La ciudad mastica su propia herrumbre como si rezara con dientes oxidados


La ciudad mastica su propia herrumbre como si rezara con dientes oxidados, y el sonido no es metálico, es animal, como el crujir de un cuerpo viejo que se niega a desaparecer, como si la piedra tuviera encías y el hierro saliva amarga. La ciudad reza y mastica al mismo tiempo, un rezo que no asciende a ninguna parte, que no busca consuelo ni absolución, sino que se aferra al silencio como quien lame la herida para sentir que todavía sangra. No es plegaria ni blasfemia: es un murmullo que resuena en las tuberías, en los cables, en los huesos de los edificios que tiemblan bajo la lluvia nocturna.

Camino sin rumbo, pero es como si la ciudad caminara dentro de mí, como si yo fuera su esqueleto ambulante, su eco ambulante, su rezo fracasado con zapatos mojados. Los muros respiran conmigo, las ventanas mastican mis ojos, los semáforos palpitan en mi sien, y cada bocanada de aire sabe a hierro carcomido. Tú también lo sentirías si detuvieras el paso, si cerraras los ojos y dejaras que el óxido te hablara con su lengua áspera: descubrirías que el tiempo se mastica como pan duro, que cada bocado del hierro es un segundo tragado por la nada.

No hay fe en este rezo, y sin embargo, el acto de rezar persiste como tic nervioso del universo, como si el mundo entero necesitara repetir un gesto inútil para no desmoronarse de golpe. El rezo baja, no sube. Se arrastra hacia las cloacas, hacia el vientre húmedo donde las ratas celebran liturgias invisibles, y allí la herrumbre es incienso, el agua negra es vino agrio, y los escombros son hostias partidas. Uno escucha el rezo en el murmullo del alcantarillado, en el goteo que insiste, en el hierro que se oxida con lentitud de procesión.

La ciudad reza con fachadas resquebrajadas que parecen encías desdentadas, con techos que se abren en goteras como labios enfermos, con antenas que titilan como cirios torcidos en un templo sin nombre. No pide nada, no ofrece nada, no promete nada. Mastica, repite, oscila en su propia vibración de óxido, y esa repetición se convierte en letanía. El rezo no es palabra: es un crujido que se deshace en polvo, un ritmo de hierro fatigado, un compás improvisado que flota como humo en la penumbra.

Entre tanta corrosión hay belleza. Una belleza áspera, clandestina, que se deja intuir como la escritura de un alfabeto secreto en las manchas de óxido que dibujan versos invisibles sobre los muros. Cada mancha es un ideograma mineral, cada grieta un salmo ilegible, cada sombra un evangelio sin fieles. El lenguaje de la herrumbre no busca lectores humanos: se escribe a sí mismo en silencio, como plegaria que se repite sin destinatario.

El viento roza las vigas oxidadas y el sonido se convierte en improvisación: saxofón roto en un bar vacío, notas disonantes que tropiezan entre sí, un jazz de hierro que vibra sin partitura. La ciudad canta su rezo sin público, y yo soy apenas un oído flotando en la penumbra, una boca que intenta repetir la letanía sin encontrar el tono. Entonces comprendo: no hay diferencia entre su oración y mi respiración, entre su herrumbre y mis huesos. Yo también me mastico, yo también rezo con dientes oxidados, yo también corroído por el tiempo.

Tú lo sentirías si caminaras aquí conmigo. Tú también serías masticado por las paredes, tragado por los corredores interminables, observado por las ventanas como ojos enrojecidos de fiebre. La ciudad no se limita a rodearte: se abre dentro de ti, mastica tu médula, reza con tu saliva, se ríe en tu sombra. Tú y yo somos apenas el eco de su plegaria mineral, notas menores en la partitura infinita de su jazz oxidado.

Y cuando el final llegue, no habrá labios que pronuncien las palabras. Será el crujido de un puente vencido en la madrugada, el derrumbe de una fábrica abandonada, la vibración de una viga que se quiebra en dos. Ese será el último rezo, no dirigido a los cielos, sino a la materia misma, a la galaxia que mastica sus propias estrellas, a la herrumbre cósmica que carcome planetas y cuerpos. La plegaria será sonido puro, eco sin intérprete, salmo mineral que se expande en la nada.