Tu rostro era un eclipse que me obligaba a mirar la oscuridad de frente


Tu rostro era un eclipse que me obligaba a mirar la oscuridad de frente, no como se mira la noche desde un balcón distraído, sino como quien hunde la cabeza en un pozo y encuentra que el agua no refleja nada, que la nada misma se ha tragado el espejo. Ese eclipse no era fenómeno celeste ni cálculo astronómico: era carne atravesada por sombra, un silencio vibrando en la piel, una fisura en la costumbre de creer que ver es suficiente. Había en ti una interrupción que no pedía permiso, un hueco que devoraba la geometría de mis pupilas y me arrojaba, sin concesiones, al reverso de lo visible.

No era sombra lo que traías: era exceso. La oscuridad de tu rostro no restaba luz, la multiplicaba en abismos, y cada pliegue de tu gesto me lanzaba hacia un vértigo de dobles, espejos que no devolvían imagen sino restos de una memoria que no reconocía como mía. Mirarte era perderse, como entrar en un túnel sin paredes, un laberinto sin centro, un mapa en el que los caminos no llevan a ninguna parte, salvo a la certeza de que todo avance es extravío. Y yo no quería otra cosa que hundirme ahí, escuchar esa respiración tuya que parecía venir de todas partes, de la piel, de las constelaciones, de los huesos fatigados del universo.

Tu eclipse no borraba: interrumpía. Interrumpía el orden del tiempo, la lógica que se deshacía como una cuerda floja cortada en medio del aire, interrumpía la lengua, porque ninguna palabra se atrevía a nombrar lo que ocurría. Tus labios, en el borde, eran una herida que titilaba sin cerrar; tus ojos, un conjuro que me dejaba en el trance de no saber si me mirabas o me deshacías. Yo ya no era yo: era apenas un fragmento, una astilla de conciencia colgando en la penumbra de tu presencia. Y sin embargo, había placer: un placer sin sentimentalismo, un goce áspero, carnal, el de tocar con los ojos lo intocable, el de amar no lo que brilla, sino lo que quiebra.

Hubo un instante —aunque tal vez no era instante, sino un tiempo estancado— en el que sentí que el mundo se retiraba. No quedaban las calles ni los relojes ni las voces de los otros: todo se hundía en una música invisible, improvisada como un saxofón en un club clandestino. Yo escuchaba ese jazz extraño que no sonaba en el aire, sino en la sangre, en los músculos tensos de mis brazos, en la sal que me recorría la lengua. El eclipse era esa música: no melodía, sino pulsación, tambor oculto marcando un compás que nadie había inventado. Y yo seguía el compás con la obstinación de un animal ciego que huele la tierra antes de enterrarse en ella.

Cada vez que pestañeaba, el eclipse se duplicaba. Vi pasar por tu rostro constelaciones que nunca existieron, ciudades destruidas antes de ser construidas, cadáveres que aún respiran en el sueño de los vivos. Había una violencia callada en esa penumbra, como si la claridad hubiera sido derrocada por un golpe de Estado sin proclamas ni banderas. Y comprendí que ver tu eclipse era asistir al suicidio de la lógica, al derrumbe del orden en el que todavía confiábamos para caminar sin tropezar. Tropecé, claro: pero en ese tropiezo estaba la verdad, la única que aún puede sostenerse, la que se sabe frágil y por eso respira más hondo.

No intenté huir de esa oscuridad, no busqué un retorno a la claridad. La claridad es un chiste de mal gusto, una mentira que repite la ficción de que todo es visible, de que nada se esconde. Tu eclipse era mi maestro de tinieblas: me enseñaba que lo esencial nunca se muestra, que el sentido habita en la interrupción, que el amor verdadero no se entrega en el resplandor, sino en el instante en que los ojos se rinden y miran lo que no puede mirarse.

Y entonces no supe si el rostro eclipsado eras tú o era yo, si en esa penumbra me habías convertido en tu reflejo o si yo había aprendido a ser la sombra de lo que buscaba. Quedé suspendido en el filo de esa duda, como un pájaro que ya no recuerda cómo se vuela ni cómo se cae. La escena no cerró, no podía cerrar: el eclipse se quedó latiendo en la penumbra, eterno en su interrupción, infinito en su silencio.