Gaza no es un territorio: es un laboratorio donde ensayan el olvido


Lo sé porque me despierto con un sabor a ceniza en la lengua, como si hubiera dormido con los escombros en la boca. No es tierra: es una coreografía exacta del derrumbe, ensayo infinito de la desaparición. Aquí no se mata: se evapora. El objetivo no es el cuerpo sino la memoria, amputar la resonancia, enterrar al muerto sin testigos.

Camino por calles que ya no existen, corredores que se doblan sobre sí mismos, ruinas que se repiten como un eco descompuesto. Cada niño muerto es un dato en una planilla que nadie leerá, cada grito se archiva en una estadística que pronto se convertirá en cifra olvidada. No hay duelo: hay conteo. Y detrás del conteo, la anestesia: dedos que deslizan pantallas, ojos que pasan de largo, un bostezo universal que digiere la tragedia como si fuera ruido de fondo.

No silencio: saturación. Tanto estruendo se convierte en fondo blanco, tanta sangre termina en decoración de la indiferencia. Y mientras tanto yo avanzo, sin saber si soy quien mira o lo que es mirado, si pienso o si soy pensado. El laboratorio no necesita paredes: basta con el ojo que registra, basta con tu conciencia que lee estas palabras y ya forma parte del experimento.

Hay momentos en que todo parece diseñado: la repetición precisa de las bombas, la exactitud mecánica del derrumbe, la simetría con que agonizan las familias. Nada improvisado, todo coreografiado. Un orden del caos que repite, ajusta, perfecciona. Un ensayo general para el exterminio del recuerdo.

Me detengo frente a un muro. Las grietas me hablan en un idioma sin alfabeto. No es lenguaje, es tartamudez mineral. Porque no hay gramática para un niño carbonizado, no hay sintaxis capaz de sostener el derrumbe de una casa sobre una respiración dormida. El lenguaje colapsa, tropieza, se fractura como mandíbula rota. Y en ese tropiezo se asoma la verdad: lo indecible insiste, aunque nadie quiera escucharlo.

Fuera de aquí, el mundo gira. Café con leche, titulares, selfies. Y al mismo tiempo, en este lugar, el tiempo coagula, se espesa, se oxida. Moscas como relojes rotos zumban alrededor de lo que queda de un cuerpo. Dos realidades superpuestas: la normalidad del bostezo y la mutilación del instante. Y lo insoportable no es la violencia, sino la coexistencia con la indiferencia.

Te hablo a ti, que lees. No porque busque salvarte, sino porque sé que estás dentro de este mismo laboratorio. Tu mirada es la última sustancia sometida a prueba. Mientras avanzas en estas líneas, algo en ti se acomoda, se protege, quiere salir del texto como quien cambia de canal. Pero Gaza ya se te ha pegado en la piel: aunque cierres los ojos, seguirá persiguiéndote. Gaza no es un lugar: es la prueba de que hemos aprendido a convivir con la masacre como con el clima.

No dioses. O dioses ciegos. Solo polvo, polvo que respira en tu garganta. Soy ese polvo. Soy la imagen que se quema en tu retina y mañana olvidarás. Soy la interrupción de tu silencio, el eco de un grito que no escuchaste. Soy Gaza, y en mí ensayan tu olvido.

Y aquí la frase se corta

como si la página también hubiese sido bombardeada.