No hay futuro: solo un presente que se pudre con lentitud exquisita


No hay futuro, apenas este presente que fermenta en la boca como una fruta olvidada en un altar de polvo, y cada día al despertar siento que respiro el vapor dulce de su lenta descomposición, un aire que arde en la garganta y se desliza hacia los pulmones con la suavidad de un veneno paciente. La ciudad se ofrece como un cadáver maquillado: fachadas que aún simulan dignidad, pero cuyas entrañas ya se licúan en cloacas invisibles; las calles se extienden como venas abiertas donde fluye un tránsito espeso, casi inmóvil, y cada paso que doy cruje en las piedras como si caminara sobre huesos demasiado frágiles para sostener cualquier ilusión de mañana.

El presente no avanza, se multiplica en geometrías enfermas, se pliega sobre sí mismo como un laberinto sin centro, y al entrar en sus pasillos me encuentro con la misma habitación repetida hasta el mareo: un foco que titila como un ojo desvelado, una mesa cubierta de manchas que respiran, un reloj detenido en la parodia de marcar horas que ya no existen. Todo gira en un jazz obscuro, improvisado, donde el compás se rompe y recomienza en lugares imprevistos, y el oído aprende a gozar esa irregularidad como si en ella estuviera la única forma de verdad. La lentitud exquisita de la putrefacción es música de fondo, un saxo sucio que se arrastra por la penumbra y acaricia con notas oxidadas la certeza de que no hay destino, solo un presente que se devora a sí mismo con placer cruel.

El tiempo no corre: supura. Se filtra en los objetos como humedad que dibuja mapas sobre las paredes; se acumula en los vasos donde el vino se torna ácido y alberga moscas inmóviles, suspendidas en el instante exacto en que la vida se les apagó; se adhiere a los cuerpos como una película de grasa invisible que convierte cada caricia en un roce lúgubre, como si las pieles se encontraran en el umbral de la ceniza. Y mientras lo siento, descubro que el deterioro no necesita explicaciones, porque su lenguaje es inmediato, directo, indiscutible: basta posar la mirada en el espejo para ver cómo el presente se agrieta en el mismo rostro que ayer parecía intacto, y que hoy exhibe la belleza obscena de lo que empieza a extinguirse.

Este presente, digo, es un cadáver elegante, un cuerpo que aprendió a disimular su podredumbre con perfumes caros y luces tibias, pero cuya máscara se resquebraja en cuanto uno se aproxima demasiado. Entonces, el hedor aparece: nítido, punzante, más honesto que cualquier promesa que alguna vez inventamos para distraernos con la idea de futuro. Todo lo real sucede aquí, en esta descomposición lenta que se demora en cada grieta, que saborea cada derrumbe como un ritual secreto, como si la ruina misma hubiera aprendido el arte de la seducción. Y yo, cómplice de ese embrujo, descubro que no puedo sino amar su decadencia, porque en ella late la única certeza que aún nos pertenece.

Camino y la ciudad me habla con órganos fatigados: los edificios respiran como pulmones perforados, las ventanas se abren como ojos hinchados que ya no sostienen la mirada, las estatuas sudan un polvo blanco que mancha los dedos de quienes aún se atreven a tocarlas. El presente es un animal enfermo que no muere, y al acariciar su lomo tibio siento el temblor de un cuerpo que prolonga la agonía con una dignidad extraña, como si supiera que en esa demora habita una forma perversa de eternidad. Ningún canto lo redime, ninguna máquina lo acelera, ninguna plegaria lo salva: todo está suspendido en la misma respiración rota, en el mismo compás improvisado donde la vida se degrada como una cinta magnética que se desenrolla sin fin, repitiendo un balbuceo que nadie escucha.

En medio de esta podredumbre, descubro una belleza que no debería existir: la gracia con que los muros se abren en grietas, la dulzura con que la luz se curva al caer sobre los objetos oxidados, la ternura de un silencio que envuelve a los cuerpos como un sudario suave. No hay futuro, no hay esperanza que rescate este instante, pero hay un gozo secreto en saborear su deterioro, en dejarse corroer con la misma paciencia con que el moho invade las paredes, porque en esa lentitud exquisita se revela un pulso más verdadero que cualquier mañana. Y mientras lo nombro, la frase se interrumpe, como si la voz misma también comenzara a pudrirse, y solo quedara en el aire la vibración última de una nota que se niega a morir.