La ONU fabrica comunicados, Israel fabrica cenizas
La frase me despertó en mitad de la noche como un vidrio en la garganta, no la inventé, me inventó, apareció en el borde de un sueño y me abrió los párpados con la precisión de un bisturí, desde entonces la escucho como un tambor apagado detrás del cráneo, y cada vez que intento huir, la frase me sigue como sombra pegajosa que no conoce fronteras: la ONU fabrica comunicados, Israel fabrica cenizas, yo fabrico un silencio torpe que apenas consigue sostenerme mientras respiro el polvo de un mundo incendiado.
Las pantallas son vitrinas de solemnidad donde se exhiben las frases sin pulso, letras que caen en cascada como agua estancada, comunicados con olor a oficina, a tinta burocrática, a aire acondicionado, párrafos que simulan cordura mientras la tierra se calcina bajo los pies de niños que ya no tendrán voz, comunicados que laten como marionetas sin nervio, hojas que se sellan con un golpe seco y cuyo eco se confunde con el estallido de un proyectil en otra latitud, mientras el papel intenta cubrir la ceniza como sábana demasiado corta.
Cenizas, sí, que son la única verdad material, lo que queda cuando la carne se quiebra, cuando los muros se desploman, cuando la memoria es reducida a polvo que el viento dispersa sin permiso, polvo humano que entra en los pulmones de todos sin excepción, porque nadie escapa: respiramos muertos, aunque lo neguemos, cada inhalación lleva consigo una partícula de vida deshecha en el incendio, polvo que se confunde con el aire y se posa en la mesa donde comemos, en el vaso que levantamos, en el espejo donde cada mañana nos lavamos la cara con los restos de alguien que ya no existe.
La máquina que redacta comunicados es idéntica a la máquina que produce cenizas, ambas se alimentan la una de la otra, engranajes sincronizados en una coreografía absurda: sin el fuego no habría comunicados, sin comunicados el fuego sería insoportable, equilibrio perfecto entre verbo muerto y materia muerta, cada comunicado es una mordaza invisible, cada ceniza es una palabra ilegible que insiste en seguir cayendo, y el mundo asiste al espectáculo como espectador dócil, como quien paga la entrada a un teatro donde la función nunca termina y los actores siempre mueren de verdad.
Me descubro hablando conmigo mismo como si las paredes pudieran responder, un monólogo que se derrite en la lengua antes de alcanzar el aire, preguntas que se repiten en círculos: ¿qué sentido tiene escribir cuando el fuego ya lo ha escrito todo?, ¿qué puede una palabra frente a la materia que se disuelve? Tal vez la escritura no sea más que otro comunicado, otra estrategia para maquillar el espanto, pero sigo escribiendo, porque no escribir sería entregarle al vacío una victoria demasiado limpia, escribo como quien respira humo sabiendo que le quema los pulmones, escribo porque las frases, aunque inútiles, son mi única forma de no convertirme en ceniza sin nombre.
La atmósfera está cargada de imágenes superpuestas: en un mismo plano se mezclan las ruinas de una ciudad convertida en polvo con la sala brillante donde los diplomáticos ajustan sus corbatas, el humo atraviesa las paredes de mármol y los pasillos alfombrados, penetra en las bocas que pronuncian palabras neutras, hace temblar las lámparas como si fueran estrellas a punto de apagarse, y mientras tanto, al otro lado de la transmisión, los escombros respiran como un cuerpo desmembrado que no deja de parpadear bajo la tierra.
Te hablo a ti, aunque no sé si existes, aunque tal vez seas sólo otro reflejo de esta voz que ya no me pertenece, te hablo como quien coloca un espejo frente al humo, para que descubras que el aire que entra en tu pecho no es inocente, que también llevas dentro las cenizas que finges no ver, que tu silencio es otro comunicado, que tus ojos desviados fabrican cenizas invisibles, y que en este juego nadie queda fuera, porque todos estamos atrapados en la misma combustión, en la misma respiración oscura.
Pienso que llegará un día en que no habrá diferencia entre el comunicado y la ceniza, que los papeles arderán hasta convertirse en polvo y ese polvo será la última biblioteca, un archivo sin catálogo ni lector, donde estaremos inscritos todos: los que escribieron, los que incendiaron, los que callaron, los que respiraron, una biblioteca de humo flotando en la galaxia como constelación ilegible, y tal vez allí el tiempo se detenga, porque ya nada quedará por escribir.
La ONU fabrica comunicados, Israel fabrica cenizas, yo fabrico este texto que no redime ni consuela, apenas un intento de sostener la mirada en el incendio mientras la nieve negra sigue cayendo sobre el mundo que insiste en llamarse humano, un mundo que respira ceniza y sonríe como si aún existiera alguna inocencia que salvar.