El destino juega ruleta con mis huesos


El destino juega ruleta con mis huesos y escucho el golpe seco antes de que la noche respire, un sonido que atraviesa la piel como si alguien arrojara mi esqueleto sobre una mesa infinita donde ninguna apuesta se paga, donde todo cae en un número que no existe. Camino en esta ciudad que vibra con fiebre y polvo antiguo, y siento la sombra de una mano que nunca veo, una mano que no decide: simplemente se aburre, simplemente me deja caer, simplemente gira para escuchar cómo me quiebro. Y mientras mi cuerpo avanza con esa elegancia torpe del que ya aceptó su condena, me pregunto qué clase de criatura inventó la palabra destino, qué mente extraviada imaginó un orden donde solo hay ruido, qué obsesión nos obliga a bautizar el caos con un nombre solemne como si así dejara de morder.

Respiro y el aire entra como vidrio, me corta un poco, lo justo para recordarme que sigo aquí, que sigo girando en el mismo torbellino que me promete sentido a cambio de obediencia. A veces me sorprendo rezando sin saber por qué, pronunciando palabras que se desintegran antes de tocar cualquier oído, repitiendo plegarias que se curvan en el aire y caen al suelo como insectos muertos. ¿A quién le hablo cuando rezo? ¿Qué escucha realmente cuando murmuro mi miedo? ¿Por qué ofrezco mis frases a un vacío que jamás ha demostrado interés? Me inquieta ese acto: la devoción automática, la necesidad de pedir perdón a una fuerza que no responde, la esperanza absurda de que la oscuridad tenga memoria. Tal vez la oración es una superstición que heredamos del temblor, un reflejo primitivo del cuerpo cuando sospecha que alguien lo observa.

Miro las calles y veo cómo se deforman, cómo laten con una lógica que no es humana. La ciudad respira conmigo, me absorbe en su vapor, en su geometría rota. A veces siento que soy yo quien parpadea dentro de ella, que mi conciencia no es más que un destello inside una criatura mayor que se alimenta de mis pasos. ¿Quién observa aquí? ¿Yo a la ciudad o la ciudad a mí? ¿Quién de los dos piensa esta historia? Me dejo disolver en esa duda porque allí encuentro un alivio extraño: dejar de ser alguien sólido para convertirme en una bruma que pasa, un pensamiento húmedo, un eco que se arrastra por el asfalto. Tal vez la única libertad consiste en perder nombre, perder borde, perder esa necesidad infantil de entenderlo todo.

El destino vuelve a girar, siempre gira, y siento cómo mis huesos chocan entre sí con la violencia ceremoniosa de un ritual antiguo. Cada vértebra parece un dado arrojado por un dios cansado. Me pregunto qué busca exactamente esa fuerza muda que juega conmigo: ¿quiere mi derrumbe? ¿quiere mi risa? ¿quiere mi derrota? O quizá no quiere nada. Quizá solo sigue una inercia indiferente, una mecánica sin moral; un movimiento que no contempla espectadores porque no necesita justificar su existencia. ¿Y yo? ¿Qué espero cuando lo desafío? ¿Qué deseo cuando lo insulto? ¿Por qué sigo creyendo que podría conmoverlo?

En ocasiones sospecho que mi fe es un acto de arrogancia. Que rezar es mi manera de exigir que el universo se incline, que tome posición, que responda. Como si mis palabras tuvieran derecho a interrumpir el flujo impersonal que gobierna esta ruleta. Pero sigo. Sigo hablando con la oscuridad. Sigo ofreciéndole mis pensamientos como si fueran monedas necesarias. Sigo esperando que algo tiemble, aunque sé que ese temblor nunca llegará. En el fondo creo que lo hago para no abandonar del todo la idea de que soy escuchado, de que no soy solo una sombra que se mueve porque el viento la empuja.

La noche se abre como un párpado lento. Las luces reflejan. Mis pasos resuenan en un pasillo que no conozco. Siento que la ciudad gira conmigo, que el destino y yo formamos un organismo absurdo donde ambos nos lastimamos sin quererlo. Camino con la sensación de que todo se sostiene gracias a un hilo invisible que vibra entre mis costillas, un hilo que podría romperse con un solo pensamiento torcido. Y aun así sigo caminando, como si cada paso fuera un acto de desafío, una forma de decirle al vacío que no me rendí aunque no tenga idea de lo que persigo. ¿Qué busco exactamente? ¿Qué se supone que haga con esta conciencia que tropieza? ¿Quién soy cuando dejo de ser un cuerpo y me convierto en pregunta?

A veces imagino que mis plegarias se transforman en partículas transparentes que ascienden, no hacia un cielo, sino hacia un espacio sin coordenadas, un lugar donde la gravedad es una sugerencia y las palabras se distorsionan hasta convertirse en pura vibración. Allí no existe la esperanza, ni la fe, ni la recompensa. Solo existe la pulsación desnuda de lo que soy, ese núcleo impreciso que insiste en persistir. Tal vez rezar no es pedir. Tal vez rezar es recordarme que algo dentro de mí sigue ardiendo aunque el destino se empeñe en apagarme.

El destino gira. Yo giro con él. Lo escucho en mis huesos, en mi respiración, en el abismo que deja la madrugada. Nadie responde. Nadie promete nada. Nadie merece propina. Pero igual entrego mis palabras al vacío, porque en ese gesto inútil encuentro una especie de pertenencia. No una salvación, no un sentido, solo una compañía silenciosa que no me juzga, que no me exige, que no me ordena.

Tal vez eso es lo único que necesito para no caer del todo. O tal vez no. Tal vez mañana mis huesos caigan en otro número, en otra sombra, en otro lugar donde ni siquiera las palabras se atrevan a entrar. No lo sé. Y no lo sabré. Sigo girando dentro de esta ruleta inexacta, esperando nada, entregando todo, mientras el universo, indiferente, mueve su mano invisible y vuelve a lanzarme sobre la mesa.