, y yo quedo suspendido en el hueco que deja un cadáver convertido en estadística.

Un cuerpo borrado es más que la ausencia: es la certeza de que alguien quiso arrancar incluso la posibilidad de duelo. No queda carne, apenas una silueta invertida contra un muro ennegrecido, una especie de fósil negativo. El borrado se consuma en dos movimientos: primero la metralla que reduce el latido a polvo, luego la cámara que neutraliza la evidencia y la convierte en documento inerte. La barbarie no solo mata: administra el recuerdo de la muerte para que nada pueda sobrevivir en la memoria.

Camino por esas imágenes como quien se interna en un sueño mal editado: los niños aparecen con el mismo gesto de los pájaros que se estrellan contra un vidrio invisible, los escombros crecen como árboles invertidos, los gritos suenan como notas desafinadas en un instrumento roto. Y tú, frente a la pantalla, sientes que todo sucede pero nada se inscribe: simulacro que exhibe sin mostrar, horror que se exhibe para anestesiar. Te ves reflejado en el televisor apagado, cómplice involuntario: tu silencio es parte de la maquinaria, tus ojos que pasan de largo también borran.

El lenguaje mismo se asfixia. Las palabras titubean, tropiezan, se atragantan antes de alcanzar un sentido. Nombrar es ya traicionar. El genocidio no cabe en frases completas: se filtra en lo inacabado, en el tartamudeo, en la interrupción. Quizá lo único verdadero sea ese balbuceo, ese silencio tipográfico donde la sintaxis se interrumpe. Allí ocurre la imposibilidad de decir: el horror no se nombra, se interrumpe.

Escucho la ciudad como un jazz clandestino: sirenas, disparos, techos desplomándose, voces que se quiebran en frecuencias metálicas. Una orquesta tocada con uñas y dientes, con huesos como baquetas, con sangre que funciona como metrónomo. Pero alguien edita la partitura, la suaviza, la convierte en un fondo instrumental para cenas tranquilas. La segunda muerte está ahí: cuando la tragedia se convierte en música de ascensor.

No solo desaparecen cuerpos: se arranca la tierra misma. Olivos que nunca volverán a florecer, agua que envenena su propia memoria, aire que hereda venenos invisibles. El exterminio no se detiene en lo humano: devora territorios, pulveriza genealogías de árboles, borra constelaciones del cielo con el zumbido de drones. Es un doble borrado: carne y geografía, cuerpos y raíces, memoria y futuro.

Entonces me digo que lo real no está en el misil, sino en la imagen que lo registra. La cámara no testimonia: absuelve. Cada repetición erosiona el aura de lo insólito, cada pixel domestica la tragedia hasta volverla rutina. Y la rutina es el rostro más perfecto del olvido. La alquimia perversa se cumple: sangre transformada en consumo ligero, gritos transmutados en ruido blanco.

En ese punto ya no sé si hablo de Gaza o de mí. Me pierdo en la niebla de mi propio cuerpo, siento que también me borran, que también soy archivo desactivado. La conciencia se fragmenta en destellos interrumpidos, como si cada pensamiento fuera interrumpido por un corte de edición. Quizá todos compartimos esa doble condena: víctimas no solo de lo que cae, sino de lo que se borra en el instante de mirarlo.

Escribo para que algo arda en medio del borrado. No busco consuelo, ni explicación, ni bandera. Trazo con la ceniza todavía tibia, con vocablos que crujen como costillas fracturadas. Sé que este texto será también arrastrado, archivado, sumergido en la corriente del olvido. Pero tal vez persista la cicatriz de lo tachado, la resonancia de un grito sin garganta, la vibración obstinada de un eco que rehúsa apagarse.